Sería muy simple decir que el trabajo de Ruth Vollmer y Gego, artistas alemanas, casi desconocidas en vida (y quizás desconocidas entre ellas mismas), fue sobre el ejercicio y estudio de proyecciones de volúmenes geométricos en el espacio. El ejercicio y estudio de la geometría les corresponde a los matemáticos; a los artistas sólo les toca convertir esa disciplina en otro lenguaje.
Thinking the line ayuda a comprender la extraordinaria fuerza latente que parece opuesta entre estas dos artistas, cuya muestra fue presentada en el Miami Art Center (MAC), que dirige Rina Carvajal, y curada por Nadja Rotter. Uno como espectador, frente a sus obras, se inserta en un proceso que exige un nivel de apreciación muy agudo. Colocarse frente al trabajo de dos creadoras tan especiales no es fácil, debido a lo frágil de las obras, pero no de sus ideas, que giran en torno a una nueva relación con el volumen, el espacio y la transparencia de la luz.

En esta muestra, uno hasta termina experimentando quizás las visiones y dudas que ambas artistas vislumbraban o confrontaban.
La mayoría de las obras de estas dos artistas fueron realizadas entre los años sesenta y los noventa. El caso de Ruth Vollmer es muy particular. Según los textos del catálogo, Nadja Rotter y Rhea Anastas dejan muy clara su asociación con la primera generación de artistas minimalistas de la ciudad de Nueva York, como Sol Lewitt, Richard Tuttle, Eva Hesse, Dan Graham, Mel Bochner, Jo Baer y, en especial, Robert Smithson, quien ya era un gran estudioso de la formación de las rocas. Es probable que Smithson de alguna manera se haya identificado con los estudios de Ruth Vollmer para la concepción de su espiral Jetty, ya que la espiral en la obra de Vollmer es una constante. No deja de ser una gran curiosidad que su nombre no aparezca en la gran cantidad de libros que existen sobre el arte minimalista.
Cuando las formas geométricas son descubiertas como expresión artística, pueden ser reveladoras de un potencial aún desconocido.

Quizás fue ése el impacto que causó la obra de Ruth Vollmer en sus amigos minimalistas a partir de los sesenta. Éste era un momento oportuno, era la época en que, en Nueva York, otra generación de artistas más jóvenes buscaba romper con el expresionismo abstracto y el Pop Art; y así trataban de descubrir un lenguaje más relacionado con métodos de evolución interdisciplinarios.
Ruth Vollmer demuestra que su interés en la geometría se relacionaba con la formación y la naturaleza de los minerales, la geología y la cristalografía. Sus esferas o volúmenes, un tanto cristalinos, a través de plásticos transparentes como los volúmenes opacos, construidos o fundidos en metal, revelan una energía contraria a la de expansión, es decir, una energía que se contrae, para formar su solidez. Sin embargo, estos volúmenes, a finales de los sesenta, pasan a ser también módulos de proposiciones escultóricas, concebidas para ser ubicadas sobre el piso a la manera de instalaciones.
Ruth Vollmer y Gego se perciben como dos artistas muy diferentes entre sí, a pesar de que a ambas les interesaba el universo de la geometría. Así como hay diferencias, también hay convergencias.
Esa diferencia es digna de estudiar: la obra de Gego es liviana, juguetona y traviesa, mientras que Vollmer se siente enigmática y distante. En su trabajo hay una sensación de que le interesaban la alquimia y lo místico como también lo gótico. Es curioso que Mondrian compartiera estos mismos intereses.
Sin embargo, la obra de Ruth Vollmer apenas se está dando a conocer al público; pronto habrá suficientes especialistas en la materia que analizarán extensamente su trabajo.
En otras latitudes, donde la cultura siempre ha tenido un ritmo diferente, Gego desarrolla su obra de una manera más espontánea. Artistas como Lygia Clark, Hélio Oiticica, Alejandro Otero y el mismo Jesús Soto encontraron a través de la cultura latinoamericana otro ritmo dentro de la manera de pensar y sentir la tradición geométrica, y el resultado fue una gran dialéctica del desprendimiento, de la pasión y de la derrota.
En el continente latinoamericano, Gego desarrollaba uno de los cambios más inesperados y más inteligentes de la escultura moderna. En Caracas, el arte sólo tuvo un antecedente de carácter óptico con las pinturas de Reverón; quizás ésta sería la primera experiencia “científica” del arte en Venezuela antes del cinetismo de Soto y de Cruz-Díez y la “extraña” creatividad de Gego, quien nunca tuvo una feliz asociación al cientismo, prácticamente era una “relegada”, tanto en Caracas como internacionalmente.
Ubicar a Gego siempre significó un dolor de cabeza, ahora el dolor de cabeza es al revés. En 1965 Gego fue incluida en la exposición de Arte Óptico The Responsive Eye, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Sin embargo, su trabajo nunca se adaptó a ningún movimiento artístico mientras vivía.
Gego dominaba firmemente el lenguaje de la ingeniería y la arquitectura, pero estaba más interesada en la liberación de las normas arquitectónicas y en la expansión de la expresividad encontrada en la precariedad de sus materiales. La línea es el elemento que une y separa a estas dos artistas. Gego veía la línea como un elemento independiente, astuto e irreverente que inteligentemente se insertaba en los espacios y creaba su hábitat. Su línea no venía del intelecto, venía de una dimensión totalmente diferente, nada que ver con la cabeza.
Gego siempre prestó mucha atención a la densa vegetación tropical y conoció la selva del Amazonas durante sus primeros años en Venezuela. Esta relación con la “arquitectura” de la naturaleza define el carácter impredecible de su línea. No obstante, se podría decir que Gego trajo su línea desde Alemania, sólo que la soltó a su libre albedrío en un lugar sin frontera y aún fecundo en imaginación.
Especialmente en la serie Dibujando sin papel, Gego construye la línea como un dibujo tridimensional a través de una gran variedad de alambres y otras piezas metálicas. Estas líneas forman un quijotesco panorama de increíbles y magistrales soluciones, producto de la constante alegría que le producía inventar a través de su fe en el poder de lo intuitivo.
Ruth Vollmer parece usar la línea para poder entrar y salir de los laberintos del misterio. La línea es usada con la disciplina del arqueólogo para comprender el origen de las formas. Sus esferas “góticas” y sus estudios sobre papel evidentemente tienen un “olor” a Leonardo da Vinci o Durero.
Thinking the line nos conecta no sólo con unas obras magistrales, sino también nos pone en contacto con uno de los grandes elementos del arte que desde el Renacimiento viene siendo uno de los principales intereses del artista: la línea.
EUGENIO ESPINOZA
