El Final del Eclipse

Alfredo Jaar. Epílogo, 1998. Video lnstalación para un espacio de 30m2;. (10 pies cuadrados). Proyección de DVD sobre pared, sin sonido. Tiempo: 3 minutos.

Colectivaene 2002 - mar 2002· Por Issa Ma. Benítez Dueñas

El Final del Eclipse

Fundación Telefónica

La clausura de las cinco espectaculares muestras de arte latinoamericano que tuvieron lugar hace escasos meses aquí mismo en Madrid nos dejó, particularmente a los que estamos de un modo u otro involucrados en el asunto, con la sensación de que era inminente la trascendencia y superación de una categoría artística-estética-geográfica que de tan manipulada y deconstruida, difícilmente legitima todavía algo. Justo entonces, la Fundación Telefónica inauguró la temporada artística con una de las mejores exposiciones que se han presentado en dicha institución en los últimos años, pero cuyo planteamiento, desde la perspectiva del debate sobre la (no-)identidad del arte de Latinoamérica, se muestra como un claro retroceso. 

Como su mesiánico título lo indica, la exposición El final del eclipse* parte de la premisa de que el arte de América Latina siempre ha estado ahí, con una calidad y un valor propios que no se habían apreciado por encontrarse más o menos eclipsados por los prejuicios y los intereses culturales, sociales y económicos del Occidente primermundista. El problema parece falso, cuanto más que aunque la calidad de la selección de obra es innegable y directamente proporcional a la selección de artistas, Liliana Porter, Luis Camnitzer, Cildo Meireles, Alfredo Jaar, Ernesto Neto, Adriana Varejão, Rosangela Rennó, o Tunga, difícilmente es un descubrimiento en estas latitudes. Por otra parte, una mayoría de los seleccionados más jóvenes —o menos conocidos— han participado en España en exposiciones colectivas o han presentado su trabajo, incluso en más de una ocasión, en ferias y eventos culturales diversos. Tal es el caso de Abraham Cruzvillegas, Pablo Reinoso, Yoshua Okón, Jorge Macchi, María Fernanda Cardoso, Martha María Pérez Bravo, Carlos Garaicoa, Pablo Vargas Lugo o César Martínez, por ejemplo. Hay que pensar, entonces, que si éstos son los artistas que se mueven dentro de un circuito internacional ampliamente sancionado por instituciones, críticos y publicaciones de primer nivel, ello se debe precisamente a que la calidad de sus propuestas, aunada a la fortuna de las circunstancias, los ha convertido en "estrellas" que brillan por derecho propio en los amplios territorios y en las diversas geografías del arte contemporáneo. 

Colectiva: El Final del Eclipse — imagen 1
José Damasceno. Durante el camino vertical, 2001. Instalación para un espado de 30 m2. Columnas de papel Impreso con forma de suela de zapato. Simulación de rastro de pisadas. Dimensiones variables.

El resultado es, pues, por lo menos ambiguo: aunque no todas las piezas son paradigmáticas del trabajo de cada artista, cada una cuenta con una altísima calidad estética y conceptual, prueba del riguroso ojo del curador. Sin embargo, el conjunto está lejos de presentar una auténtica lectura de los sentidos de los que derivan y hacia los que apuntan las piezas. Esto no ha de extrañarnos en una exposición en la que cada artista participa con una única pieza y en donde éstas no están relacionadas entre sí por ningún eje conceptual, salvo la procedencia de su autor. Ello nos devuelve a la pregunta: si, como se ha afirma en el texto principal del catálogo, y con razón, América Latina "no existe", ¿cómo es posible seguir ejerciendo esta ficción política y cultural fabricada desde Occidente como el criterio de selección y exhibición de un grupo de obras diverso? Es cierto que el trilladisimo problema de la identidad está prácticamente desterrado del planteamiento general de la exposición, pero el "lugar de origen" se sigue manteniendo como criterio rector. El debate dentro del texto principal del catálogo mantiene un tono didáctico que prácticamente elude cualquier mención a la multiplicidad de escritos teóricos al respecto, firmados por autores latinoamericanos y publicados en medios que se publican y difunden tanto en Estados Unidos, como en América y Europa. 

