Se entraba a “Soltar la presa ¡AUU!” sin saber muy bien qué iba a pasar. No había una obra que recibiera al visitante con autoridad ni un relato que se explicara por sí solo. Más bien, lo que se sentía era una especie de desajuste inicial, como cuando algo se movía ligeramente de su lugar y uno todavía no sabía si iba a caer o no. Esa sensación –inestable, contenida– parecía ser el punto de partida de la exposición de Paulo Licona en la Galería La Balsa.
El título ya lo anunciaba, aunque no de forma obvia. “Soltar la presa ¡AUU!” no funcionaba como una consigna ni como una metáfora cerrada; operaba más bien como un gesto físico y mental a la vez. Su procedencia no era casual. Licona explicaba que el título retomaba una expresión de un texto de Lucas Ospina sobre su obra, donde “soltar la presa” aparecía como una imagen crítica frente a la acumulación, la contención excesiva y la necesidad de permitir que las cosas se liberen. En ese contexto, el título no nombraba una acción heroica ni una catástrofe, sino un acto cotidiano: dejar ir. El “¡AUU!”, añadido por el artista, introducía un registro más visceral, menos controlado, que desarmaba cualquier lectura solemne.
La muestra se construyó a partir de una serie de elementos instalativos que no buscaban imponerse unos sobre otros. Un gran papel tapiz, trabajado con la lógica de la piñata –materialidad frágil, colorida y siempre al borde de romperse–, ocupaba el espacio como una piel cargada de capas, imágenes y texturas. No funcionaba como fondo decorativo, sino como un cuerpo presente, vulnerable, que sostenía y, a la vez, amenazaba con deshacerse. Frente a él, una estructura que recordaba vagamente a una casa sin suelo ni techo sugería un habitar incompleto, provisional: no un refugio ni una ruina, sino una forma mínima que insistía, incluso, cuando ya no cumplía su función.
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