Curador curado

Jorge Pineda. El sueño de Winnie The Pooh (detalle), 2001. Alfromba de hierba sintética. Muñeca. Flores naturales. 200 x 200 cm. (78 ¾ x 78 ¾ in).

Colectivaene 2002 - mar 2002· Por Marianne De Tolentino

Curador curado

Museo de Arte Moderno

Quisqueya Henríquez, Jorge Pineda y Fernando Varela han presentado un conjunto de obras que quedará en los anales de la plástica nacional, por su planteamiento, su procedimiento y sobre todo por una calidad impecable. 

Curador curado estremeció a los medios artísticos dominicanos. No era para menos: tres artistas reconocidos por su producción de avanzada, una muestra completamente diferente de lo que solemos ver, una propuesta teórica que no deja de ser firme y polémica. Ese acontecimiento podía adoptar como lema: uno para todos, todos para uno, por la homogeneidad de una posición ideológica y estética, compartida en lo teórico y lo práctico. Además encajaba perfectamente en los nuevos cauces del Museo de Arte Moderno de Santo Domingo. 

Luego, causa una grata sorpresa el hecho de que había visitantes —en un país renuente al arte contemporáneo— y que ellos, jóvenes en mayoría, manifestaban un interés marcado e intrigado. A ese público del futuro, susceptible de renovar el gusto reinante, se debe prestar una atención especial. 

Colectiva: Curador curado — imagen 1
Jorge Pineda. El sueño de Winnie The Pooh, 2001. Alfromba de hierba sintética. Muñeca. Flores naturales. 200 x 200 cm. (78 ¾ x 78 ¾ in).

El título de la muestra, Curador curado se ha explicado ampliamente, hasta en entrevistas y mesas redondas. Los artistas —llamémosles A, B, C— actuaron no sólo como creadores y expositores, sino como curadores de ellos mismos, dos de ellos eligiendo las obras del tercero: A y B seleccionaban a C, B y C a A, A y C a B. Los tres optaron por una reflexión determinada sobre la condición humana, en esta época y —secundariamente— en la República Dominicana. Metódicamente, quisieron provocar una determinada lectura de sus discursos. Llegaron a fungir como productores, relacionadores públicos, críticos, museógrafos, o sea, durante un periodo de un año asumieron varios roles, que no suelen corresponder a los autores de las obras. 

Ahora bien, si no fuera por el texto, serio y firme, que precedía la exposición en la segunda planta, el visitante no se percataría de una primera intención: ponderar la necesidad imperiosa de una curaduría profesional en la República Dominicana, carencia que los tres estiman culpables en buena parte, del estancamiento del arte dominicano en la escena internacional. 

Esa opinión, a la vez justa e injusta, seguirá suscitando discusiones, ya que, postulada como una "profesión de fe", posee el mérito de plantear unos problemas y de adelantar otros, no menos graves. La culpa no es solamente de los dominicanos y sus deficiencias en la curaduría: el arte internacional a menudo se maneja en el nivel de intereses de mercado, recomendaciones políticas, relaciones con mandarines famosos. La falta de ayuda estatal y la escasa cooperación del sector privado —cubriendo un grupo mecenas la casi totalidad de las contribuciones— son tan o más responsables de la suerte internacional del arte dominicano. 

Si, para la crítica y su examen de conciencia, esa introducción a Curador curado es importante, no condiciona la receptividad ante una magnífica simbiosis entre exposiciones individuales y colectivas. Para el público en general, un texto sobre el arte contemporáneo le hubiera ayudado más a percibir la plenitud , la diversidad y la originalidad de las obras. ¡Enseñar a leer una forma de arte también es labor curatorial! 

Colectiva: Curador curado — imagen 2
Fernando Varela. La habitación de curación, 2001. Técnica mixta. 203,2 x 203,2 x 228,6 cm. (80 x 80 x 90 in).

Así, el conjunto de Curador curado define la contemporaneidad, en el sentido de un arte actual, en recreación y cuestionamiento constante: tanto Quisqueya Henríquez como Jorge Pineda y Fernando Varela practican la investigación permanente y cambian en relación con sus obras anteriores. Enriquecen sus formulaciones y propuestas respectivas de un modo incontenible, un rasgo contemporáneo del arte. 

