Durante el pasado mes de agosto, el fundador del Perceptismo expuso, por primera vez, su célebre Teoría estructural del color, avalada por una serie de paneles gráficos. La muestra de Galería del Infinito exhibe, en su totalidad, la sistematización de ideas que el artista realizó, hace más de medio siglo, en torno al fenómeno cromático, como elemento físico esencial para la pintura concreta.
Rasgo emblemático de la ideología vanguardista es la creación de potentes artefactos teóricos, capaces de redoblar el aporte estético logrado en el plano material. Este correlato entre el plano de las formas y el de los contenidos es una constante en toda la obra de Lozza. Su lenguaje de la abstracción no se acaba en el dominio de las estructuras geométricas. De acuerdo con este carácter inagotable de la experimentación, hoy, a sus noventa años, sigue haciendo uso de la escritura programática, a través de una seguidilla de manifiestos individuales.

El autotexto reproducido en el catálogo que acompañó esta individual proporcionó una clave interpretativa de innegable eficacia para el espectador. Con tono resueltamente apodíctico, el artista declara: "Comienzo preferentemente con el problema del color, causante de los últimos vestigios del ilusionismo representativo." Por ello es que en la "teoría estructural del color" —que para Lozza es la materia prima de la pintura— se rastrean los alcances perceptuales, gnoseológicos y funcionales del mismo, abriendo nuevas vías para su aplicación estética.
Haciendo centro en uno de los pasajes decisivos del documento, el artista refuerza el papel de "una colorimetría no aislada, inmersa en un todo recíproco, lograda mediante los valiosos aportes de la ciencia."
Este nuevo paradigma cromático aglutina una sumatoria de investigaciones, cambios, inflexiones, rupturas y virajes, que se fueron gestando en torno a él, a lo largo de la historia de la pintura tanto figurativa como no figurativa.
Para Lozza, la experiencia del color se ubica en un dominio interdisciplinario, a caballo entre el pensamiento estético, histórico y científico.
¿Los colores son enteramente decibles en el discurso del arte? ¿Existe un orden o jerarquía específica de los mismos?
Al escrutar la serie de los paneles gráficos, la sensación que tiene el observador es la de enfrentarse a una sucesión de conceptos sólo desentrañables por medio de la agudeza intelectual. Justamente, en esta exposición no hubo "fetiches" para admirar. Más aún, se llegó a prescindir intencionalmente de ellos. En su lugar, hubo un cuerpo de obra experimental, del que Lozza se valió para relacionar el color con las nociones de campo (en lugar del tradicional fondo), medida matemática, dimensión y carácter de la forma, extensión, estructura abierta, potencialidad relativa y cualimetría de la forma plana.
Partiendo del centro a la periferia, cada trazo es el límite de un plano de color, que empieza a surgir. Estos planos son irrepetibles. ¿Cómo anular, entonces, el espacio imaginario, el ilusionismo pictórico, dado por el uso literal del color? Poniendo el color en el contexto, para impedir que actúe aisladamente.
Los colores no representan sólo la realidad del cuerpo o de la vida. Ni tampoco, siquiera, pueden ser sometidos a una ley o norma de la naturaleza. Más bien, son el reflejo de una abstracción de la naturaleza, un "artificio," que connota y nomina el dominio de lo real.
Ante todo, los colores son, "figuras de sentido," esto es, estructuras a través de las cuales se pueden fijar ideas o conceptos.
En su Manifiesto perceptista (1947), Lozza requiere del espectador una "actitud dinámica hacia la acción y exaltación de su propia facultad creativa."
Haciendo gala de una herramienta metodológica sumamente rigurosa, el artista focaliza su interés no sólo en el aspecto fenomenológico y fisiológico del color, sino también en su dimensión mental, inteligible y puramente ideativa.
De acuerdo con dicho enfoque, desde las últimas tres décadas, el uso del color en la pintura ha pasado de lo específicamente plástico a la literalidad. Para Lozza, el color sigue valiéndose de ropajes prestados, al no encontrar todavía una estructura que le sea propia.
Al situarse a contrapelo de las teorías tradicionales, que erraban al considerar al color "como el signo de la literalidad en las artes plásticas" o "el sostén de las más antojadizas y caprichosas simbologías de la creación artística," el padre del Perceptismo abre todo un espectro de análisis, radicalmente innovador, colocando el fenómeno cromático en relación con el contexto humano y la ambientación.
CLAUDIA LAUDANNO
