El programa Obra Invitada del Museo de Arte del Banco de la República busca establecer un diálogo entre las colecciones del banco y el arte contemporáneo colombiano. La dinámica que se establece, invitando a artistas jóvenes a interactuar e interpretar una obra o tema de la colección, da como resultado nuevas y fascinantes lecturas de las obras.
Dentro del marco de este programa, desde el mes de noviembre de 2004 y hasta febrero de 2005, Johanna Calle presentó su obra Ínsulas, una serie de nueve dibujos a través de los cuales establece un vínculo con una parte no tan evidente de la colección del Banco de la República. A diferencia de sus predecesores, Johanna Calle se aleja un poco de las obras de arte visual para aproximarse, desde su quehacer, a la colección de libros también pertenecientes al banco y que se conserva en la misma “manzana cultural”, en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Su interés más específico y punto de partida estuvo en la obra de Antoine de Saint-Exupéry, El principito, un libro que ha estado presente a lo largo de su vida artística por su condición ambigua entre el cuento infantil y la fábula para adulto.

Según la artista, la idea de Saint-Exupéry de referirse a su infancia como su sitio de procedencia, “como si se tratase de un país”, es básica en su obra para referirse al territorio que marca la existencia de cada individuo, y es allí donde radica el interés agudo de Calle en esta temática.
Continuando con una investigación constante en su obra, Johanna Calle desdibuja la técnica. Propone transgredir, una vez más, el régimen del dibujo tradicional, como lo ha hecho en el pasado con obras como Nombre propio, en donde usó hilo y aguja para dibujar las caras de los niños abandonados publicadas por el Instituto de Bienestar Familiar (1997/1999), o Las chicas de acero (1998), en la que con un alfiler perfora sobre el papel los rostros de quince adolescentes secuestradas por el ELN. En esta ocasión, haciendo marcas con un pirograbador sobre papel, Calle dibuja nueve planetas con sus desproporcionados habitantes. Técnicamente ésta es una experiencia que representa para ella un desafío, en tanto su obra anterior siempre ha sido marcada por la precisión y la rigurosidad. En este caso, se hace necesario incorporar el azar del fuego, muchas veces incontrolable, a la meticulosa tarea que caracteriza a la artista. Si bien se trata, como en sus obras anteriores, de la repetición, casi como un mantra, del mismo gesto hasta lograr revelar una imagen, en este caso este gesto es a veces difícil de controlar, y el fuego hace que aparezcan personajes maravillosos y a la vez temerarios que se aproximan a la caricatura política de Otto Dix o Geoge Grosz, pero también a personajes de las fábulas de Esopo, como la liebre y la tortuga. Aunque se hace referencia al mundo de la fantasía infantil, algo que aproxima a Calle a sus inicios en el arte, ya que la artista cuenta cómo las ilustraciones de los cuentos de Kästner, Lindgren y los hermanos Grimm la fascinaban1, hay algo acá, como en aquellos cuentos, que es siniestro.
La palabra ínsula, que hace referencia a un pequeño territorio o Estado, es el primer punto de contacto entre los dibujos de Calle y el libro, recordando el planeta B612 de donde venía el personaje de Saint-Exupéry. Más allá de la similitud con las ilustraciones de El principito está el interés de la artista por explorar una de las múltiples lecturas del libro, aquella en torno al poder y el absurdo. Las Ínsulas de Calle, como los planetas de Saint-Exupéry, están habitadas por personajes penosamente humanos. Sin embargo, el rey sin súbditos, el vanidoso, el hombre de negocios y el farolero son reemplazados por una serie de personajes híbridos entre hombre y animal que se balancean sobre planetas a los que generalmente superan en escala, como si fueran malabaristas sobre un balón de circo.
La agudeza de estos dibujos radica entonces en la ambigüedad del territorio que proponen entre el lugar geográfico “real” —pues son alusivos a un estado muy conocido por todos nosotros en las relaciones de poder en América Latina— y el estado mental de la fantasía y el temor.
La técnica utilizada no es tan sólo un medio plástico, es al mismo tiempo una afirmación conceptual. Este lápiz de fuego destruye, casi que carcome el papel, dejando una textura de desolación semejante a un paisaje lunar. Como siempre, Johanna Calle vuelve a la sutileza que transforma su obra en algo casi humilde en presencia pero poderoso en sus afirmaciones.
NOTA
1. Johanna Calle, en entrevista con Carmen María Jaramillo publicada en Otras miradas, catálogo de exposición itinerante, 2004.
MARÍA CLARA BERNAL
