La primera exposición en Europa de la artista cubana Carmen Herrera ha sido, sin duda, una de las grandes sorpresas de este lacónico verano inglés y, para muchos, el descubrimiento del año. La muestra, organizada por la galería Ikon, propone un detallado recorrido por los más de cincuenta años de carrera de esta gran desconocida, desde sus inicios en París a finales de la década de los cuarenta hasta sus más recientes composiciones.
A lo largo de este recorrido descubrimos una pintura que se caracteriza por su síntesis formal e intensidad cromática, cualidades que se van acentuando con el paso de los años. Si bien las primeras obras con las que se abre la exposición están marcadas por un lirismo de corte surrealista, como en Conquête de l’air (1950), pronto asistimos a la sustitución de las formas orgánicas que abundan en estos lienzos por una serie de composiciones, entre las que destacan Discurso cromático (1948) o Jardín verde (1950), que siguen una estructura racional en la que distintos planos de colores se van alternando creando ritmos y cadencias que se acentúan mediante la incorporación de formas angulares. Estas obras, que han sido literalmente rescatadas del olvido por el curador de la muestra, Nigel Prince, constatan la influencia que tuvo en Herrera el contacto con el arte concreto y neoconcreto, que la artista conoció durante su estancia en París a finales de la década de los cuarenta, y recogen sus primeros experimentos con formas concretas que, todavía hoy, conservan la frescura, energía y urgencia que acompañan a toda búsqueda de un lenguaje propio.

Estos ritmos formales y combinaciones cromáticas que caracterizan sus primeras incursiones en la pintura concreta se van simplificando y suavizando poco a poco hasta quedar reducidas a simples formas geométricas – triángulo, cuadrado o rectángulo – , y a combinaciones de uno o dos colores con blanco o negro. Durante los años que residió en Paris, Herrera comenzó a experimentar con composiciones en blanco y negro que jugaban con el formato y los límites impuestos por el lienzo. Así, a principios de 1950, crea una serie de soluciones formales que son pioneras de lo que más tarde se conocería como Op art, y que quedan recogidas en obras como Negro y Blanco (1952). Estas composiciones en blanco y negro se convierten en un elemento recurrente al que la artista retorna una y otra vez a lo largo de su carrera, y que, en esta ocasión, han sido agrupadas en la misma sala. Para Herrera, después de haber trabajado con colores excesivos, como naranjas, verdes o amarillos, las obras en blanco y negro suponían una huida del color, una suerte de purga o depuración cromática.
Tras su estancia en París, Herrera se traslada a Nueva York en 1954. Allí se encuentra con un panorama artístico que nada tenía que ver con los contornos precisos y los colores planos que había conocido en Europa. Dominado por el expresionismo abstracto, todavía tendrán que pasar unos años hasta que artistas como Ellsworth Kelly, o el minimalismo geométrico del joven Frank Stella, comiencen a imponer sus formas precisas y colores “recién salidos del tubo”. Por ello, no deja de ser sorprendente que la obra de Herrera, a pesar de haber experimentado con los mismos arreglos compositivos y llegado a conclusiones formales similares a las que más tarde llegarían otros artistas, no se sumase al entusiasmo que causó esta nueva oleada de pintores norteamericanos. Este rechazo por parte de la comunidad artística que Herrera experimentó a su llegada a Nueva York, es algo que ella achaca al desinterés que producía la obra de una mujer dentro de una escena artística claramente dominada por la presencia masculina.
Contemplando lienzos como Rojo con triángulo blanco (1961), Blanco y verde (1966-7) o Amarillo (1971) –en el que la artista experimenta con los límites del lienzo introduciendo el vacío en la composición–, resulta realmente extraordinario que su obra haya permanecido en el olvido durante tantos años. La intensidad de sus colores y la simplicidad de sus formas, directamente dirigidas a la retina, nos remiten insistentemente a los elementos que conforman la pintura, a la experiencia estética como experiencia puramente visual y al goce que esta proporciona. A lo largo de su carrera, Herrera nunca abandonó las formas concretas, formas que, como más tarde ella misma ha explicado, se originan en su deseo de expresar “algo que no se puede decir con palabras y que yo lo expreso con líneas y colores”. En efecto, las palabras no hacen justicia a la intensidad visual que se concentra en cada uno de sus lienzos; su pintura se revela como un ejercicio de síntesis supremo a través del cual la artista construyó un mundo de formas y colores que, como ella dice, para algunos era “demasiado simple, pero para mí era suficiente”.
CARMEN JULIÁ
