Si un rasgo resulta notorio de la contemporaneidad estética de signo postmoderno, es la reinvención infinita (a veces ficticia) de los límites y las fronteras que han servido acaso para fijar ontologías artísticas y lenguajes estéticos muy específicos, basados en presuntas especificidades de tipo técnico o morfológico. La más reciente muestra del artista mexicano César Martínez, exhibida en el Centro Cultural Conde Duque, Madrid, España, se advierte como un ejemplo en extremo elocuente en torno a ese proceso de desmaterialización y desvanecimiento que sufren hoy los géneros tradicionales del arte y los discursos académicos en torno a suyo. Las esculturas inflables, los cuerpos-esculturas o las estatuas-fantasmas son, a pesar de la pertinencia de cualquier término o taxonomía al uso, fugas de un registro, de un esquema de percepción que se instauran en la tan manoseada noción de campo expandido. Las obras de César Martínez, concretamente sus instalaciones escultóricas sobradas de poesía y trasfondo cultural-antropológico exhibidas aquí, servirían para ilustrar el grave conflicto de la modernidad, de lo loco-cotidiano que acontece cuando todo lo que creíamos sólido se desvanece en el aire.
Un recorrido, ya sea azaroso o premeditado, comprometido o simplemente hedonista, por la obra de César Martínez presupone la asunción de un estado reflexivo que excede el asombro ante la evanescencia o el “imperdurablemente presente” de esos cuerpos que inspiran y exhalan el aire impulsado por una máquina. Al documentar ese momento trascendente donde se resume el instante de expansión de la vida y su espesor, al advertir la frecuencia de tiempo en la que la materia cobra cuerpo mediante la respiración, César Martínez está desafiando los límites fijos de la escultura para abrir su entendimiento —en tanto género— a una nueva dimensión en la que se relativizan las fronteras de lo esencialmente escultórico en un sentido estrictamente performático. La piel de látex de sus cuerpos queda entonces como huella en la que se registra un proceder estético deseoso de desarticular los esquemas binarios y las polaridades antinómicas, al mismo tiempo que se aferra a ellos. Estos cuerpos exceden su fisicidad o su levedad haciendo gravitar la verticalidad de la escultura, su rictus habitual. Desafían el canon legendario por el que se rigen sus principios rectores, jugando con una estrategia de cosmética de las apariencias que provoca más de un desconcierto. Pero el alcance conceptual de esta muestra no se reduce a la reflexión de tono autorreferencial sobre el género escultura o sobre las funciones escamoteadas del arte. Sus intenciones alcanzan otro calado y se mueven por los caminos de los sinsabores de la cultura contemporánea, sabedora del caos y el reemplazamiento del humano por la producción desmedida de imágenes-simulacros y voraces fetiches.

Siendo así, es posible compartir la opinión del crítico Juan Antonio Montiel cuando señala que las esculturas de este artista son capaces de materializar, mediante el culto al tropo, el aire de nuestro tiempo, en la misma medida en que nos hacen conscientes de la falta de respiración a la que estamos sometidos en un mundo dominado por la asfixia que provocan las máquinas. Sus cuerpos de látex son así envolturas (pudiera pensarse que un tanto claustrofóbicas) que albergan un instante fugas de vida. El aire es entonces un personaje más dentro de esta muestra, casi pudiéramos decir que es un protagonista de lujo. Como dice el propio César: “la vida es un suspiro… el aire es el alma de las emociones, es el cuerpo del alma, es la materia insustancial de vida”. En las dos salas que conforman la muestra es posible advertir su presencia omnisciente. Tanto en la que se exhiben los cuerpos que se inflan y desinflan con un intervalo de treinta segundos, donde el instante de vida es retardado o expansionado, como en la sala siguiente, en la que somos nosotros los que nos introducimos —de un modo metafórico— en el interior de uno de estos cuerpos. En una y otra, la sensación de asfixia es notable. El ruido de las máquinas confiere un sentido casi clínico que nos remite, no a un estado de muerte, sino a un instante de pura agonía sublimada donde reina el tedio como figura simbólica.
El día de la inauguración tuvo lugar además una performance, en la que los visitantes podían devorar un cuerpo cuya materia de construcción ya no era el látex, sino —y con cierta complicidad fonética— el chocolate. De este modo, se activa un mecanismo de crítica y observación sobre ese proceso de ingestión devoradora de lo humano que tiene lugar en el canibalismo que practica el mundo contemporáneo. La invitación de César Martínez a degustar este cadáver exquisito comparte así una mirada cuestionadora que toma como punto de mira otro instante fugaz en el que el hombre es trascendido por su animal humanidad. Comerse al otro, al semejante, en un acto de canibalismo involuntario, tiene pues un trasfondo de crítica social al arribismo del ser humano y a la falta de legitimidad de los discursos relativistas y democratizadores. Tiempo de inspiración e ingestión, tiempo de levedad y permanencia, éstas parecen ser claves de una obra que no se resiste a lo gratuito ni abdica frente a la complacencia de la estética actual.
Auspiciada por la Dirección de Asuntos Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, la muestra de César Martínez tendrá un itinerario por varias ciudades europeas. Después de su apertura en Berlín, se exhibe ahora en Madrid con pasaporte hacia Italia, la ciudad de Londres, Gante, y probablemente, sus esculturas inflables, tendrán la posibilidad de llegar hasta Rumania e Irlanda. La mesa está servida, hágase entonces el tiempo de la degustación.
ANDRÉS ISAAC SANTANA