Los tres se atribuyeron espacios comunicantes. Una interrelación, una interacción entre las obras, en torno al tema del cuerpo, priman sobre el encasillamiento y el tratamiento individual de la imagen. Meditan acerca de la representación corporal y convierten la anatomía en una exploración: fuerzas, gestos, comportamientos, materias, topografía. Una relación a la vez ontológica y sociológica, muy actual, se establece. 

Las categorías coexisten, sin jerarquía ni preeminencia: pintura, dibujo, instalación, arquitectura, cerámica, fotografía, objetos (intervenidos), técnicas mixtas. Cada artista, ya polifacético por convicción y oficio, enfatiza un pluralismo creador. 

La observación concierne igualmente a los formatos. Fernando Varela oscila entre lo "infinitamente" grande de escultóricas tijeras, metaforizando el destino de América, y una iconografía compuesta muy pequeña, de Quisqueya Henríquez, juntando decenas de cuadritos en la Ropa congelada, magnífica y multiplica allí su funcionamiento conceptual; Jorge Pineda, poeta visual, pasa del vasto y luctuoso césped del Sueño de Winnie The Pooh  —oda triste—, al pequeño y virtual Jardín interior —un haiku—. Pese a la coherencia de planteamiento, cada obra se convierte en continua revelación: ¿qué voy a encontrar ahora? Notamos esa reacción —¡de sorpresa alegre!— en el público. Esto es arte contemporáneo. 

Colectiva: Curador curado — imagen 3
Quisqueya Henríquez. Proceso RA-4, 2001. Detalle. Ropa congelada. 35 fotografías. 25,4 x 30,5 cm. (10 x 12 in.).

Corolario de la observación anterior, hablaremos de libertad y juego, muy distinta a la "evangelización forzosa" de muchas exposiciones de arte contemporáneo radical. Aquí la aproximación es natural, el espectador, avanza, sonríe, se detiene, se devuelve, entra, sale. Le convidan a la travesura, deslizándose en los taburetes de Quisqueya, le desconciertan en el circuito cerrado de Jorge Pineda, le invitan al recogimiento en The Healing Room de Fernando Varela. 

Los vestigios, cuando aparecen, así la excelente fotografía manipulada de Quisqueya Henríquez, Ese país de mierda, se metaforizan en imagen perfeccionista, profesional, tecnológicamente terminada, que contrasta con el paisaje capturado y recreado. Por otra parte, de los tres expositores, ella se destaca como la más sensorial —percepción totalizante en Rumia— y sensual en su expresión —El sabor de los contrastes irradia un erotismo impresionante, más allá de la lengua gustosa de Gina Pane—. La fotografía, utilizada como medio, no como demostración de técnica, es obsesiva. Se lo agradecemos: en esta etapa su obra se descifra mejor y accede a muchos, no sólo a los iniciados. 

Fernando Varela se niega a una mirada superficial, penetra debajo de la piel, desmonta la musculatura, enseña las nervaduras de sangre, se convierte en artista de la tomografía cerebral, donde coloca sus versículos. Sus creencias y fe gnósticas no pueden desaparecer. A través de la evolución y los cambios técnicos, la espiritualidad queda intacta. 

Jorge Pineda igualmente evoluciona, sobre todo en sus instalaciones. No obstante, él conserva, aparte de sus perros enmascarados y virtuosamente dibujados, uno de sus temas favoritos: los abusos, en contra del niño —en el impactante Frágil, probablemente violado y asesinado— y de la mujer —siendo la Niña tatuada objeto en su cuerpo, de cuántos piropos sucios y lúbricos—. 

Curador curado quedará en los anales del arte dominicano, solamente una mente y una mirada obtusas pueden permanecer indiferentes ante tanto valor, inteligencia y refinamiento. Si, después de esta muestra, hay quienes se niegan a actualizar sus gustos y sus miradas, lo lamentamos por ellos.

MARIANNE DE TOLENTINO

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