La obra Los signos de los dioses, trabajada en técnica mixta sobre tela, recibe al espectador. Son siete telas horizontales, en grandes formatos, que ubican de inmediato al ojo en un mundo pictórico constituido por líneas negras que se tocan unas a otras, figuras geométricas esenciales y color, mucho color.
Llama la atención, en este abreboca de la exposición, la alternancia mágica de la luz y la sombra sobre el formato. Por una parte, la oscuridad de los trazos —muchos de ellos juguetones y tímidos— acentúa el contraste entre colores. Por otra, la luminosidad acariciante del tono crema desdibuja todo como si se tratara de un sueño espumoso.

El montaje está conformado por 34 pinturas trabajadas en distintas técnicas: óleo, acrílico y pastel sobre tela y madera, aunque Miliani también apuesta, en algunos casos, por los efectos particulares que ofrecen en el soporte otros materiales como el polvo de oro y cobre, óxidos y polvo de mármol.
En cuanto a las dimensiones, hay variedad de formatos. En todo caso, se trata de una propuesta fresca, depurada en materia de forma y contenido, en la cual el espectador advierte una diversidad de texturas que enriquecen la superposición de planos y uno que otro sfumato (o difuminación de los contornos) que alivian la rigidez lineal de las figuras. Miliani ofrece orden, pero también caos.
Durante el recorrido, sorprende Paraguaná I. Cábala del viento (acrílico sobre tela), una obra que parece independizarse por completo del resto de la muestra. La luz de los amarillos plasmados envuelve el iris del visitante mientras círculos y cuadrados recreados con rojos, naranjas, verdes y ocres evocan, en tan sólo cuestión de segundos, el resplandor que caracteriza los imaginarios felices de Paul Klee. En Paraguaná I, la línea negra, esa que construye otras representaciones, esa que es abultada y poderosa en la mayoría de los soportes, está ausente.
Miliani, pintor trujillano de 68 años, de reconocida trayectoria dentro del campo de las artes plásticas venezolanas, afirmó que la exposición reunía su trabajo más reciente desde que inició en 1992, en su pequeño taller ubicado en Florencia, Italia, la experimentación con hojillas de metal. "Siempre he creído que realizar un cuadro es como escribir un relato o un poema".
El punto más alto del itinerario pictórico llega con Puerta de la Umbría I y II. Ambas obras se abren con diez tablas —dos dispuestas en forma de retablos— que enmarcan un conjunto de pequeños imaginarios fragmentados. La línea oscura vuelve a protagonizar los límites de un escenario en el cual el ocre, combinado con el polvo de oro, plata y cobre, crea y lo recrea todo. El creador insiste en llamarlas puertas de acceso al mundo cósmico.
Pero es la disposición del color —milianesco—, en definitiva, lo que mejor describe la naturaleza colorista del montaje. En las telas del pintor siempre habrá lugar para que el pincel le dé vida a naranjas, rojos o amarillos cálidos o —si el ambiente es frío dentro del soporte— para que nazcan azules, sepias, grises, negros y marrones fríos. Y la tela contenta soporta cualquier exploración porque se trata de una exploración sabia, limpia, correcta.
Dentro del campo de las figuras constructoras se repite, con frecuencia desmedida, la escalera. Es una imagen que ayuda al ojo a subir hasta el cielo del acrílico y el pastel y regresar encandilado para conocer el averno del óleo. Es un objeto que, en todo caso, lleva a Miliani peldaño a peldaño hacia un conocimiento profundo del color con todos y cada uno de sus misterios.
Esto sin contar la disposición vertical en la cual se encuentra ordenada la mayoría de las representaciones. La línea o fragmento vertical siempre termina por tocarse con la horizontal hasta llegar a manifestar una que otra cruz, pero al mismo tiempo expresando conocimiento de simetría y equilibrio espacial dentro de la obra de arte.
También destacan Ofrenda del rojo (óleo sobre tela), El oráculo (óleo sobre tela), Paraguaná II. Cábala del viento (acrílico sobre tela) —en el cual vuelven a aparecer tenues amarillos y cremas blanquecinos— y El cantar de los cantares (óleo y hojilla de metal sobre madera). Todo un encuentro de signos, líneas, matices, ambientes y formas.
PABLO VILLAMIZAR
