XVII Bienal de Cuenca

Maya García Miró. Detalle de Fin del Juego, 2025. Detalle de una obra de la instalación. Madera conglomerada (OBS), MDF pintado con acrílico, tela, balines de plomo y soldaditos de juguete de plástico. Dimensiones variables. *

Bienaljun 2026 - nov 2026· Por Daniel Benoit Cassou

XVII Bienal de Cuenca

El juego como dispositivo crítico en el arte latinoamericano contemporáneo

En su 40.º aniversario, la Bienal de Cuenca propuso el juego como eje curatorial, bajo el lema “The Game”. A partir de un formato inédito centrado en la figura del curador, esta edición puso en evidencia tensiones entre ambición conceptual, territorialidad, memoria, espiritualidad y política. Más allá de sus inconsistencias logísticas y discursivas, la bienal ofreció un mapa complejo del arte latinoamericano actual, de la desaparición y de la persistencia del arte frente a la fragilidad del presente, donde el juego operó como estrategia crítica y como metáfora del duelo.

La XVII edición de la Bienal de Cuenca celebró sus cuarenta años de trayectoria con una ambición explícita: repensarse a sí misma en clave lúdica. Bajo el título “The Game”, la bienal abrió sus puertas el 25 de octubre, impulsada por el municipio de la ciudad y dirigida por Hernán Pacurucu, proponiendo una estructura inédita que convocó a diecisiete curadores internacionales y cincuenta y tres artistas. Cada curador debió trabajar con tres artistas, y uno de ellos debía ser, obligatoriamente, ecuatoriano; una decisión que buscó reforzar el anclaje territorial de una plataforma que, históricamente, ha funcionado como espacio de visibilidad para la producción local y regional.

El gesto, en apariencia innovador, no estuvo exento de tensiones simbólicas. El uso de un título en inglés –en una bienal que ha sido una de las más activas en la difusión del arte latinoamericano–, un logo asociado al imaginario del videojuego y el subtítulo “Bienal de bienales” construyeron un marco discursivo más cercano a la autoafirmación institucional que a la reflexión crítica. Esta voluntad de posicionamiento global, comprensible en un contexto de competencia entre grandes eventos internacionales, sin embargo, parece innecesaria para una bienal que, justamente por su bajo perfil sostenido durante décadas, ha construido legitimidad desde la constancia, la coherencia y el trabajo territorial, no desde la grandilocuencia retórica.

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