IV Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano

Donna Conlon. Espectros urbanos, 2004. Video hecho con basura encontrada en las calles. 2:34 minutos.

Bienalabr 2005 - jun 2005· Por Monica Kupfer

IV Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano

Museo de Arte Contemporáneo, Panamá

Resulta loable que seis países—a través de personas dedicadas y artistas creativos—hayan logrado aunar esfuerzos para ofrecernos esta valiosa ventana al arte contemporáneo del istmo centroamericano.

Por primera vez se celebró en Panamá la Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano, certamen internacional que se inició en 1998. Su presentación en el Museo de Arte Contemporáneo fue un hecho de valor para el medio cultural de Panamá porque ofreció la posibilidad a artistas y observadores de ubicar el arte local dentro de un contexto regional, además de promover un intercambio entre los jóvenes creadores de seis países, que a pesar de su cercanía geográfica, históricamente no se han caracterizado por una gran comunicación en el ámbito cultural. Creada inicialmente como certamen de pintura, la Bienal Centroamericana ha ido ampliándose, permitiendo, a partir del año 2000, obras en cualquiera de los medios que se practican en el arte contemporáneo. La exposición de trabajos de 36 artistas centroamericanos presentada en Panamá a partir de noviembre de 2004 incluyó dibujos, pinturas sobre tela y sobre láminas de metal, fotografías tradicionales y digitales, esculturas, instalaciones, videos y obras participativas. A pesar de la variedad y, a veces, hasta incongruencia—en cuanto a estilos, técnicas y contenidos—que implica una exposición como ésta, no cabe duda de que el ver reunidas tantas obras de procedencias diversas lleva a conclusiones valiosas.

La exposición mostró que el arte conceptual está muy vigente entre los artistas centroamericanos, muchos de los cuales se balancean entre el activismo y la creatividad. Aunque hubo excepciones, fue notable la presencia de obras de contenido social y político, especialmente en las representaciones de Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala, países que—a diferencia de Costa Rica y Panamá—han sufrido largas décadas de guerra y violencia. El tema se reflejaba en trabajos como los del hondureño Jayro Bardales con sus insinuaciones de tortura y desapariciones; del nicaragüense Ernesto Salmerón, que llevó a cabo intervenciones en el “espacio público revolucionario nicaragüense”; y del guatemalteco Michael Benedict Barnoya, cuyo juego participativo Arma-desarma ofrecía la oportunidad de reconstruir América Central con los cubos de un rompecabezas. El carácter sociopolítico de muchas de las obras de arte inevitablemente creaba en el espectador de la muestra una sensación de desasosiego y un sabor amargo en cuanto a la difícil situación que viven tantos centroamericanos. La bienal también incluye obras con referencias irónicas al rol de la religión y su promesa de salvación—como en el agua bendita y no—bendita de Andrés Carranza de Costa Rica, y el Cristo Sprite del salvadoreño Eduardo Chang. De igual manera, hay múltiples puyas contra Estados Unidos, cuyo rol colonialista ha causado tanto resentimiento en la región, como lo evidencian el tico Rodrigo Pacheles con su Carta para una Visa (impresionante video de un tatuaje en proceso); su compatriota Ricardo Ávila, con su ridículo inodoro en honor al presidente Bush, y Rodolfo Walsh, de Guatemala, con sus fotos de la libertad limitada que ofrece el país de la libertad. A pesar de la pesadumbre psicológica, es alentador que los artistas de la región se han ido actualizando, logrando un plano más contemporáneo en sus creaciones, uno desde el cual pueden proyectar temas relevantes, saliendo poco a poco de la periferia cultural en la que por tanto tiempo ha languidecido la región.