Dentro de este insuficiente marco, es posible, sin embargo, ver brillar la luz de algunas piezas francamente buenas, como el performance, video y fotografías Dúplex del mexicano Gustavo Artigas, que dan un giro perverso a esta discusión. Artigas, ayudado por una agencia de publicidad madrileña, contrató a más de una decena de "dobles" suyos que después de dar una conferencia sobre las bondades de ser "múltiple", se dedicaron a deambular por la inauguración ante la sorpresa y confusión generalizada tanto del público como de los medios que tuvieron dificultades para encontrar al Artigas "original". 

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Pablo Reinoso. Primerplano: Men-in-a, 2000. Tela, metal, vidrio, lámparas, ventilador, Largo: 17°. Diámetro: 100 cm. (39 ⅓ in.). Fondo: Interior expuesto III, 2001. Madera, vidrio, tela, ventiladores. 225 x 65 x 50 cm.(88 ½ x 25 ½ x 19 ½ in).

Destacan también la pieza de Carlos Garaicoa, Toda ciudad tiene derecho a llamarse Utopía, consistente en la instalación de una ciudad dibujada con hilo metálico sobre el muro, o las columnas de pisadas Durante el camino vertical, de José Damasceno. Una de las piezas más imponentes era el video Epílogo, de Alfredo Jaar: una pantalla blanca sobre la que aparece como un fantasma, una mujer negra, probablemente africana, que nos mira fijamente al tiempo que se desvanece para dar paso otra vez a la pantalla blanca. Meyer Vaisman presenta su propio esqueleto, que ha sido escaneado y reconstruido en resina plástica. Todas estas piezas parecen compartir el deseo de la evanescencia y la conciencia de la imposibilidad, una especie de resistencia a "tomar cuerpo" que puede ser la clave para entender las limitaciones de la muestra como conjunto. 

Una de las mejores partes de la exposición, y en donde resulta sumamente efectiva para dar a conocer unos lenguajes generalmente marginados frente a las grandes instalaciones, es la selección de videos y de arte para la red. Aquí cabe notar, por un lado, la pieza Presenta, de Yoshua Okón. El artista ha realizado un video de cinco minutos en el que sólo aparecen los logotipos de las supuestas organizaciones, fundaciones e instituciones mexicanas (con voces incluidas) que presentan, patrocinan o apoyan el proyecto mismo. Por otra parte los proyectos en red de Giselle Beiguelman —O livro depois do libro (http://desvirtual.com/giselle)— y de Brian Mackern —CONTENT TYPE: //NO CONTENT: PRE-LOADERS (http://no-content.org)— merecen una visita detenida. 

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Fabiana Barreda. Proyecto hábitat: Reciclables- Cápsula de alimento en el circuito urbano Riachuelo-La Boca, 2000. Caja de luz, duratrans. 100 x 120 cm (39 ⅓ x 47 ⅓ in).

Otra propuesta destacable es la videoinstalación de Jorge Macchi Víctima serial, en la que a través de la filmación de palabras pertenecientes en su mayoría a rótulos callejeros, el artista construye una singular carta de amenaza que hace eco a sus anteriores trabajos con la nota roja periodística. 

Así, y al margen de que parezca que América ha sido descubierta otra vez, habría tal vez que replantear la metáfora del eclipse, que si bien parece echar luz sobre los artistas y las piezas seleccionadas, tiene el defecto, al mismo tiempo, de oscurecer sus contextos, sus trayectorias, sus relaciones con un arte más definido por el tiempo —su contemporaneidad— que por el espacio —su origen geográfico—. Tal vez sea más adecuado recurrir al símil de la luna llena. Cuando está ahí, descolgada en la noche, es soberbia. Pero cuando desaparece, nos permite por fin ver las estrellas: las viejas y las nuevas, conocidas o no, todas parecen brillar en el mismo plano, sobre un único cielo, y desde abajo, todas parecen a la vez únicas e idénticas entre sí. 

* La exposición se presenta hasta el 20 de enero de 2002 en el Palacio de los Condes de Gabia de Granada y del 8 de febrero al 8 de abril de 2002 en el Museo de Arte Extremeño e Iberoamericano, MEIAC de Badajoz.  

ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS

El Final del Eclipse, por Issa Ma. Benítez Dueñas | artnexus