La llegada de esta artista, nacida en Trinidad y Tobago en 1938, a las salas del Museo Malba con la muestra “Un propio andar fluyente” fue muy celebrada. Era la primera vez que Valerie Brathwaite desembarcaba en Buenos Aires con un recorrido de seis décadas de producción y casi cuarenta obras, desde dibujos hasta esculturas, entre ellas las de su última producción.
Residente en Caracas, Venezuela, desde 1969, donde hizo amistad con Gego y Mercedes Pardo, dos referentes del arte abstracto de la escena local que supieron acompañarla no solo para instalarse, sino también para comenzar una conversación teórica con otras dos mujeres del arte muy destacadas en ese momento. La teórica argentina Marta Traba, que se instala por ese año cuando es expulsada de Colombia, donde había dejado un legado muy valioso, y Lourdes Blanco, quien ha documentado parte de la historia del arte venezolano. El título de esta exposición es tomado de una crítica publicada por Roberto Guevara para su muestra en el Museo de Bellas Artes de Caracas en 1975, y da en la clave de cómo definir una obra tan singular que ha mantenido un sentido de exploración y libertad desde el comienzo de su carrera.
Para una artista que venía de una formación internacional, pero residía en una isla, este pasaje a Caracas, donde ya existían tres tendencias muy marcadas –el cinetismo, la abstracción y el arte conceptual– fue un verdadero facilitador para consolidar su impronta, ligada fundamentalmente a la línea curva. Pasó por el ya desaparecido Hornsey College of Art, en Londres; luego, por la École des Beaux-Arts de París y, más tarde, por el Departamento de Escultura del Royal College of Art, en Londres. Fue allí donde Bernard Meadows, reconocido escultor y asistente de Henry Moore, quien la criticaba por agregar color a sus esculturas, también la animó a buscar las características de su obra en su interior, de donde “saldrían naturalmente”. De allí surgen esas palabras que le dedicó el exdirector artístico del Malba, Rodrigo Moura, cuando presentó la muestra curada por Alejandra Aguado y demarcó su obra como “cargada de evocaciones orgánicas y sensuales, conectada con el entorno natural y con el cuerpo, y transformando lo íntimo en una propuesta artística”.
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