Sin contar al geográficamente remoto tsunami, hasta que ocurrió el incendio en la discoteca —con sus doscientos jóvenes mártires—, el centro de las polémicas y las discusiones, los análisis y las acusaciones cruzadas en Argentina fue acaparado a fines de 2004 por León Ferrari. Su esperada retrospectiva en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, es decir, más de 1.500 metros cuadrados que contenían unas 400 obras realizadas entre 1954 y 2004, desató entre nosotros, e incluso más allá de las fronteras del país, un vendaval de solidaridad con el artista, una verdadera corriente de apoyo con escasos precedentes locales. Se trató de una contundente respuesta a las acciones de un grupo extremista católico denominado Cristo Sacerdote, que mediante acciones legales consiguió clausurar —sólo diecisiete días, porque la medida fue apelada y revertida— la exposición del joven maestro, tal como muchos consideran a este prolífico artista nacido en 1920 en Buenos Aires.
La exhibición de la polémica, corolario de un profundo trabajo de investigación de la historiadora Andrea Giunta, fue básicamente ofensiva para el ala más retrógrada de la Iglesia; ineludible para la comunidad local de artistas e intelectuales, y por lo menos curiosa para un público masivo poco familiarizado con el arte contemporáneo. Fue mérito del excelente montaje —una constante en las exposiciones grandes del Centro Recoleta— y de la acertada selección de piezas el hecho de que una misma muestra haya podido captar tantas atenciones. La cobertura mediática, por supuesto, también hizo lo suyo, atenta a las repercusiones políticas de un caso de censura eclesiástico-judicial contra una iniciativa civil-gubernamental, dado que el Centro pertenece al área del gobierno de la ciudad. “Censura vs. libertad de expresión” fue la consigna del debate, una dicotomía difícil de ignorar para una sociedad fuertemente movilizada como la argentina post-2001.

Buena parte de la obra de Ferrari, reconocida internacionalmente y considerada elemento fundamental del conceptualismo político latinoamericano, se dedica a la defensa de profundas convicciones éticas, de corte humanista, que el artista sostiene con tenacidad y coherencia desde sus comienzos. Aunque la cuestión religiosa es para Ferrari central —la idea del Infierno, según su mirada ultracrítica, es una apología del castigo y la tortura al diferente— son muchos los blancos de su indignación, van de las Cruzadas a la guerra de Bush en Irak, pasando por las dictaduras argentinas y latinoamericanas y por casos puntuales de discriminación, persecución ideológica o alguna otra forma de atentado contra los derechos humanos. Vale decir, aunque la primera ofendida fue la Iglesia católica —particularmente retrógrada en Argentina, donde sobrelleva un largo historial de complicidades poco asimilables con la misericordia cristiana—, la reacción violenta frente a la obra de Ferrari podría haber venido de las Fuerzas Armadas, o de la embajada de los Estados Unidos, o de cualquier otra institución o individuo señalado en las numerosas obras que denuncian abusos de poder.
Más allá de todas esas piezas que ironizan, con mayor o menor vuelo, sobre las contradicciones y aberraciones del catolicismo, y más allá de su contracara previsible —las piezas rotas por fanáticos que agredieron la muestra durante los primeros días de exhibición—, la retrospectiva de Ferrari abarca también otras líneas de su producción, igualmente desplegadas sobre soportes y materiales diversos. Grabados, pinturas, collages, ensamblajes, objetos construidos a partir de reconocibles baratijas kitsch: el universo de este artista curioso y siempre experimental comprende tantos formatos que el recorrido resulta fascinante, incluso para aquellos que se acercan con resistencias.
El impecable trabajo de Giunta, reforzado con un muy buen catálogo coproducido por el Centro Recoleta y MALBA (museo que exhibió, simultáneamente, los Artefactos para dibujar sonidos), sin dudas contribuye a iluminar estos cincuenta años de incansable labor. Los artículos producidos especialmente para este esperado libro corresponden a la académica brasileña Aracy Amaral —que conoce bien la etapa menos conceptual de Ferrari, exiliado en São Paulo de 1976 a 1991—, Luis Camnitzer, Néstor García Canclini y Luis Felipe Noé; este último desarrolla un ágil recorrido por las preocupaciones de Ferrari a través de una reveladora conversación con su amigo y colega. Por su parte, Giunta, impulsora general del proyecto, se reserva un texto panorámico que articula vida y obra de Ferrari y que tiene la valentía de abordar incluso los aspectos quizás más cuestionables de su estilo, como el carácter repetitivo y la literalidad. “Ambos rasgos constituyen —observa Giunta— en su exceso, rasgos retóricos intencionados”. Pero junto a la literalidad de sentido de muchas de sus obras, Giunta señala también la importancia de esa otra franja de producción en la que Ferrari se desliga de las referencias y genera puras formas, imágenes no preocupadas por su capacidad de transmitir mensajes; varias de estas piezas forman parte de la exposición y acentúan la franca libertad de trabajo de un artista no condicionado por lo que esperan de él ni sus defensores ni sus detractores.
Sumada a los méritos de selección, montaje y catálogo, se cuenta además la recuperación de obras históricas fundamentales de los sesenta —valiosas en el marco de la trayectoria de Ferrari y a la vez pioneras para el arte contemporáneo local—, como la ya célebre y monumental La civilización occidental y cristiana (1966), objeto de plástico, yeso y óleo que en su momento también supo despertar conflictos por su particular enfoque de la invasión norteamericana en Vietnam. Las fotografías de periódico intervenidas, los dibujos y caligramas, los maniquíes y las jaulas con animalitos de plástico conviven en este viaje que abarca cinco décadas de obsesivo desempeño al margen de las modas y los mercados.
EVA GRINSTEIN
