La experiencia ocupa un lugar de privilegio en nuestra cultura. En la cultura, específicamente en la artística, gracias, sobre todo, a las envolventes instalaciones audiovisuales que ofrecen experiencias inmersivas que anulan o devalúan la contemplación de la obra de arte, en las salas de exposiciones de los museos o en la intimidad de los salones privados. Hoy en día ya podemos vivir la experiencia de estar dentro de los campos de girasoles, molinos de viento o puentes levadizos pintados por Van Gogh, y no fuera de ellos, como lo hacemos cuando contemplamos los cuadros que él pintó de estos. Igual sucede en la cultura popular. La experiencia elitista del flâneur que paseaba distraídamente por los recién construidos bulevares parisinos, obra del barón Haussmann –elevados a la categoría de experiencia estética por Baudelaire– ha sido desplazada por las masas humanas del turismo contemporáneo. En 2025, el París decimonónico, el París del flâneur, con 2,1 millones de habitantes, recibió 18 millones de turistas. ¡Nueve flâneurs por cada habitante!
La obra de la artista chilena Magdalena Correa responde, a su manera, al privilegio concedido a la experiencia. Respuesta homeopática, ciertamente, porque de ella cabe decir, sin riesgo de exagerar, que es, por excelencia, la artista de la experiencia. Cierto, todos los artistas que actualmente merecen el calificativo ofrecen experiencias estéticas; e incluso experiencias estéticas inmersivas, generadas por medio de impactantes videoinstalaciones audiovisuales. La diferencia consiste en que ella hace de la experiencia la fuente evidente de su arte. No cualquier experiencia: las experiencias de vida, directamente en su arte, son siempre extremas. “Kos” –su muestra en las salas de exposiciones del Jardín Botánico de Madrid– es solo el resultado más reciente de una estrategia de larga duración que la ha llevado a los confines más inhóspitos y remotos del planeta en busca deliberada de experiencias extremas.
Su currículo condensa los viajes y las extraordinarias experiencias acumuladas en parajes y lugares de tan difícil acceso como los desiertos de Atacama, en Chile; del Gobi, en Mongolia; de La Guajira, en Colombia; la Antártida; o La Rinconada, un pueblo minero del Perú situado a 5.100 metros sobre el nivel del mar. La mueve el mismo impulso que movió a los legendarios expedicionarios que llegaron por primera vez a los polos o a los montañistas que escalaron las cumbres del Himalaya. En un mundo fascinado por las experiencias personales, Magdalena Correa ofrece las más extremas. Ella no es, sin embargo, ni una aventurera más ni una simple aficionada a los deportes de alto riesgo. Es probablemente tan atrevida e intrépida como cualquiera de ellos, pero si es una artista de la experiencia, no lo es por la intensidad excepcional de las suyas, sino por lo que hace con ellas.
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