Exposición Individualabr 2005 - jun 2005· Por Claudia Laudanno

José Bedia

Galería Thomas Cohn

La Galería Thomas Cohn exhibió, una megaexposición del renombrado artista cubano José Bedia Valdés (La Habana, 1959), integrada por sobrecogedoras pinturas “negras” de fuerte carga alegórica y ostensible pathos, junto a dibujos realizados sobre papel amate, todos ellos inéditos y de grandes formatos. Los dibujos, de 120 x 240 cm cada uno, se repartieron en el mezzanine de la galería, en tanto que las pinturas se distribuyeron por toda la amplia planta baja.

La figuración actual de Bedia acepta toda clase de alteraciones y, a la par, revela un viraje importante en la trayectoria pictórica del artista. Incluso, anticipa las modificaciones constructivas y tectónicas que en ella se gestan, así como las ruinas que emergen de sus visiones elegíacas y neosublimes, donde la estrategia narrativa funciona como un indicador formal y semántico de fuste. En tal sentido, el artista trabaja, desde hace años, en un territorio nómade y huidizo, plagado de encuentros y abandonos, de idas y venidas.

Exposición Individual: José Bedia — imagen 1
José Bedia. Tocado por una fuerza superior, 2003. Acrílico sobre tela. 185 x 339 cm. (72 3/4 x 133 1/2 pulgadas).

Pinturas del tipo de Todo bajo control y Torre del silencio evidencian la presencia inquietante de imponentes arquitecturas negras, las cuales, a modo de efigies descomunales, invaden frontalmente casi todas las superficies de los cuadros, para aludir, en clave metafórica, a la migración, el desasimiento, el conflicto y lo absurdo, concebidos como sentimientos extremos, que vivencia el sujeto contemporáneo. Máquinas absurdas, más que célibes, gigantescas edificaciones y buques monolíticos exceden a la pintura y se sitúan en los umbrales de lo incierto y lo irresoluble.

En estos nuevos trabajos, Bedia no pintó sólo la duración de lo funesto, dando cuerpo a un conjunto asombroso de “imágenes del después del después”, sino que, además, su repertorio iconográfico se inscribía en un espacio de teatralidad barroca y desoladora. Como fósiles o restos óseos, invadidos por sutiles velos glaucos, tales imágenes sombrías permitían al espectador confrontarse con “vedutas” de lugares cerrados, opresivos y acorazados, al igual que la mónada de Leibniz, concebida como celda, célula o sacristía, desprovista de ventanas o aberturas que la conecten con el exterior.

Para Bedia, el espacio de la pintura, como entidad real de naturaleza bidimensional, va más allá de su propia fisicidad; posee una dimensión temporal de carácter cíclico. Por ello, es frecuente ver en sus obras el interjuego dialógico que entabla entre el ayer y el hoy, entre la memoria y el presente, por medio de un círculo erótico y tanático, remitiendo, sin cesar, a una suerte de eterno retorno, del mismo modo que el funcionamiento de la estructura mítica. Y en su más reciente individual, en la Galería Thomas Cohn, las enormes pinturas y dibujos poseían ese valor agregado de innegable carácter evocativo. Tales son los casos de cuadros de gran porte, como Tocado por una fuerza superior, de 185 x 339 cm, y Héroe escarnecido, de 185 x 259 cm, donde el artista puso de relieve, con notas irónicas y hasta humorísticas, ciertos aspectos de lo ominoso, lo abyecto y lo siniestro, entendidos como componentes de una catarsis prolongada, a través de impactantes contrastes de negros plenos y abismales que se iluminaban gracias a certeros toques de blancos iridiscentes. En medio de dicha negritud y grisalla de fondo, cobraban vida nimios personajes de vida larvaria que como insectos sobrevivían a tales imágenes del naufragio y del aquelarre.

En este ciclo alegórico de pinturas, el artista cubano aludió, con total maestría, a la orgía megalomecánica y tecnonuclear, a las lacras de las guerras y a la atmósfera de devastación que nos acechan a escala planetaria.

Por su parte, la serie inédita de piezas, efectuadas sobre papel amate, exhibió, de manera contundente, todas las notas características y propias de un consumado dibujante, con planteos lineales de trazos continuos y muy netos, de fuerte consistencia telúrica, ceremonial y sincrética. Los dibujos colocaron sobre el tapete la singularidad y la riqueza de la iconografía híbrida y proliferante con la que acostumbra operar el artista. Aquí Bedia recuperó para sí todos los sustratos y vestigios ancestrales de la inagotable fantasía y tradición afrocaribeñas.

Exhibiciones monográficas de tales características no resultan demasiado habituales en el presente. Con cuerpos de obras bien diferenciados y nutridos, esta individual, en Galería Thomas Cohn, evidencia a todas luces que tanto el lenguaje del dibujo como el de la pintura conforman una doble vía de experimentación para el creador de origen cubano, permitiendo trazar recorridos de lecturas en paralelo, lo suficientemente abarcadores y efectivos. Y ello constituye una herramienta fundamental en la comprensión de los cambios, fluctuaciones y virajes sustanciales que se han operado en su producción de los últimos dos años, poniendo de manifiesto la aportación medular que la obra de Bedia implica para el arte latinoamericano contemporáneo.

CLAUDIA LAUDANNO

José Bedia, por Claudia Laudanno | artnexus