A partir de la década de 1970, los museos de arte de casi todo el mundo comenzaron a revisar sus conceptos museográficos para poder asimilar el nuevo arte que se precipitaba polémicamente.
Se puede decir vagamente que los nuevos espacios del arte contemporáneo nacieron gracias a las inclasificables tendencias que aparecieron progresivamente. De allí el dicho que "(...) lo nuevo se convirtió en tradición".
Hoy en día se discute con frecuencia el papel dominante que ejercen los museos como único medio de legitimación para el artista. De esta nueva suerte, surge el artista contemporáneo que sólo proyecta obras para espacios museísticos, pues sólo allí su obra adquiere significado.
Un buen ejemplo de esto fue cómo cambió la Galería de Arte Nacional de Caracas, Venezuela, cuando Meyer Vaisman extrajo su habitación, ubicada en una elegante casa en un barrio de judíos de clase media de Caracas, con todos sus objetos personales de la adolescencia. El artista la insertó dentro del espacio museístico, cambiando la parte exterior y reproduciendo fielmente la parte interior. Al final, la obra fue desarmada y los objetos fueron guardados por el departamento de conservación. Cuando la ocasión lo amerita, la obra es nuevamente reconstruida.

La muestra The House, que se llevó a cabo en el Museo de Arte Contemporáneo de Miami durante los meses de agosto y septiembre, revela un cambio imprevisto. En esta oportunidad, el museo se convirtió en la casa del grupo The House, trasladando o absorbiendo museísticamente las obras de este grupo de jóvenes artistas de los cuales algunos sirvieron también de curadores, junto a la directora del museo, Bonny Clearwater.
The House en MOCA se consolidó como una unión sofisticada entre artistas e institución, de tal manera que ambos lados estaban listos para ese fortuito encuentro. Lo que es evidente y sorprendente como disciplina museográfica o curatorial, es la inversión del procedimiento. Es como si el museo hubiera penetrado en la asociación The House como una nueva manera de apropiación.
The House, es el nombre del centro donde se reúne, trabaja y vive un amplio número de artistas que aún realizan sus estudios en colegios y universidades. Sus investigaciones se dirigen a las expresiones con multimedia y a cualquier otra cosa.
Las instalaciones, el video y la fotografía son los medios dominantes y continúan siendo parte de las preocupaciones fundamentales que definen nuestros tiempos. La década de 1960 fue el preludio, cuando Charlotte Moorman, John Cage y Nam June Paik sacudieron al mundo con sus inventos. El contenido ha cambiado radicalmente, sin importar si es mejor o peor: es un instinto de supervivencia. Una diferencia notable es que antes los artistas de la vanguardia no incluían en sus trabajos ningún tipo de argumento narrativo de orden social o político o biográfico.
En The House en MOCA se puede pensar que los medios no son tan importantes como la visión que se tiene por los conceptos y es allí, quizás, donde radica lo que se podría llamar novedad o la revisión de la novedad.
Como en todas las exposiciones en Miami, la mayoría de los artistas son de origen americano o hispano (Es obvio que, desde hace muchos años, el arte en todas sus manifestaciones viene proclamando la anulación de los cubículos de identidad. Sin embargo, no se sabe ahora, después del 11 de septiembre, qué nueva dirección tomarán las nuevas políticas culturales ¿Seguirán apoyando la multicultura en este país?).
Bhakti Baxter, Natalia Benedetti, Patrick Michell, Martin Oppel y Tao Rey, de origen hispano, piensan y actúan en inglés y español. El resto del grupo es de origen americano o europeo. Ellos son: Aja Albertson, Daniel Arsham, Tim Curtis, Nick Delaveleye, Jason Hedges, Jay Hines, Ali Prosch, Tom Scicluna, Frank Wick y Frances Trombly.
Tan pronto se entra al gran espacio del museo, uno se encuentra con la obra inquietante de Jay Hines, People watching TV, en la cual los objetos cotidianos que conocemos han sido pintados de gris al igual que el espacio museográfico que los contiene. Una pantalla de televisión proyecta lo que serían los telespectadores, personajes que observan y que representan al público que se encuentra frente a la obra.
En otra obra, Hines fotografía la basura que se encuentra en las calles. Todo el aglomerado que contienen las bolsas negras lo pinta de colores monocromos. A pesar de ser un trabajo serio y formal, no deja de ser irónico o patético. Tiene un rigor casi constructivista, donde impera un cierto tipo de composición y resalta especialmente las cualidades de la fotografía en color. Simultáneamente, transfiere la necesidad pictórica a otro medio felizmente mecánico como es la fotografía, que le permite hacer el reciclaje de la realidad.
