Si en alguna ocasión se llegó a pensar que el arte venezolano carecía de una tradición, hoy día esta apreciación cae por su propio peso. La producción artística venezolana es más compleja de lo que a primera vista parece. Si a mediados del siglo XX la abstracción geométrica y el cinetismo eran cuestionados como tendencias "internacionalizantes", producto de una cultura "corporativa" y adinerada, hoy sin duda estas mismas tendencias, lejos de representar "lo ajeno", son más bien definitorias de una condición inherente a un modo de concepción de la realidad plástica moderna. Son precisamente tendencias persistentemente autorreferenciales.

A 50 años del rechazo a la normativa académica y a la pintura de paisaje por parte de los estudiantes de la Escuela de Artes Plásticas de Caracas —quienes se sumaron en su mayoría a la reciente vanguardia geométrica—, puede observarse cómo las generaciones más recientes no pueden sustraerse de esa importante influencia. La abstracción geométrica de esos años permanece bien como forma pura en artistas más jóvenes (véase la obra de Pedro Fermín o incluso la de Magdalena Fernández) o como una manera de "superarla", sin obviar, sin embargo, la estructura subyacente (Eugenio Espinoza, Oscar Pellegrino, Sigfredo Chacón, entre otros).


Estas apreciaciones son evidentes en la magistral muestra titulada Geometría como vanguardia, conformada por obras de la Colección Banco Mercantil, excelentemente curada por Katherine Chacón. Esta exposición constituye una de las más relevantes que ha habido en el año 2001 en el ámbito artístico venezolano y se encuentra recorriendo varias zonas del país. Se inició en Ciudad Bolívar en el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, continuó en el Museo de Barquisimeto, estado Lara, para proseguir su recorrido en el Museo de Arte Contemporáneo del Zulia en Maracaibo y finalizar en el 2002 en el Museo Alejandro Otero en Caracas.
Se ponen en evidencia en esta muestra las implicaciones que el proyecto moderno tuvo en la cultura venezolana. Así lo escribe en el libro-catálogo Katherine Chacón. En este sentido, la década de 1950 fue un período trascendental en la historia cultural del país y es determinante en el devenir del arte del país por adhesión o por franco rechazo.

Actualmente, estamos ante una apertura hacia aquellos movimientos que hoy son nuestra tradición más inmediata. El momento es sin duda interesante porque forma parte de una revisión de los procesos que conforman nuestra modernidad. Lejos de realizarlo a través de una postura de "izquierda", que podría basarse en el figurativismo (que sin duda tiene un gran peso en el arte venezolano), se hace por medio de una apertura hacia los movimientos abstractos, hasta no hace mucho desgastados. Esta exposición tiene la virtud —y la intención— de poner a dialogar obras de artistas de generaciones distintas y estilos disímiles dentro del geometrismo con el fin de visualizar la pertinencia, dicho en términos lingüísticos, de esta tradición plástica. La versión museográfica barquisimetana fue realizada por John Lange y da precisamente esta lectura.

Todas las obras son puestas en relación en el montaje, incluso entre una sala y otra: una pintura de Alejandro Otero de sus etapas más "informales" (de la serie Líneas inclinadas, de 1950) es puesta en relación muy sutilmente con una pintura de finales de la década de 1990, de Eugenio Espinoza, vista al centro de la última sala. Un móvil de 1975 de Marcel Floris, colocado entre el mismo Otero y una Estructura cinética de Soto de 1957, comparte la misma aerosidad e interés por la línea en el espacio, con el Helecho (1998), de Magdalena Fernández colocado en un ángulo de la sala siguiente. Pedro Fermín, artista nacido en 1950, es puesto en relación con obras geométricas de líneas perfectas y puras de Omar Carreño realizadas en 1957. El Homenaje al cuadrado (1957), de Josef Albers, puntualiza sobre el color como también lo hace Elsa Gramcko con R-32 de 1960, colocada al final de la misma pared. El "nerviosismo" lineal, basado en la dirección diagonal y asimétrica del collage de Pascual Navarro, de alguna manera descentra la movilidad inmanente de una pieza de Luis Guevara Moreno. La linealidad más pura y a la vez expresiva es puesta en escena con Gego (dibujos de 1968), las Líneas verticales de Héctor Fuenmayor (de 1975-1986) y Pedro Tagliafico, en la sala contigua. Vista en diagonal, la Esfera (1976) de Gego, con sus unidades triangulares, tiene relación con la forma piramidal del capote de torero de El espejo herido (1998), de José Gabriel Fernández, que a su vez se relaciona con el manto que cubre el Sudario de la serie Orla, de Eugenio Espinoza. La retícula de Sigfredo Chacón es vista en una serie de 16 dibujos, en la que el cuadrado va variando progresivamente de tamaño, y una pintura abstracta plastificada, en la que la tradición geométrica es ironizada por medio del pigmento y la impureza de la superficie. Entre ambas, una pintura de Héctor Fuenmayor, realizada en 1998, en la que la estructura de planos rectangulares es delimitada por los cambios de textura en la superficie. Ambos artistas enriquecen el monocromatismo de sus obras por medio de la alternancia de sus recursos formales.

En esencia, Geometría como vanguardia es una exposición de artistas venezolanos. Sin embargo, tres maestros del geometrismo europeo acompañan esta selección por haber sido referencia fundamental en el desarrollo y difusión de la abstracción geométrica a escala internacional: Víctor Vasarely, representado con un pequeño y espectacular óleo sobre madera, realizado en 1950; Josef Albers, mencionado anteriormente, y Piet Mondrian, con un dibujo en el que es incuestionable la relación implícita que subyace con la cuadrícula trabajada en artistas como Espinoza y Chacón. Ambas obras, de Albers y Mondrian, fueron cedidas en calidad de préstamo por el Museo de Arte Moderno Jesús Soto.

Por otra parte, todas las obras tienen valor por sí mismas en esta muestra. Si bien las relaciones establecidas en la lectura museográfica son posibles según el lugar o el punto de vista del espectador en los diversos espacios expositivos, cada obra en sí encanta por su calidad y su importancia en el desarrollo plástico de cada uno de los artistas expuestos. Es el caso, por ejemplo, de artistas hasta ahora no mencionados, como Carlos González Bogen, Mateo Manaure, Oswaldo Vigas, Ramón Vásquez Brito y Víctor Valera. O bien obras de especial interés, como una temprana Construcción cromocinética de Carlos Cruz-Díez realizada en 1959. Todo ello supone buen asesoramiento curatorial a la hora de adquirir una obra de arte para una colección. Esta responsabilidad recae en Tahía Rivero, curadora de la Colección Banco Mercantil. Asimismo, es pertinente destacar cómo una institución financiera da importancia no sólo a la riqueza de su colección particular, sino también a la promoción de este patrimonio. No ha escatimado esfuerzos de toda índole para que esta muestra se conozca en diversas zonas del país. Tampoco en la edición del bello libro que la acompaña. Todo ello denota una particular sensibilidad en formar y en cultivar la cultura visual del venezolano, tan importante para el desarrollo de un país.
* Fotografías de Charlie Riera y Reinaldo Armas.
SUSANA BENKO
Investigadora de arte. Coordinadora Editorial de ArtNexus en Caracas.

