Ante la monumentalidad de la instalación El Laberinto de la Soledad de la artista Soledad Salamé (Chile, 1954), viene a la memoria una declaración de Joseph Beuys que plantea que una instalación-escultura surge de "la necesidad de crear otros conceptos de poder del pensamiento, del poder de la voluntad y del poder de la sensibilidad". Con un lenguaje visual y conceptual resultado de muchos años de trabajo en diversos medios, grabado, escultura, pintura, ambientación e instalación, así como su preocupación por la ecología y, sin ser militante, obsesiva por la destrucción del ambiente, Salamé lo arriesgó todo al reunir en una sola propuesta la experiencia acumulada. En el catálogo, el historiador y crítico de arte, en estos momentos director del museo, Milan Ivelic, escribió que "la obra que ahora presenta (Salamé) en nuestro museo es una instalación monumental e interdisciplinaria, que prolonga su investigación en el amplio y cada vez más debatido campo de la ecología y que tiene, a la mayor parte de los habitantes del planeta... preocupados por el deterioro de sus fuentes y recursos naturales", pero además asume otra faceta del discurso artístico planteando que en esta instalación "la artista intuye el sin sentido de una sociedad que se interna más y más en un laberinto con sus vericuetos de producción y consumo exponenciales, sin que el soporte de esta voracidad —el medio ambiente— se regenere en una producción que le permita, a lo menos, equilibrar los recursos con la demanda del 'crecimiento y desarrollo', que exigen los intereses económicos dominantes". Con estas declaraciones aparece uno de los aspectos que dominó la instalación, que se concretó en una dimensión multidisciplinaria. Un equipo formado por arquitectos, antropólogos, botánicos, entomólogos y diseñadores se dedicaron a la configuración y realización de un proyecto dirigido en todos sus aspectos por los requerimientos visuales, formales y conceptuales de la artista. Salamé trajina el camino del arte desde muy joven y desde muy joven también, se insertó en el medio artístico de Venezuela, país en el que estudió arte. Luego se instaló en los Estados Unidos donde ha vivido durante 27 años.

Una metáfora de la extinción de los bosques, del planeta y, por qué no, de la vida del hombre, como preocupación humana, fue el tema de la exposición que nos ocupa. Fue, asimismo, un excelente pretexto para hacer un recuento de una vida artística, un recuento de muchas experiencias y ciclos vividos al amparo del trabajo de arte. Un camino previsible ha sido la concepción de esta compleja instalación en la que lo estético, lo artístico y lo espiritual se convirtieron en una metáfora de la realidad real.
El laberinto de la soledad, de acuerdo con su propia definición, fue "un laberinto ambiental y arquitectónico"; una instalación de gran formato en la que tres elementos fundamentales de la vida del planeta, aire, tierra y agua, se conjugaron en configuraciones plásticas dentro de la metáfora del laberinto, que se remontó al mito griego del Minotauro. No un laberinto de destrucción, sino de esperanza y fe en el hombre. Ya en la sala del siglo XXI, con su obra, Salamé llama la atención sobre la belleza que existe en el planeta, a partir de una propuesta artística que pareciera sintetizar la historia del arte, pues muchas de las vanguardias históricas aparecen vertidas en otro contexto. Seiscientos metros cuadrados divididos en tres espacios: uno de tierra, otro de agua y otro de aire, en el inmenso hall central del magnífico edificio del museo, en su origen un jardín botánico, ofrecieron una visión global de un ecosistema en lenguaje artístico.
La sección tierra implicó sus minerales transformados en volúmenes escultóricos de cuarzo y sus insectos atrapados, como fósiles, en trozos de transparencias ambarinas de resinas teñidas. El aire, metáfora de la belleza, representado maravillosamente por plantas reales colgadas de una tela metálica que formaba muros transparentes, generaba una atmósfera impresionista a partir de los cambios de la luz y el color. El agua, al final del laberinto, estaba alojada en una lago-espejo de cuya superficie emergían tres esculturas extraordinarias de cuarzo transparente, tres grandes grabados como imágenes metafísicas que le servían de fondo inmanente. Los prismas que rodeaban el espejo de agua evocaban espacios milenarios donde la vida tuvo que haber comenzado. El laberinto remataba al final en una estructura cuadrada elevada. Sobre ella, una pirámide invertida de acrílico que contenía un micromundo autónomo en el que viven y conviven todas las especies que salvan el ecosistema. En resumen, la instalación ofreció un paisaje interactivo en el cual el espectador pudo participar no sólo en el nivel de la percepción, sino también del sensorial.
En todo su desarrollo artístico, Soledad Salamé se ha acercado a la obra tridimensional rompiendo esquemas convencionales, para proponerla como el producto de un estudio polisensorial. Sus resultados tienen mucho que ver con el contexto natural, urbano o doméstico en el cual han de ubicarse. En relación con eso, el concepto temático que siempre la ha animado tiene su base en la naturaleza y en el paisaje, tanto exterior como interior. Aquel que se proyecta hacia el espectador dinamizando su percepción y colocándolo en una situación de protagonista; es decir, confiriéndole un papel activo y dinámico en la resolución final de la obra.
Con El laberinto de la soledad, una vez más, la artista demostró la complejidad de sus planteamientos plásticos, su interés en la ecología, en el hombre y en la naturaleza. Ella plantea una visión antropológica al involucrar muchos dominios de la vida y del arte. En conclusión, es una propuesta plural de arte, con un sólo resultado, el artístico.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
