Muchos de los ojos que vieron la reciente exposición de Lihie Talmor, en la Galería Blasini, se aguaron más de lo normal. Algunos de ellos lagrimaron tanto que resultaba fácil percibir, luego de entrar en la sala de exposición, una humedad emotiva cargada de dolor, rabia e incomprensión hacia ciertos actos humanos.
Expliquemos el porqué de tanta agua salada alrededor de una propuesta estética: la muestra, titulada Allí me encuentro, pero no me pueden ver, presentó un conjunto de 103 fotografías a color, en pequeños formatos, a través de las cuales el espectador reconstruía, cuadro a cuadro, la visita de un grupo de musulmanes, cristianos y judíos (en mayo de 2003) a uno de los bosques más hermosos, pero también más oscuros del planeta: Auschwitz, ciudad polaca donde hace algún tiempo casi 4 millones de personas dejaron de ver los colores de la vida, en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

El imaginario inicial exhibió a un grupo de 280 viajeros alegres que no parecían estar conscientes –al momento de partir hacia Polonia– de lo que más tarde iban a ver y sentir en carne propia, al momento de pisar todos y cada uno de los metros cuadrados del campo de concentración nazi: ese espacio que mostró los tonos más fríos del claroscuro de la vida.
Al avanzar en lo profundo del montaje, la historia que cuentan las fotografías se va haciendo cada vez más triste y más difícil de observar: detalles del alambrado de púas; planos de las letrinas de las barracas; la imagen de altos árboles testigos de la crueldad sin razón; los rieles de los trenes donde llegaban los ferrocarriles con miles de individuos condenados a pasar una temporada en el infierno; la inscripción que se lee en el portón de Auschwitz (“el trabajo libera”); y maletas: muchas maletas.
Destaca el hecho de que Talmor grabó todos los momentos del viaje con una cámara de mini DV, de la cual extrajo varias tomas que luego imprimió en papel fotográfico. Este detalle técnico permitió al visitante aprehender la historia de la travesía en papel, pero también en movimiento real, ya que, luego de concluir el recorrido de las 103 imágenes, el espectador pasaba a otra sala con un televisor donde era posible apreciar, ahora a través de un video, la experiencia de este particular grupo de musulmanes, cristianos y judíos.
Talmor estuvo presente durante todo el viaje a Auschwitz, pero en la exposición nadie la pudo ver. Nadie. Algunos consideran que adoptó una posición de narradora plástica omnisciente para mostrar ese tipo de belleza particular en la cual cree: la que nace de lo más duro de la vida. Otros, sencillamente, opinan que no quiso que su rostro de artista se viera con tantas lágrimas. Con tanta sal.
Dos momentos resultan cumbres en el imaginario presentado por la artista a través de la fotografía y el video: la irónica declaración de Hana Tener, una anciana que sobrevivió al holocausto nazi, la cual cuenta, parada frente a la cámara de Talmor, que el doctor Menguele no parecía, físicamente, un demonio. Por el contrario, ella lo recordaba como un hombre apuesto (al mejor estilo de un actor hollywoodense), bien trajeado con su impecable uniforme nazi y sus inconfundibles guantes blancos.
El otro instante, mucho más emotivo, presenta a los viajeros dentro de una de las barracas del campo de concentración. Los rostros de todos siempre se aprecian muy apagados, a punto del llanto. De repente, el guía que va reconstruyendo el macabro cuento de asesinatos hace silencio para dar paso a una escena única dentro de esta muestra con rastros documentales: un imam recita un verso del Corán en memoria de todos los desaparecidos.
Allí me encuentro, pero no me pueden ver, inaugurada en octubre de 2004, finaliza con dos series de fotograbados: Contraseña (con imágenes de la nueva frontera entre el Líbano e Israel) y Separación–Unión (espacios cerrados con muchos objetos protagonistas en el primer plano). Así culmina el viaje a Auschwitz.
De la vida de Lihie Talmor hay que decir que nació en Tel–Aviv (Israel), en 1944. Que realizó estudios de Arquitectura y Planificación Urbana, en el Technión, Haifa, y Letras y Teoría de las Letras, en la Universidad de Tel Aviv. Y que, en 1980, se trasladó a Caracas y cursó estudios de artes gráficas y pintura. Su obra ha sido expuesta en numerosas exposiciones colectivas e individuales, entre las cuales destacan la Galería Sextante (Bogotá); la Casa del Artista (Jerusalén); el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas; y el Museo de Arte Contemporáneo de Ibiza (España). Su exposición anterior, en 2001, en la Sala Mendoza, también recreó el tema del holocausto nazi: una cicatriz personal que Talmor ha venido sanando a través de las tramas luminosas del arte.
PABLO VILLAMIZAR
