Aclamado como uno de los artistas más imaginativos de Latinoamérica, Ignacio Iturria es reconocido como el creador de un mundo como de juguete, de pequeños personajes posados en condominios de cartón u ocupados en labores absurdas. Con humor e ironía, Iturria presenta una visión de lo ordinario en la forma más extraordinaria. Esta exposición presentó más de 50 pinturas y construcciones en medios mixtos de la década de 1990 hasta el presente. Curada por Wayne Baerwaldt, director de The Power Plant de Toronto, a donde viajará en marzo de 2005, la selección ofreció una visión sorprendentemente completa de la prolífica carrera del artista, así como una clara evidencia de la sofisticación de sus procesos. Una pequeña exposición complementaria en Praxis Internacional Art de Coral Gables llevó la monumentalidad de la exposición del museo a otro nivel más personal y atrayente e hizo referencia a la residencia del artista en Miami por unos cuantos meses (durante la temporada de los huracanes, que afectó los eventos de la inauguración de la exposición) y al efecto de la blanca y cálida luz del sol en sus pinturas normalmente monocromáticas de tono café. Entre las dos experiencias, los visitantes podían compartir el encanto de sus obras y mezclarse con sus personajes.
Ignacio Iturria nació en Montevideo, Uruguay, en 1949 y ha vivido en la región vasca de sus ancestros y ha viajado mucho, pero ha mantenido su residencia en Montevideo. Dice que su arte se basa en “experiencias anteriores”, y no cabe duda de que esas experiencias influyen en su proceso creativo. En los espacios cuidadosamente arreglados del museo el visitante se sorprendía de inmediato por el gran efecto de una instalación que no sólo reunía objetos a gran escala con muebles y pinturas, la mayoría de los cuales iban más allá de la bidimensionalidad en formato, sino que incluía también los toques exclusivos y personales del artista, con dibujos y otros humorísticos dispositivos colocados directamente sobre las paredes. Dondequiera que se miraba había algo que ver, y la respuesta inmediata era considerar las obras en un contexto más bien divertido, como kitsch urbano, hasta que una investigación más detenida revelaba sus complejidades, tanto conceptuales como técnicas.

Iturria trabaja primordialmente con cartón y papel y todo lo que hace puede relacionarse con un proceso constructivo. Sus familiares pinturas monocromáticas sobre cartón son creadas cortando (él considera el acto de cortar tan significativo como el acto de pintar) y empleando pintura en pegotes para hacer sus extrañas figuritas. Las lodosas aguas y secas llanuras del río de la Plata influencian las tonalidades marrones y las casas de cartón son a menudo una realidad en los barrios más pobres de Latinoamérica, y contribuyen al aspecto pardusco de Montevideo. Por su pintura, las figuras semejan marionetas de juguete, y su ambiente es como un escenario para actuar o aparecer. Los arreglos de sus personajes están determinados por algún recuerdo de tiempo y lugar. Iturria dice que pintar es como la hipnosis, le da la habilidad de devolver el tiempo, una forma de entender el pasado y los días felices de la infancia con sus hermanos, jugando y sentados todos a la mesa (a menudo los representa como tenedores y cuchillos). Cortar le agrega una dimensión especial a su obra y es una forma de trabajar con la luz: la luz surge desde atrás, y en sus increíbles mesas (La mesa grande) aparece desde arriba y abajo a través de los cortes. Los muebles evocan su hogar y están modelados según piezas reales. A pesar de su gran tamaño y apariencia a menudo pesada e incómoda (Sillón elefante, 1993), son en realidad bastante frágiles. Cada pieza está hecha de armazones y papier-mâché y pintada. Lo que él crea es un universo paralelo al pasado a través del presente.
En Nuestros condominios, 2004, su muy repetido tema de gente retenida en ventanas, rejillas, puertas de entrada, u otros arreglos, habla de la soledad de la multitud y de experiencias humanas compartidas. Cuando se contemplan las multitudes de Iturria y su medio, uno se siente tentado a tratar temas de trascendencia filosófica y referencias sociopolíticas. Sin embargo, después de una animada discusión con el artista, prefiero mirar sus obras con el mismo sentido de apreciación, humor y sabiduría con que él ve su mundo, e imaginar a su familia en casa, en Montevideo, con sus discusiones sobre la comida y los juguetes, normales en una casa llena de niños, fascinantes experiencias de viaje y aprecio por el pasado precolombino, paisajes urbanos de la imaginación y sueños para el futuro.
CAROL DAMIAN
