Antes de ingresar en la galería donde se encuentra la instalación reciente de Fernanda Gómes, se debe pasar por un depósito de maderas ubicado en una manzana de la ciudad que por su constante actividad parece ser una obra en desarrollo que se reconstruye y se reinventa permanentemente. Insertos entre la construcción y los materiales sin trabajar, las vigas de madera, los andamios y los objetos encontrados al azar —acumulados por Gómes— pasaban casi desapercibidos. Su inocua transparencia inicial pronto dio paso a un escrutinio más intenso haciendo de ésta, una de las exposiciones más intrigantes del otoño pasado.
Enmarcada en una fuerte tradición brasileña, Gómes encontró una manera de evocar posibilidades poéticas a partir de los objetos más insignificantes y de las adaptaciones más sutiles. Dada la colocación descuidada de papeles, los andamios tambaleantes y las herramientas y tablas de madera aparentemente disgregadas, la escena podía dar la lectura de una construcción abandonada e incluso de un espacio en demolición. Sin embargo, el arreglo meticuloso y los momentos evocadores daban pie a un sentimiento de creación que sobrepasaba cualquier sensación de destrucción. Gómes enlistaba los objetos de la galería como si fueran esculturas independientes, aunque sea difícil imaginarlos como partes separadas de un todo. Algunos detalles eran grandes y de una fuerte teatralidad. Elementos como el enorme andamio que alcanzaba el techo, y que parecía abandonado, o una puerta de madera adornada con molduras de cartón —que no conducía a ninguna parte— sugerían los escenarios de una acción que ya se había ejecutado. Otros elementos, como cuchillos sin filo para mantequilla que se balanceaban en el aire colgados de una sola cuerda, o una cuchilla de afeitar clavada en la pared del fondo, aunque increíblemente pequeña, reclamaban su espacio sugiriendo un movimiento potencial que todavía no se había ejecutado. Sin embargo, otros detalles, como el vaso de agua y las sábanas de papel blanco traslúcido que capturaban la abundante luz natural de la galería y suavizaban el impacto general de la instalación, parecían existir en gran medida en función de su efecto visual.

Hay que reconocer que a veces había una frustrante e inevitable sensación de narrativa perdida. En ocasiones, Gómes parece fiarse demasiado de las referencias de lo que se ha convertido en la historia de encontrar un potencial inherente en el objeto cotidiano. En particular, con la puerta que no conduce a ninguna parte y con la inclusión de un lente de vidrio suspendido como recordatorio de su To Be Looked At (Ser observado), Gómes parece hacer referencia a Duchamp. También se puede pensar en Juan Muñoz, en el sentido de que uno se mueve por un espacio teatral cuya escala y cuyos referentes son cambiantes. Otros artistas como Susan Sze y Jason Rhoades, al igual que otros numerosos del nativo Brasil de Gómes, han hecho uso extensivo de la búsqueda de lo fascinante en lo cotidiano. A diferencia de muchas otras ambientaciones como las que encontramos en el arte actual, esta obra en bruto de Gómes sigue siendo suficientemente precaria como para evitar caer en un formalismo vacío. No obstante, se mantiene llena de pequeños toques prístinos y de intervenciones humanas que nos recuerdan constantemente la deliberada maestría en su ejecución.
Vacilo al añadir estos pensamientos finales por anacrónicos y por traer a colación el asunto de la intencionalidad artística, el cual tiende a caer fuera del ámbito de una reseña de arte. Sin embargo, es imposible ver y pensar sobre esta obra en la ciudad de Nueva York después de los eventos del 11 de septiembre y no hallar paralelos sugerentes: los desechos residuales de un evento destructivo, la miscelánea azarosa de la vida cotidiana que de repente se ve convertida en fetiche, la evidencia de la presencia humana que se ha desvanecido, aun la amenaza potencial de armas cortantes aéreas y cuchillas que sobresalen de las paredes, todas tienen una asociación ineludible con el teatro a gran escala del ground zero (pedazo de tierra que queda bajo una explosión). Tal vez el aspecto más contundente de esta nueva lectura de la obra de Gómez —que admite no haber planeado— es cómo en la vida y en el arte podemos experimentar un nuevo conjunto de posibilidades en el mismo centro del colapso, de la violencia y de la decadencia.
JHON ANGELINE