Justamente al frente de Hines, uno se acerca con cierto cuidado a las pinturas de Patrick Michell, representadas también por una estrategia sintetizadora. Michell, de origen nicaragüense, convierte en formas abstractas al estilo neoconstructivista, simples imágenes que aparecen continuamente en los medios de comunicación gráfica, tales como emblemas o códigos de procesamientos mercantilistas. Estas pinturas, en primera instancia, se confunden con las composiciones de las pinturas minimalistas de décadas anteriores, como lo confirman títulos como Subliminal Pop. Es obvio que no es un simulacro, pero sí podría ser una nostalgia por la pintura del futuro.
Tao Rey, de origen argentino y uno de los curadores de la muestra, presenta una alternativa inmediata para la pintura: la palabra comunicación, escrita originalmente a mano suelta casi gestualmente, es ampliada hasta perder fácilmente su poder de comunicación y confundirse virtualmente con una libre caligrafía; la elegancia de su ejecución y de su concepto se precipita sobre el espectador. Esto sucede cuando el recorrido de la muestra está a punto de finalizar y se comienza de alguna manera a ver racionalmente.
Martín Oppel, también de origen argentino, plantea una opción para la pintura que quizás reconsidera lo místico y lo natural en un espacio sórdidamente minimalista. Su obra, sin narración, donde el sujeto es la tierra misma comprimida en un soporte, se siente algo extraña, como sucedía a comienzos de la década de 1970 con las obras inclasificables de Richard Arstchwager. La escultura adquiere un lugar especial con la obra de Tim Curtis, quien lleva a los espacios del museo la atmósfera y las escalas de los ríos y las montañas. Su "X" adopta la máxima altura de las paredes y está construida impecablemente a través de la intersección de cuatro canoas de madera. Simplemente es una elocuente invitación a la metáfora.
Silenciosamente, uno entra a otra sala construida especialmente para la proyección del video. Allí, los espectadores esperan pacientemente su turno para ver la película. La artista venezolana Natalia Benedetti proyecta un DVD en el que aparecen imágenes que describen la felicidad y la ternura de un gato protegido, mientras que en el audio, que se escucha mediante el uso de audífonos, se oye la voz impúdica de un asesino que relata, disfrutando, su crimen cometido. El abismo inenarrable que se siente se teje en la continua observación entre la inocencia y la maldad.
Para continuar con la estética del dolor o la crueldad, sorprende la obra de Frank Wick, quien presenta un readymade convertido en un man-made: Una elegante chaqueta construida a base de innumerables band-aids; este choque entre un material conocido y el objeto construido produce, como siempre, una reacción inesperada o una sorpresa estimulante.
Jason Hedges, una vez más, hace uso de su interés en los alimentos como tema central para sus instalaciones o fotografías. Hedges busca representar la vida a través del alimento. La fotografía que presenta en esta oportunidad pareciera que quiere convertir el detalle de una ensalada en una especie de pintura abstracta, donde "planos orgánicos interactúan mutuamente sobre la superficie pictórica".
El coherente trabajo de Hedges sintetiza el más rígido minimalismo con el acto insustituible de alimentarse. Quizás arte y alimento están muy cercanos a una celebración festiva, como lo expresó Antoni Miralda a principios de la década de 1970. Pero el rigor minimalista de las representaciones de Hedges lo convierten en un excéntrico purista, de ahí el título de sus trabajos: Aesthetic experience. Hedges revisa la naturaleza y la estética de los alimentos y los somete a una trama inesperada, protegida por las cualidades estáticas de la tecnología doméstica.
Bhakti Baxter, argentino y co-curador de la muestra, se inclina a crear instalaciones con elementos naturales tales como pequeñas ramas de árboles o hilos que tejen estructuras de orden geométrico o mándalas. El resultado es totalmente holístico.
Dentro de todo este panorama, nuestra percepción es sometida a una forzada experiencia visual. Nick Delaveleye despliega una larga panorámica de la ciudad vista desde el tren. Todo el horizonte está comprimido en una fina línea de varios milímetros, casi monocroma, que contiene toda la información de la vista de la ciudad.
Lo monumental también se hace presente, con la pieza-pared de Frank Wick. Una gigantesca escritura Braille parece anunciar un oculto mensaje: su título, Nobody says Life was Easy, nos hace pensar que, al final, el arte es también fantasía, como lo es el cine; por lo tanto, uno no debe creer fácilmente en todo lo que se ve.
EUGENIO ESPINOZA