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Walter Iraheta. Lección de vuelo No. 2, 2004. Detalle de instalación. Dimensiones variables.*

El sistema organizativo de la Bienal Centroamericana constituye un ejemplo admirable de la manera en que varios países pueden trabajar juntos para lograr un exitoso intercambio cultural. Además de colaborar en la preparación de las bases y el concepto de la Bienal, cada país funge de manera rotativa como sede del evento con la ayuda económica de las entidades organizadoras y fundaciones privadas en cada una de las naciones centroamericanas. Aunque forma parte del istmo centroamericano, hasta la fecha Belice no ha participado en la bienal, hecho lastimoso pero poco sorprendente, en vista de los limitados vínculos que existen entre ese país angloparlante y sus vecinos de herencia española. Otro hecho curioso es que los artistas que participan en esta bienal son seleccionados de maneras diversas. Son elegidos por bienales locales en todos los países, menos Honduras y Panamá, donde la selección es coordinada por personas vinculadas a galerías reconocidas y/o comités ad hoc. Los reglamentos que rigen las selecciones nacionales también varían. Por ejemplo, en Panamá, a diferencia de otros países, los artistas tienen que haber sido ganadores de un premio nacional o internacional, y de ser seleccionados, tienen la extraordinaria obligación de donar una de sus obras a la fundación patrocinadora.

Las obras seleccionadas para la IV Bienal Centroamericana estuvieron bien distribuidas en el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá, donde se utilizaron hábilmente pequeños espacios de trastienda hasta ahora desconocidos para el público. Considerando la variedad de trabajos y la necesidad de las múltiples obras en video de contar con salas oscurecidas, la organizadora por Panamá, Carmen Alemán, en colaboración con los demás curadores centroamericanos, hizo un montaje admirable. El jurado internacional de la IV Bienal Centroamericana encargado de escoger los premios estuvo conformado por la curadora y crítica colombiana Ana María Escallón; el catedrático en Historia del Arte de la Universidad de Puerto Rico, Enrique García Gutiérrez; y el reconocido artista plástico argentino Rogelio Polesello. Otorgaron tres premios, a Donna Conlon de Panamá, Regina Aguilar de Honduras y Óscar Raúl Rivas de Nicaragua, respectivamente, así como cuatro Menciones de Honor: a Walter Iraheta (El Salvador), Hugo Ochoa (Honduras), Mira Valencia (Panamá) y Verónica Vides (El Salvador).

La ganadora del galardón principal, Donna Conlon, presentó dos videos titulados Todo arreglado y Espectros urbanos, obras en la que sigue fiel a su interés por trabajar con objetos encontrados o reciclados, para dejar testimonio sobre la relación del hombre con su ambiente. En el primero, la mano de la artista coloca basura en lugares incongruentes, “decorando” la ciudad con bolsas de plástico en árboles o cercas; y botellas de vidrio, tapas, tenedores, cucharas y pajillas plásticas en orificios o espacios públicos en los que parecen caber a la perfección, acciones acompañadas por el sonido que hacen los desechos al ser colocados en sus “posiciones”, con el sonido del tráfico urbano de fondo. Conlon hace un comentario social y ecológico con humor y estética, pero sobre todo con una sencillez que conquista al observador. Algo similar ocurre en Espectros urbanos, que se inicia con una vista de la península de Paitilla en la ciudad de Panamá, área cubierta de rascacielos en increíble proximidad. Por delante de los edificios, aparecen, pieza por pieza y en ritmos variables, unas torrecitas de tapas metálicas de botellas, o de cajillas de fósforos, unas sobre otras hasta que las torres habitadas son reemplazadas en el campo visual, entre el mar y el cielo, por acumulaciones de basura ordenada. Al final, vuela sobre esta imagen “real” la silueta de un ave marina, haciendo un llamado vacío.

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Verónica Vides. Guaridas, 2004. Técnica mixta. Dimensiones variables.

De las dos obras de videoinstalación presentadas por Regina Aguilar, Central America Now es la más contundente. En una pequeña habitación que incluye un sofá con su mesita, vaso y cenicero, se observan en una pantalla plana recortes en video de reportajes televisivos de una de las recientes masacres sufridas por el pueblo de Honduras, donde la delincuencia, en especial la situación de las maras (pandillas de jóvenes), se ha convertido en un problema de enormes consecuencias para la paz social. En rápida secuencia, y con cortes que aumentan el sentido de drama y tragedia, aparecen escenas con muertos, familiares desconsolados, militares, políticos y figuras religiosas. Aparece, entre otras personas, monseñor Emiliani, el sacerdote panameño que es obispo Auxiliar de San Pedro Sula, donde ha asumido como misión la rehabilitación de los mareros. La proyección es de un horror impresionante, pero, a la vez, se parece mucho a lo que tantas familias de clase media en Centroamérica observan a diario en sus televisores, sin horrorizarse, entre un cigarrillo y otro, mientras conversan con sus hijos o amigos.

