La exposición individual que presentó Marcela Gómez en el Museo Denys Puech de Rodez (activa ciudad del suroeste de Francia, dotada de una de las más insólitas catedrales romano-góticas fortificadas) estaba constituida por un conjunto de obras realizadas entre 1999 y 2004. En esta edificación neoclásica, amplia, majestuosa y llena de luz, la artista de origen argentino (1963, Rosario) disponía de un espacio formado por tres grandes volúmenes abiertos y sucesivos, de los cuales el central remataba en una alta vidriera translúcida. Había allí un espacio al cual interrogar, una luz con la cual jugar y componer, una perspectiva sin obstáculos que había que saber atravesar y utilizar… ¡Cuántos desafíos por resolver! Pero hace ya muchos años que Marcela Gómez se ha consagrado a ello: dar vida al espacio, diseñar y construir el vacío para conferirle forma y existencia, hacer de la transparencia la materialización virtual de su relación sensible con el mundo. Estas preocupaciones, estéticas y existenciales a la vez, corroboran la pregunta que existe en el centro de su creación y que ella explica en esos términos1: “¿Cómo nace? ¿Cómo comienza una obra? ¿Cómo aparece?”.
Es el dilema planteado por el “juego” entre lo real y lo virtual, entre el volumen y el vacío, el movimiento y la estática, la poesía y la materia… y la exposición quiere dar cuenta de todo esto. Esta obra, que reúne una gran diversidad de materiales (hierro, caucho, plumas, ramas, resinas) y diferentes técnicas (soldadura, electricidad, fotografía, video, sonido), puede parecer ecléctica. En realidad, cada obra, cada incursión en la materia no hace más que servir a la armonía disonante de un mismo propósito, alimentado por una larga reflexión sobre la importancia del material elegido y el sentido que se le atribuye. En efecto, para Marcela Gómez, la decisión de trabajar con materiales variados compromete su responsabilidad respecto al sentido, mucho más allá de los cambios técnicos. “Lo que importa —nos dice—, es ante todo lo que se quiere contar”.

En el salón norte, bajo la vidriera, nos encontramos frente a un verdadero bosque de hilos de caucho tendidos del techo al suelo (podríamos decir que van del cielo a la tierra o de la tierra al cielo) y que están amarrados a una estructura geométrica de cuerdas que simula la sombra que proyectan sobre el suelo las “líneas” de este diseño en el espacio. Precedidas por sus Autorretratos de 1999, que juegan ya con una tensión-proyección a partir de un elemento geométrico en resina adosado a la pared, las grandes Proyecciones No. 3 (hierro y caucho, 550 x 1000 x 650 cm, 2004) constituyen un conjunto impresionante, una incursión física en la inmaterialidad, muy cerca de la sensación creada por los volúmenes cinéticos que Jesús Soto llamaba “Penetrables”. Lo que caracteriza la escultura de Marcela Gómez y la acerca a los artistas cinéticos es su capacidad de “flotar” en el espacio conservando la maestría para “estructurar” que posee este último.
En el salón sur, tres obras son expuestas sobre el piso. La escultura Columnas (hierro, resina y ramas, 250 x 200 x 300 cm, 1999) es una superposición de cubos translúcidos en resina neutra que incorporan una rama de árbol en toda su longitud. La instalación Corpus (hilos de nylon, plumas, sonido y electricidad, 550 x 180 x 180 cm, 1999) está constituida por una masa circular de plumas, algunas de las cuales vuelan en torbellino mientras que otras han sido amarradas a hilos invisibles suspendidos del techo. El sonido que escapa de este blanco volumen es el de un corazón palpitante que se acelera, superponiéndose al murmullo del viento. Más allá, por último, está la extraordinaria escultura Cascada (hierro, 400 x 190 x 350 cm, 2004), especialmente diseñada para el lugar y realizada por Marcela Gómez durante su primera residencia de artista contemporánea, realizada en Rodez por la Dirección del museo. En esta obra, la trama de líneas de hierro que dibujan curvas imbricadas unas dentro de otras, con sus cuatro metros de altura, es un equilibrio dentro del desequilibrio, una especie de caligrafía geométrica en forma de giro sin fin que se lanza al vacío y lo toma por asalto. Proeza técnica y desafío estético al mismo tiempo, más allá de su identificación con una composición (virtual) de tipo postcubista, Cascada es ante todo una “propuesta poética del espacio”, para emplear los términos del filósofo Gaston Bachelard. Por otro lado, la incorporación de elementos tomados de la naturaleza, que está presente desde hace ya varios años en el trabajo de la artista, se observa también en esta exposición bajo una forma nueva, con los cinco Bodegones o Naturalezas muertas (cajones de luz, 35 x 35 x 15 cm, 2004), donde aparecen, iluminadas, fotos de hojas, ramas, raíces y flores.
Pero es sobre todo con su instalación El interior está al interior del interior (hierro, madera, dispositivos ópticos montados sobre varas a la altura del ojo humano, 15 x 15 x 130 cm, 2001-2004) que Marcela Gómez entabla un diálogo más profundo con el espectador. Este último es invitado no ya a penetrar el vacío, sino a mirar al interior de una caja en la que podrá descubrir, en solitario, esta “mise en abyme” (o efecto de espejo) tan apreciada por la artista, en donde cada espectador es el voyeur íntimo de sus imágenes y de sus objetos cotidianos (silla, alcoba, etc.). Con los dos videos Vientos (2003, 1’50) y Mamá, me caigo (2004, 1’30, texto del poeta argentino Guillermo Daghero), se prosigue en esa vía del cuestionamiento sobre la fragilidad de las certezas, ya sean psicológicas o emocionales.
El catálogo de la exposición presenta una triple entrevista hecha a Marcela Gómez por el crítico de arte y también religioso dominicano Jean-Pierre Brice Olivier. Se trata de un diálogo apasionante en tres locaciones diferentes (el taller de la artista; un muelle de París, cerca de la antigua galería de Brice Olivier; la celda del hermano Renaud en el convento de Santo Domingo) que explica la trayectoria particularmente sensible de Marcela Gómez. La artista expresa allí, con una rara sinceridad, la esencia de sus motivaciones y su proceso creador: “Creo que la única manera de no perderse es seguir el camino del corazón”2, y añade, evocando a Oscar Wilde, que le gustaría ser aquello en lo que es capaz de convertirse, inscribiendo para siempre la duda y la esperanza en el corazón de su obra.
NOTAS
1. Catálogo de la exposición, entrevista de Jean-Pierre Brice.
2. Idem.
CHRISTINE FRÈROT
