¿Celebración o reivindicación de la mujer? ¿Evocación amorosa o enumeración de fragmentos de un cuerpo femenino para un inconfesado catálogo? Es lo primero; con este artista es siempre lo primero. Alejandro Kuropatwa, antes que nada, es un renombrado fotógrafo, parte de una brillosa Buenos Aires que lucha por sobrevivir. Audaces e inesperadas apariciones y desapariciones, las bellas fotografías de la serie Mujer exhibidas en la Galería Ruth Benzacar confirman su instinto visual. La suya es una mirada fascinada, penetrante.
Su fotografía insolente, placentera, incómoda, trabaja alternativamente en color y blanco y negro para registrar partes de un potente paisaje femenino en tránsito hacia una subrayada sensualidad. Esta serie parece ser una memoria deslumbrada y deslumbrante de la mujer, repleta de artificios, sin ser artificial. Contra la tendencia actual que estimula la manipulación y la distorsión de las imágenes por programas digitales, las fotos de Kuropatwa son directas, pero no objetivas. No las retoca ni las pinta, las recorta. En sus tomas, combina imágenes voluptuosas y crea atmósferas extravagantes que se vinculan con su identidad y origen cultural. Esos labios que prometen, esos pechos que respiran, esas sonrisas que seducen, esas piernas que provocan, esos ojos que se cruzan… ¿tienen el poder de encantar… o el poder de rechazar? ¿Se mira y no se toca? ¿Qué muestran, a quién esconden las imágenes?

Esta no es la primera vez que el artista se aproxima con su cámara al universo femenino. En Familia (1997), Kuropatwa retrató a los prototipos —preferentemente mujeres— de cierta disfuncionalidad social que desfila por el gran circo que es la actual programación de la televisión abierta. Entonces, se ocupó de las celebridades instantáneas de estos tiempos impúdicos, visitó sus usos y costumbres. Paseó su cámara por rostros exagerados y miradas perdidas. Luego, realizó una galería de retratos centrada en siete mujeres del circuito perteneciente a la alta clase media local. En alguna medida, estas fotos de la serie que llamó Marie Antoinette (1998) formaban parte del mismo afán de protagonismo y voyeurismo que ofrecen y descubren también las revistas de la chismosa actualidad. Con una franqueza inusual se acercó a las poses y gestos de estas mujeres que él consideraba hermosas, audaces, sofisticadas y desprejuiciadas. Eran seres sin edad que Kuropatwa presentó con toda humanidad y que otros observaron con extrema crueldad.
Pero antes, a partir de su gozosa serie Cóctel (1996), en la que celebró el misterio de su vida, los medios de comunicación lo consultaron al infinito y repitieron su historia. En esa ocasión, retrató la suma de las multicolores píldoras que lo mantienen transitando por este mundo, transformadas en poesía por el amor y la pericia de su autor. Sin buscar el manejo de los sentimientos, esta serie se constituyó en un gesto político que habló de su HIV. La televisión lo convocó y él multiplicó su mensaje: “La razón por la que salí con mi historia públicamente es porque sé que vale la pena vivir y quiero que todos los enfermos de sida tengan un futuro, como ahora lo tengo yo”. Sólo entonces su nombre se convirtió en un sonido familiar, a pesar de que comenzó a exhibir en Buenos Aires desde los 20 años, en 1976.
Los retratos de Mujer parecieran entregarse a la atmósfera de acentuada esperanza de futuro presente con tanta fuerza en Cóctel, antes que a las devotas aunque melancólicas, crudas y explícitas tomas cercanas de las Antonietas. La excelente resolución técnica y el sutil humor que incorporan las fotos de Mujer subrayan un optimismo y una exaltación que trasuntan una experiencia emocional ¿del autor? Las imágenes conforman un itinerario por los misterios de cuerpos no siempre jóvenes, pero claramente sanos y llenos de deseo. El deseo que transmiten estas obras les confieren una renovada vitalidad a estas apariencias que, en definitiva, logran conservar un increíble balance entre el discurso conceptual del artista y una sorprendente intimidad.
VICTORIA VERLICHAK