Óscar Rivas mostró dos obras relacionadas con el tema de las urbes sobre extendidas, tan vigente en el arte actual de América Latina. En la instalación interactiva Cit for sites, uno se encuentra frente a una vista aérea en blanco y negro de una ciudad a la cual se han incorporado códigos de barras que se pueden descifrar con un lector electrónico que forma parte de la instalación. El proceso participativo le revela al espectador sobre un pedazo de papel, similar a los recibos que arrojan las cajas registradoras, el nombre y los datos personales del individuo que ocupa ese punto físico en el mapamundi. La obra tiene implicaciones filosóficas, sociales y políticas de amplio alcance en este mundo globalizado.

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Oscar Raúl Rivas. Cit for Sites, 2004. Instalación interactiva. Dimensiones variables.

Entre las Menciones de Honor resaltaron las Guaridas de Verónica Vides, enormes estructuras colgantes en las que ramas, tierra y estiércol formaban una interpretación sui géneris de nidos, enormes conos de gran belleza pseudonatural. La artista recrea la maravilla de la naturaleza en obras en las que maneja con sutileza tanto un mensaje ecológico como una reinterpretación de la escultura tradicional. Un camino radicalmente diferente asume la artista argentino-panameña Mira Valencia con su obra participativa Venga a disfrutar una obra de arte, una mesa con un gran número de tortas en las que en vez del nombre de algún cumpleañero aparecían las reproducciones en tintas comestibles de obras de artistas de renombre tan variados como Picasso, Mapplethorpe, y el maestro panameño Sinclair. Los observadores estaban invitados a cortar el dulce de su preferencia y “comer” un pedazo de una obra maestra. La obra atrajo a los espectadores, quienes participaron en un proceso que cuestionaba el concepto del arte como un producto de consumo. Valencia también presentó una serie de cuatro almohadas blancas, suaves y lujosas, en las que aparece impresa la cara de una mujer en estado de reposo, una obra de connotaciones femeninas con un fuerte vínculo al lenguaje del diseño.

Entre las Menciones de Honor, también se destacaron las Lecciones de Vuelo 1 y 2 de Walter Iraheta, obras conceptuales que combinan sencillez e ironía con una buena dosis de humor. En una instalación de figuras en miniatura, un Superman vuela (adherido a la pared) por encima de una serie de imágenes de Jesús colocadas en fila como niños escolares; y en la otra aparecen en una miniplataforma en la pared dos filas de figuras de Jesús a las que les falta un integrante, que vemos abajo en el piso, roto en pedazos. En un mensaje donde sobran las palabras, Superman observa el cuerpo partido de ese Jesús que no pudo ascender. Más cerca de la vida cotidiana estuvieron los videos premiados de Hugo Ochoa titulados Barroco y Tercer Mundo, muy relacionados entre sí, en los que el artista emplea pantallas divididas, color intenso y música clásica para explorar el lugar que ocupa el ser humano en el subdesarrollo, con imágenes de niños, adultos y ancianos frente a paredes coloridas pero también corroídas, en una declaración de connotaciones existenciales fortalecida por la proyección a intervalos en uno de los videos de las palabras preparen-apunten-fuego.

La obra que más comentarios causó en la noche de la inauguración fue una performance del panameño Abner Benaím, titulada Lo que tú quieras, en la que en un cubículo oscuro los visitantes se encontraban —sin explicación previa— con el artista sentado frente a una pantalla de video, y al lado de una bandeja de metal con una tijera que se podía usar para “lo que tú quieras”. La melena del artista invitaba a cortarle el pelo, cosa que muchos hicieron, proceso que fue registrado en un video que fue proyectado durante las semanas que duró la exposición, dejando un récord entretenido y revelador de las diversas reacciones que tenían las personas frente a la invitación de Benaím. Su otro video, Tal como eres consiste de una entrevista a un señor mayor -con cortes que mostraban barberías tradicionales, barberos veteranos y al melenudo artista- que aconsejaba al joven cortarse y peinarse el pelo de cierta manera para ser aceptable ante la sociedad, revelando ideas que suenan como preceptos morales en relación con algo tan banal como el corte de pelo.

