Exposición Individualene 2002 - mar 2002· Por Darío Ruiz Gómez

Ana Claudia Múnera

Galería de la Universidad de Antioquia

El alud indiscriminado de información, de falsos relatos que la TV emite cada segundo, ha vaciado los contenidos simbólicos de la imagen, ha destruido el significado interno de los tempos narrativos, para eliminar cualquier posibilidad de reflexión. La pregunta y la distinción que hacía McLuhan de medios fríos y calientes continúan siendo entonces pertinentes. 

¿De qué manera actúa la pantalla en realidades diferentes de las de una sociedad altamente industrializada? ¿De qué manera una máquina extraña y fría puede ser receptada por un interlocutor cultural diferente? Nam June Paik no ha establecido esta diferencia. Los mensajes de Odenbach y de Bill Viola son específicos de sus respectivas sociedades, cuyas situaciones ilustran. 

El viejo fenómeno estético del mimetismo se reproduce entonces a través de la enseñanza de las nuevas academias de arte, hasta lo déjà vu. Pero así como el video ha alcanzado una autonomía estética logrando diferenciar su forma de gramática, pudiendo formalizar el tiempo y el espacio de los nuevos relatos, igualmente ha logrado convertir la caja del aparato en un elemento para otro tipo de composición, tal como lo ha hecho Gary Hill, en el cual el monitor es materia escultórica, donde la ambientación se realza con imágenes desvertebradas, sonidos viscerales, etc. 

Exposición Individual: Ana Claudia Múnera — imagen 1
Ana Claudia Múnera. Mataculín, 1995. Video escultura.

Quiero decir que si, como en este caso, existe ya una estética en desarrollo y con contenidos muy específicos: la memoria, el yo, lo inmediato, lo importante en la obra de Ana Claudia Múnera es haber llenado la pantalla del monitor de un contenido concreto, de un trasunto personal donde la pantalla constituye el soporte ocasional pero legítimo, de una oposición crítica frente a la vida como incidencia íntima, como trazo de vivencias personales que se objetivan no como un recuerdo, sino como un reclamo. 

Hay en estos planteamientos un secreto aliento rimbaudiano: no el grito o el sollozo ante la injusticia de haber nacido, sino la ácida pregunta que termina por relativizar lo que la sociedad había convertido, primero, en un valor inalienable y, segundo, en una institución abstracta de la cual emana cualquier forma de represión. Su muestra hace dos años en la galería de Suramericana versó sobre el tema de la infancia, y lo hizo sin piedad alguna, instalando crudamente la requisitoria sobre este espacio de vida deformado por una retórica fácil. Su frío análisis ante estos rituales se hizo mediante la repetición incesante de éstos, para que fueran cobrando su verdadera dimensión existencial. 

El balbuceo que no es intento de llegar al lenguaje establecido, sino posibilidad de detener el proceso vital, ya cuando los ojos han descubierto el horror del mundo. La instalación con los monitores con algunos de los objetos característicos de los juegos de los niños llevaba a una desapacible sensación de angustia con las voces infantiles repetidas, con el monocorde coro de la ronda, que de tanto repetirse terminaba por anular radicalmente su significado. 

La máquina ha sido mutada en un objeto que carece de perfil definido, ha sido “familiarizada”. En lo déjà vu la máquina es fetichizada, congelada como un obstáculo insalvable; aquí existe, en cambio, una apropiación de ella hasta ubicarla como vehículo de un mensaje a transmitir. En su análisis sobre algunos rituales, la pantalla fija en el fotograma, los intersticios de un movimiento encaminado a un determinado tipo de labor: las manos que cosen el vestido de novia, y señala el gesto de una sórdida rutina. 

Lo que podría ser nostalgia, alegría, se convierte en un espacio mental vacío que lleva al receptor a indagar sobre el horror vacui que lo rodea en una vida instrumentalizada, en una vida donde el trabajo creativo se ha convertido en un trabajo alienante. La trayectoria de Ana Claudia Múnera (Medellín 1966) ha sido fulgurante en la medida en que tempranamente legitimó los soportes escogidos para dar concreción a su mundo personal, es decir, ha carecido de las bisoñadas propias de muchos jóvenes que creen que el soporte les concede una estética, una contemporaneidad. 

Esto lo ponen de presente los importante premios con que ha sido distinguida y la solidez estética que ha alcanzado su propuesta al eludir lo manido, para situar la reflexión sobre los objetos en la perspectiva de una experiencia de vida que se produce dentro de un contexto de economía y cultura específicos.

DARÍO RUIZ GÓMEZ

Ana Claudia Múnera, por Darío Ruiz Gómez | artnexus