El trabajo artístico de Juan Soriano (Jalisco, 1920) ha transitado por diferentes períodos y se ubica en distintos registros dentro del arte moderno mexicano. Su pintura, hasta la década de 1950, incursiona en el mexicanismo costumbrista y la mitología clásica, con los ecos de Picasso y los elementos temáticos de De Chirico, artista italiano de la corriente llamada metafísica que hacia la primera mitad del siglo XX influyó en muchos artistas de su generación. Pintores, contemporáneos de Soriano —sin duda el más joven de esta generación— como María Izquierdo, Manuel Rodríguez Lozano o Julio Castellanos se mantuvieron al margen de la escuela muralista que, desde los ámbitos oficiales, constituyó el arte dominante del México posrevolucionario.
El abrevar en esta marginalidad temprana hizo de Soriano un artista curioso y receptivo a las influencias externas. Ávido de conocimientos y viajes, el artista pasó una larga temporada en Europa, donde entró en contacto con los grandes maestros de la pintura renacentista, además de conocer el arte de vanguardia, que aunque difundido en cenáculos desde la década de 1920, era todavía rara avis en el medio pictórico de México.

Esta situación excéntrica dentro del arte mexicano y la depuración de un gusto ecléctico y cosmopolita, gracias a su apertura de mundo y a los viajes, lo llevó a ser partícipe y, en buena medida, protagonista del movimiento conocido como la ruptura (en el que participaron, entre otros, Rufino Tamayo, Carlos Mérida, Manuel Felguérez, Fernando García Ponce, entre otros). Movimiento urbano por excelencia en el que la comunidad intelectual del país, hasta entonces provinciana y parroquial, pudo asomarse a una tímida modernidad, tan incompleta y subsidiaria como la que experimentaba el país en todos los órdenes. La ruptura intentó, como antes en el ámbito literario, el grupo de escritores llamados Contemporáneos —traductores de T. S. Eliot, Ezra Pound y los poetas modernistas franceses— la unión de lo nacional a las corrientes internacionales, en momentos en que un resquebrajado oficialismo era incapaz de seguir imponiendo el díctum de una estética única en la que lo mexicano era equiparado a lo indígena mientras que la ideología, el marco de referencia del quehacer artístico. El Ministerio de la redención de Vasconcelos, como lo llama el escritor Chistopher Domínguez Michael, había llegado a su fin de manera paralela al arribo de la revolución traicionada; al anquilosamiento de una revolución triunfante e institucionalizada cuyo reservorio último y seguro era la retórica florida de los políticos, autoerigidos en guardianes celosos de la tradición.
Poseído por un lirismo poético, Soriano ha trabajado de manera incesante la pintura y el dibujo con una visión lúdica del mundo que atraviesa su extensa producción. En su obra se mezclan lo mítico y lo cotidiano, lo mexicano y lo universal. Esta fusión de mitos son comunes a todas las culturas, pero en cada una poseen una unicidad, una variante específica. Hay en Soriano una apuesta vital. Más allá del escultor y el artista se encuentra un hombre de profunda creatividad, con una actitud de permanente celebración a la vida y la continua recreación de su trabajo bajo una mirada retrospectiva. El artista introduce nuevas formas y vuelve sobre las ya conocidas. Este tejer y destejer nos delata la propia mirada del autor sobre sí mismo.
Su vitalidad es capaz de transformar lo trivial en un acontecimiento y lo pequeño en monumental, lo sentimos sobre todo en esta etapa de escultor a la que Soriano ha dedicado muchos esfuerzos en los últimos años. El escultor estaba presente ya en cerámicas de terracota y algunas piezas escultóricas desde sus primeros años como artista, pero este trabajo ha tomado gran fuerza y rivaliza con el de pintor. Con una observación cuidadosa, vemos que su pintura, sobre todo la que deja atrás el academicismo y la escuela mexicana, ya presentaba rasgos escultóricos, tan sólo hay que recordar los retratos hieráticos de Guadalupe Marín, con sus formas rígidas, calidades y durezas de metal.
En el bestiario de Soriano conviven y copulan animales fantásticos y reales. ¿Cuál es la atracción que ejercen los animales? Sin duda ahí radica su universo, su mundo particular, pero se trata de un mundo que nos dice algo a todos, porque nadie es ajeno a lo cotidiano y sin duda es en aquello más cercano, más inmediato y aparentemente trivial, donde descansa una rica veta de poesía, de mirada nueva, de revelaciones. El universo mítico del artista es una amalgama de cosmogonías de las más diferentes culturas: animales fantásticos, formas femeninas, ritos de la fertilidad.
En la exposición de esculturas que se presenta en la Galería de Pablo Goebel, es evidente el dominio de las técnicas artísticas, dominio que le ha permitido una amplia gama de formas y una destreza en el manejo del lenguaje de la escultura. Su gusto por las texturas fuertes, logradas en la cerámica, da a sus piezas de bronce una calidad arcaica y mística que nos recuerda las grandes influencias que ha experimentado la escultura en el siglo XX, particularmente la escultura africana y prehispánica, cuya presencia es innegable en Picasso y Henry Moore.
De todos los animales que fascinan a Soriano, quizá el de mayor fuerza y evocación simbólica es el toro. El toro, como símbolo de la virilidad, que es a la vez el toro mediterráneo; el minotauro, el del culto de Mitra, el de la fecundidad primigenia, es un animal de enormes connotaciones simbólicas. Palomas, toros y gallos tienen en las manos de Soriano una solidez y un peso visuales; su contundencia deriva no sólo de los materiales y la factura, sino de la capacidad del artista para insuflarles esa cualidad. Esto se hace más evidente en la escultura de gran formato; no es de extrañar, pues, que la monumentalidad sea una de sus habilidades como escultor y que estas obras sean celebradas en lugares públicos, donde aparecen como parte del entorno y especialmente de la arquitectura. Cabe señalar dos piezas muy conocidas particularmente, El toro del río Grijalva en Tabasco o La paloma del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey.
ERNESTO SOSA