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Mira Valencia. Venga a disfrutar una obra de arte, 2004. Instalación. 240 x 240 cm. (94 1/2 x 94 1/2 pulgadas).

La divertida obra Vender bienestar de Wilbert Carmona de Nicaragua documentaba otra performance o “acción” en la que el artista trató de vender—de manera infructuosa—una serie de pequeñas y bonitas pinturas de paisajes al óleo por precios risibles en buses de rutas urbanas. En la instalación Mano dura, también de Carmona, encontramos varios retratos al óleo con marcos dorados y barrocos en los que, en vez de hombres distinguidos o mujeres de sociedad, aparecen jóvenes pandilleros en poses amenazadoras. De igual manera, hay comentario social combinado con humor en el cortísimo video titulado Planta baja del panameño Ramón Zafrani, una obra que en 42 segundos revela la idiosincrasia del panameño y da cátedra sobre la manera en que hemos dañado el legado histórico y arquitectónico de nuestras ciudades, sobreponiéndoles a verdaderas glorias neoclásicas anuncios de productos de consumo. Habla de una contaminación ambiental tanto visual como auditiva, social como arquitectónica. Encontramos otra indagación del drama social urbano en el Altar de santos pecadores del guatemalteco Álvaro del Cid Mazariego, una instalación con fotos de prostitutas, imágenes de la Virgen María y letreros de ofertas de trabajo, todo enmarcado en estridente pintura fucsia y turquesa, y con un área para arrodillarse forrada de tela que imita la piel de tigre. Este artista también muestra la vida cotidiana como algo grotesco, en su obra Existencialismo abordo, compuesta de imágenes nocturnas de personas viajando en taxis: una pareja romanceando, una señora comiéndose una hamburguesa y una viejita arrugada que sale de misa. Por su parte, el salvadoreño Simón Vega no analiza, sino que evita directamente las relaciones humanas, en su instalación de un anuncio luminoso que indica sin titubeos: “GUARDE SU DISTANCIA”.

Lejos del mundanal ruido, dentro del espacio doméstico y la intimidad del ser humano, encontramos las obras de la nicaragüense Patricia Belli y las costarricenses Vanesa Biasetti, Adela Marín y Roxana Nagygeller. Belli presentó dos instalaciones, tituladas Diván y Cama en las que parece deconstruir la idea del sofá y el lecho matrimonial, aunque no con la magia que le conocemos de obras anteriores. El pequeño sofá tiene un ojo maravilloso cosido al respaldar, detalle que de por sí solo hubiera completado la obra (con un saludo respetuoso al dadaísmo). La cama, por su parte, consistía en una tela delgada, suspendida del techo por hilos que cederían de inmediato si alguien buscara ahí el reposo o la pareja.

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Regina Aguilar. Centroamérica ahora, 2004. Videoinstalación. Dimensiones variables.

Biasetti ahonda en otra cara de la intimidad con unas excepcionales piezas de lencería femenina creadas con semillas naturales de finísimas membranas que la artista pegó con gran esmero para crear una “tela” natural. Estas piezas producen sensaciones ambiguas por la belleza de su apariencia, porque recuerdan a mujeres en anuncios de ropa “sexy”, por su gran fragilidad y su inutilidad absoluta como prendas de vestir. Colgados de delicadísimas ramas con espinas, los trabajos de Biasetti hablan tanto del rol social de la mujer como de su conexión con la naturaleza primigenia, las semillas y el origen. Adela Marín también explora la realidad de la mujer en dos obras de la serie “El aspecto femenino de Dios”, de fotografías impresas sobre telas colgadas en espiral desde el techo e iluminadas desde el interior. En una de ellas recorre, con gran sensibilidad, el desarrollo de una mujer desde el embarazo y la maternidad hasta la vejez, aludiendo a la etapa productiva y la menstruación, así como a la menopausia. En la otra, titulada Trabajadoras inmigrantes del Restaurante Charles, hace referencia a varias mujeres, con halos de tenedores y cuchillos, como santas martirizadas para el bien familiar o social. Por último, dentro de la exploración de este tema, cabe la obra en fotografía y video de Nagygeller, que contrapone una imagen estática y sonriente de una joven mujer a otra, en video, en la que la figura pasa por transformaciones de “normal”, a calva, a varonil.

