Exposición Individualdic 2009 - feb 2010· Por Ruth Auerbach

Arturo Herrera

Fundación Odalys / Sala TAC

El artista venezolano Arturo Herrera (Caracas, 1959) vive y trabaja en Berlín y es indudablemente uno de los creadores más importantes del siglo XXI. Su obra —distintiva, heterogénea y multifacética— ha alcanzado una impecable trayectoria, siendo expuesta en las más prestigiosas instituciones museísticas tanto en Estados Unidos como en Europa, a la vez que ha ingresado a las colecciones del MoMA de Nueva York y de la Tate Modern de Londres.

Por paradójico que parezca, Herrera es también uno de los artistas más desconocidos en su país de origen y apenas ahora, con una carrera plenamente legitimada, es cuando retorna a su tierra natal para exponer por primera vez en Venezuela. Al igual que sus compatriotas Meyer Vaisman o Jaime Gili, pertenece a esa generación cada vez más extensa de creadores formados en la diáspora. A esto se suma que muchos otros venezolanos, como José Antonio Hernández-Díez, Javier Téllez, Eugenio Espinoza o Alexander Apóstol, han confrontado también una emigración voluntaria o no, como una experiencia globalizadora de distanciamiento que se ha revertido en una lúcida y penetrante exploración de sus identidades locales y de las estrategias de sobrevivencia en los escenarios del arte.

Exposición Individual: Arturo Herrera — imagen 1
Arturo Herrera. #4 BB3, 2006. Collage recortado y técnica mixta sobre papel. 250,2 x 123,2 cm. (98 ½ x 48 ½ pulgadas).

El trabajo de Herrera resulta de gran complejidad y elude cualquier categorización: algunos críticos insisten en una interpretación post psicoanalítica, por su tendencia a fragmentar consecutivamente las siluetas de los dibujos animados para luego —a partir de la técnica del collage— crear nuevas representaciones que derivan en una abstracción a veces gestual, otras más estructurada. El resultado es un imaginario de formas híbridas y mutiladas que actúan como detonantes en la memoria del espectador y que parecieran emerger de su inconsciente, desplazándose impetuosamente como si se tratase de una secuencia cinemática. No obstante, su propuesta pareciera advertir la vigencia de los lenguajes abstractos en el arte actual: nos recuerda que las vanguardias europeas y sus variantes norteamericanas demandaban el rigor y la pureza estética de la forma por encima del argumento subjetivo. Lo notable de su trabajo reside precisamente en favorecer la ambigüedad y la imprecisión de lo representado. Al combinar la lectura directa de elementos de la cultura popular con el complejo enigma del arte no figurativo, ensamblando elementos del surrealismo, el dripping expresionista y el minimalismo, auspicia la creación de una obra inquietante, en permanente tensión, que ni es literal y comprensible ni tampoco es hermética y abstracta. En ese sentido, Herrera, como tantos otros artistas de la actualidad, se apropia del modernismo para reconsiderarlo y reciclarlo en una vital operación transformadora.

Exposición Individual: Arturo Herrera — imagen 2
Arturo Herrera. La noche antes de Las 6R, 2002. Grafito sobre papel. 189 x 156,5 cm. (74 ½ x 61 ½ pulgadas). Colección Mercantil.

Entre finales de junio y hasta mediados de septiembre se exhibieron simultáneamente en Caracas dos muestras individuales de Arturo Herrera, que suscitaron un desmedido entusiasmo colectivo envuelto, no obstante, en airadas polémicas de índole local. Lo que debió haber sido un gran evento a escala museística se vio fracturado entre ambos espacios culturales, que, si bien no se plantearon propósitos complementarios, pues iban en busca de una primicia a ultranza, consiguieron parcialmente llenar el profundo e insondable vacío que los museos nacionales han creado como resultado de las desacertadas políticas culturales a los que han sido sometidos. Le han dado la espalda a la cultura contemporánea, desestimando asimismo el alcance de las grandes exposiciones individuales en un notorio y excluyente proceso ideológico. 

Con la exposición Arturo Herrera/Ruinas Circulares la Fundación DOP conjuntamente con la Fundación Odalys, reunió en sus espacios un conjunto de 13 obras pertenecientes a distintas colecciones privadas e institucionales; la propuesta curatorial, suerte de analogía breve apoyada por un pertinente texto de Lorena González, propició el engrane adecuado de una lectura de las diversas etapas de la producción del artista, construida exclusivamente a partir de la práctica y la mirada del coleccionismo. The Circular Ruins (1995), un excepcional díptico fotográfico inicia el discurso de la muestra, en la que se exponen dibujos, collage, relieves e instalaciones, realizados en distintos formatos, destacando espacialmente las pinturas murales Untitled (Mural D.O.P.) y Forty Winks, ambas de 1998. La muestra incluyó acertadamente la instalación digital interactiva Almost Home perteneciente a la colección del Dia Art Foundation la cual destaca el carácter relacional de la obra de Herrera y las múltiples lecturas sobre las estructuras y las problemáticas propias de la cultura visual contemporánea.

Al mismo tiempo, Arturo Herrera, en la Sala TAC —en colaboración con la galería que lo representa Sikkema Jenkins & Co., NY—, y con la curaduría de Miguel Miguel desplegó un conjunto más amplio de las diversas series realizadas por el artista en los años recientes. El catálogo, diseñado por Álvaro Sotillo, es en sí otra obra, pues cada ejemplar es único, en una edición de 350, y cuenta con un ensayo escrito por la investigadora Gabriela Rangel. La exposición se articuló por series que incorporan la diversidad de técnicas gráficas y estrategias de construcción que utiliza el artista. Los pequeños collage y recortes de inéditas formas abstractas sobre papel confrontaron su austeridad con las matrices orgánicas ensambladas en cinco saturados y complejos paneles de la serie Boy and Dwarf (2006), que remiten al amplio inventario moderno. Las representaciones de sus dibujos adquieren relieve en un conjunto de ediciones realizadas en poliuretano sobre MDF, de las cuales destaca Wait (2008), una interesante escultura de piso en la que el perfil característico de brazos y patas de algún protagonista del cómic emprende una batalla por elevar su cuerpo o terminar de desplomarse. Sobresale, asimismo, la serie de oscuros fieltros recortados y guindados de un solo punto a la pared, estructuras blandas que entre formas y fondos pulsan los fragmentos de una historieta congelada, que de manera similar sucede en Lucky, pintura mural creada especialmente para ese espacio.

Provocador y abierto a la interpretación, el trabajo de Arturo Herrera trascendió en su tránsito por Venezuela como una significativa experiencia cultural al propiciar no sólo la reflexión revisionista de un arte agonizante, que reventó el debate local en polémicas cruzadas, recordándonos que incluso sus dinámicas e impuras abstracciones en un mundo de fantasía —a lo Disney World— deben negociar en el reino de las asociaciones entre los intersticios de una realidad fragmentada, el deseo y la quimera utópica.

RUTH AUERBACH

Arturo Herrera, por Ruth Auerbach | artnexus