El surrealismo fue un movimiento en el que por primera vez las ideas nacieron traspasando fronteras, quizá debido al carácter cosmopolita de la formación surrealista desde sus orígenes, lo que dotó al movimiento de gran impacto internacional.
México, donde el mito de ser el país surrealista por excelencia se manifiesta como realidad cotidiana, desempeñó un papel relevante al convertirse, por su papel en la Historia como activo país de acogida, en receptáculo y laboratorio existencial para que el movimiento surrealista se desarrollara con inusitada fuerza y originalidad. Imposible no mencionar el paraíso delirante que soñó y proyectó sir Edward James en Xilitla.

Aquí, Wolfgang Paalen, a través de la revista Dyn, refundó el surrealismo al liberarlo de las cargas de cualquier implicación política, alentando la libertad creativa que da la experimentación del arte por el arte, y dando un lugar de privilegio al artista con base en su experiencia en el tránsito por el mundo de los sueños. Por esa razón, el surrealismo en México fue practicado con fervor únicamente por extranjeros, más implicados los grandes artistas mexicanos en ideologías y temáticas orientadas a lo político y social.
Alice Rahon, poeta y pintora francesa de nacimiento (más tarde se nacionalizaría mexicana), ya era aclamada en París por el cúmulo de celebridades que se daban cita en casa de André Breton, quien gustaba declamar los poemas de la joven bretona.
En 1938 se casó con Paalen, viajaron a las cuevas de Altamira y antes de que estallara la guerra llegaron a México tras un viaje por Alaska y la Columbia Británica en busca de los signos gráficos de la prehistoria.
En México encontraron, quién sabe si esperándoselo o no, un hervidero de cosmogonías donde cualquier otra por excéntrica que pudiera parecer se ensamblaba de manera fluida y natural.
Al tomar contacto con las ricas culturas indígenas de México, Rahon tomó un cariz definitivamente personal que se constituyó en uno de los referentes de su primera obra, sentando las bases del poderoso y fascinante mundo onírico construido de finas arenas, polvos de mármol y pedazos de papel plateados o de colores.
En el recorrido que propone esta exposición que le dedica el Museo de Arte Moderno a Alice Rahon queda patente esa fascinación por lo primitivo, lo inconsciente y las preguntas sobre el acto creativo en las pinturas de la primera época, como las de la serie Ciudades interiores, e incluso las anteriores a esta, en que Rahon utiliza un lenguaje simbólico, infantil y poético parecido al de Paul Klee, artista a quien admiraba y rendía homenaje, como a Matisse y Miró, entre otros. A De Chirico le dedicó La sombra celestial, y a Paalen, El tucán del arcoiris y El país de Paalen.
Rahon, más que en la línea y el dibujo como Remedios Varo o Leonora Carrington, materializaba su poesía a base de sensibilidad lírica y sensualidad apoyándose en la textura y un colorido extraordinario: “siempre me fascinó la idea de pintar el aire“, deja dicho la artista, que usaba técnicas como el esgrafiado para dar ese ambiente etéreo a sus pinturas.
A Frida Kahlo le dedicó La balada para Frida Kahlo y El gato herido, en una clara alusión a la pintura de Kahlo Venado herido, que evoca el dolor físico que ambas artistas padecieron a lo largo de sus vidas.
El recorrido pictórico de Alice Rahon abarca desde lo primitivo del surrealismo hasta cuando da un interesante giro a mediados de los años cuarenta hacia la abstracción, sin dejar de lado sus temáticas simbólicas, en una especie de transición integradora más que de ruptura. Que Rahon fuera pionera del abstraccionismo en México al mismo tiempo que artistas de la talla de Gunther Gerzso es un dato que suele pasar desapercibido.
Rahon, poeta y artista inquieta, también incursionó en el teatro y en el cine, escribió el guión y diseñó los personajes para el Ballet cósmico, el Ballet Orión, del que se exhiben unos prototipos en alambre del personaje y el manuscrito original del guión. También realizó con Edward Fitzgerald una película titulada Les Magiciens, de la cual se conservan algunas tomas fotográficas.
Alice Rahon, contemporánea de Carrington y Varo, no gozó, sin embargo, de la misma repercusión que estas dos artistas, y hasta la fecha ha permanecido como la gran desconocida no sólo para el gran público, sino también para el grueso de investigadores y críticos, a pesar de que en vida gozó del reconocimiento de sus coetáneos.
Sirva esta amplia muestra en la que se exhiben más de ochenta piezas entre pinturas, fotografías, libros de poemas, esculturas, cartas manuscritas, fotos íntimas y documentos personales para darle el lugar que merece Alice Rahon en la Historia del Arte.
RUBÉN BONET