El arte bidimensional también tuvo su espacio en la IV Bienal Centroamericana, obras entre las que resaltaba una lograda y a la vez sutil obra en técnica mixta del salvadoreño Antonio Cañas, con referencias a la colonización, así como a la Coca-Cola, cuya tipografía el artista utilizó para escribir su nombre, haciendo eco de la famosa Colombia de Antonio Caro. Los guatemaltecos Marco Tulio Roquel y Jorge Mazariegos también presentaron obras sobre la pared; en el caso del primero, interpretaciones de la violencia en láminas pintadas con acrílico y collage, y en el segundo, de perros como metáforas o testigos expresionistas de la violencia urbana. Reinaldo Fernández, de Nicaragua, ofreció una nueva manera de ver la pintura tradicional con dos grandes y delicados lienzos de tela translúcida, con aplicaciones de retazos impresos a rayas o flores, en un sutil y divertido juego visual. Una gran delicadeza también caracterizó el dibujo de grandes proporciones de dos figuras masculinas presentado por Jorge Palomo, de El Salvador.

Aunque esta bienal prueba que el arte contemporáneo de la región va por buen camino y avanzando, se percibía una falta generalizada de discernimiento en el empleo de los lenguajes del arte, circunstancia que eventos como éste seguramente ayudarán a mejorar. Varias obras mostraban una conexión demasiado directa con el diseño gráfico o con el uso de programas de computadora como Photoshop. La facilidad que ofrecen algunos de los nuevos medios y la familiaridad que tienen los jóvenes con la fotografía, el video y las computadoras no libera la producción artística del proceso creativo, con todo lo que éste implica. Esa tentadora falta de investigación y profundidad se percibía en los trabajos de Byron Mejía y Guillermo Mahchi, de Honduras, y Roberto Guerrero, de Costa Rica, aunque fue bien sobrellevada por la guatemalteca Lourdes de Menéndez, quien empleó el medio de la computadora con éxito para agigantar una huella digital y convertirla en un hermoso paisaje casi abstracto de blancos y negros. Por otra parte, los panameños Humberto Vélez y Eric Fajardo, artistas respetados por su originalidad y sutileza así como por su hábil manejo de lo conceptual, quedaron cortos en esta ocasión. Vélez presentó una obra producida en Manchester y una performance que tuvo lugar en el Casco Viejo de la Ciudad de Panamá, cuyo video en la exposición funcionaba a ratos; y Fajardo dos fotografías digitales que no mostraban su chispa irónica habitual. En otros casos, percibimos demasiada cercanía—o una falta de identidad propia—en la reinterpretación de modelos casi clásicos, como sucede con la obra del hondureño Lester Rodríguez, cuyos desplazamientos de tierra y su récord fotográfico recuerdan pero no compiten con la gran artista cubana Ana Mendieta.

Sin duda, la IV Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano fue una exposición grande en tamaño e importancia, que reveló mucho de la situación artística, social y política de la región. Desafortunadamente, contó con poca cobertura de prensa, privando al público de obtener información analítica sobre una muestra con obras de vanguardia que el visitante común podría haber percibido como incomprensibles y, en algunos casos, hasta chocantes. Sin embargo, resulta loable que seis países—a través de personas dedicadas y artistas creativos—hayan logrado aunar esfuerzos para ofrecernos esta valiosa ventana al arte contemporáneo del istmo centroamericano.

*Todas las imágenes que ilustran este artículo son cortesía de la Galería Arteconsult, Panamá.

MÓNICA E. KUPFER

Doctora en Historia del Arte, curadora y crítica de arte. Presidenta de la Fundación Arte & Cultura y Directora Fundadora de las Bienales de Arte de Panamá.

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