En la ciudad de México, la Casa Lamm presentó la exposición Uno, consistente en 15 toys o dolls y cuatro bocetos del joven habanero Leslie Sardiñas, quien ha sido considerado el enfant terrible de la pintura cubana contemporánea.
En un artículo donde alude a cuando Sardiñas regaló obra suya a los reyes españoles durante su visita a Cuba, Armas Marcelo llama al artista Peter Pan, emparentando sus personajes con los de Carro y Swift. Sin embargo, antes que jugar con los personajes de Uno, probablemente Alicia preferiría a la reina. Y es que aquí se pone en juego nuestra cabeza. Porque, en comparación con los liliputienses, nos encontramos con perversos polimorfos, enanos que se niegan a crecer como el Oskar de Grass, payasos nostálgicos cuando no trágicos tipo el de Böll y, en suma, toda una serie de tenebrosos deformes cuya expresión recuerda a las muñecas de porcelana rotas, pero sobre todo a los protagonistas de la animación japonesa denominada manga, y quizás, hasta a ciertas ilustraciones de porno infantil.

Así pues, no estamos ante un realismo mágico, como ha querido calificarse al arte cubano más actual, sino frente una serie de obras críticas, realmente maravillosas, las cuales conforman una galería de freaks que apelan a nuestro morbo y constituyen un reto estético por cautivadoras al tiempo que no dan tregua al espectador que espere hallar en Uno imágenes complacientes.
A mi modo de ver, uno de los logros reside en los ojos. En este sentido, se agradece que el pintor tome como base de sus creaciones al dibujo, en el que muestra gran pericia, dominio. Pues quién si no un verdadero ilustrador logra animar las miradas que nos observan desde estos cuadros donde figuras solitarias parecerían justificar el título de la exposición: uno es el primero, y aquí el yo solitario domina la composición; uno también es el pronombre que empleamos para hablar en impersonal, y los objetos de nuestro posible escarnio devienen sujetos gracias a sus guiños cómplices y esa actitud resuelta, directa, que los caracteriza.
La pintura de Leslie Sardiñas da cuenta de virtudes de las que pocos artistas actuales logran hacer gala. Uno conforma un asilo mental que hace referencia a la realidad, su demente absurdo, más que a mundos oníricos. Como hemos dicho, sus muñecos son figuras solitarias, con gestos desquiciados, anormales de retorcida expresión donde, sin embargo, no cabe la tristeza, acaso el llamado al juego a sabiendas de nuestra crueldad insalvable, la asunción del misterio que encierra nuestra violenta natura: está la expresión de sobreentendido en la travesura de plano malévola, como en el ojo amoratado de Toy #3. Ahora bien, entre las figuras más inquietantes se encuentran los Toys #7 y #8, por sus pupilas de colores distintos y donde la expresión se cifra en las cejas maquiavélicas de #7 en contraposición a esas caídas, candorosas, de #8; a la intriga del rostro contribuye que las chicas tempranamente adultas se hallen vestidas como estudiantes, nos remiten a strippers, lo que no ocurre con la sonrisa apenas esbozada de #13, con un párpado caído y el rostro francamente japonés; con el torso desnudo y tacones en una suerte de gozosa ambivalencia sexual que es el #14 —; bien puede imaginarse la vitrina holandesa. Leído como es Sardiñas, me pregunto si habrá querido encarnar el diablo mismo del Maestro y Margarita, y si los palillos del #13, de cuya sanguinolenta boca sobresalen en realidad son colmillos...
Como sea, Uno es una colección de andróginos, de ambivalencias que retan nuestras expectativas y parodian el sinsentido de algunos valores en un travesti de la infancia y nuestro imaginario, caricaturizando la inocencia, o lo que por inocencia entendemos frente al cruel escarnio al que llegamos a someternos, bufones de ese carnaval perpetuo que hay en toda ciudad.
MAYRA INZUNZA
