“No fotografiaba a alguien que estaba fuera de mí, sino que ellos eran parte de la fotografía. Eran cómplices. Por lo tanto, que yo apretara ‘el gatillo’ no quería decir que yo había tomado la fotografía, porque ellos eran una parte tan activa como yo.” —Sandra Eleta.
No me cabe duda de que muchos de ustedes ya habrán cruzado la mirada desafiante de Edita. La expresión altanera y sensual de la empleada doméstica, el plumero convertido en extensión del cuerpo –¿utensilio de limpieza, provocación erótica, arma simbólica?–, ha trascendido fronteras y se ha vuelto un emblema de las dinámicas de poder en América Latina. Esta fotografía, tomada a finales de los años 1970 como parte de la serie La Servidumbre (1975-1989), ya tiene una existencia propia.
Y en efecto, el reconocimiento de Sandra Eleta como gran fotógrafa, que hoy parece evidente para quienes nos interesamos en el arte de la región, ha sido paulatino y aún hay espacios por fortalecer. En Francia, esta es la primera vez en más de cuarenta años que se presenta una exposición individual de la artista: es en el mismo espacio donde la expuso en 1983 con la serie Portobelo. Entre tanto, la galería cambió de nombre y de dirección –de Agathe Gaillard a La Galerie Rouge–, pero decidió mantener la continuidad de esa relación histórica. Durante más de dos meses, y por fin, se exhibió una retrospectiva bastante completa de algunas de sus series fundamentales: Emberá, hijos del río; Las Campesinas; Portobelo; La Servidumbre.
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