Exposición Individualjun 2026 - nov 2026· Por Andrés Cordón

Josué Castro

La Nueva Fábrica

La quema del diablo es una celebración tradicional que se lleva a cabo cada 7 de diciembre en Guatemala. Dicha algarabía da inicio alrededor de las 18:00 horas de ese mismo día y consiste en quemar piñatas con forma de diablo –más recientemente, ante el inestable panorama sociopolítico del país, también se acostumbra a ejemplificar personalidades de este ámbito sustituyendo al tradicional personaje–. Esta práctica se remonta a la época colonial, en la que se acostumbraba a iluminar el paso de la procesión de la Virgen de la Inmaculada Concepción con faroles y fogatas. El porqué de esta “celebración” se atribuye a realizar una limpieza espiritual en preparación de las vísperas navideñas; una especie de purificación para quemar todo lo malo, en aras de encarar las festividades con el espíritu limpio y libre de pecado. Pero ¿qué pasa cuando aquello que una sociedad conservadurista y prejuiciosa considera pecado no puede ser purificado por medio del fuego, porque se lleva como parte de nuestro mismo cuerpo? ¿Es posible reducir a cenizas lo que sentimos solamente porque no cabe dentro de los estándares de la colectividad en la que vivimos? Si algo tan inefable como el espíritu puede ser expiado de culpas y “sanado” a través de ver arder una figura simbólica –y caricaturesca– de aquello que nos ha sido vendido como el mal supremo, ¿qué impide que también se consuma dentro de esas mismas llamas toda la carga emocional de dominación y represión estereotípica que no nos permite concebir nuevas formas de entender el cuerpo, la masculinidad y la sexualidad misma?

Josué Castro es el primer artista residente seleccionado como parte del programa de colaboración entre La Nueva Fábrica y MASS MoCA y, como producto de esta residencia, nace el proyecto Abrasar –fonéticamente coincidente con el acto afectivo–. Más que un proyecto expositivo, este conjunto de obras se percibe como un acto ritual, precisamente de purificación, en donde Castro, por medio de un fuego figurado, reduce a cenizas los preceptos de dominación heteronormativa y extrema religiosa que han sido incrustados dentro de nuestro imaginario desde niños. El diablo, esa figura maligna representativa del mal, aquí se presenta temeroso, incluso sumiso y apenado, en veinte desnudos fotográficos, donde la oscuridad del fondo ya no infunde temor, sino que, más bien, lo coloca en un espacio íntimo de confrontación con el espectador. Una vitrina con marco de color amarillo intenso resalta sobre la pared, nuevamente de color negro, y, en ella, se contiene una máscara con la figura del personaje en cuestión, su expresión descolocada y sus fauces abiertas mostrando dos filosos colmillos, con la adición de una serpiente que se pasea por su rostro; sin embargo, contenido. Quizás como una analogía de todo aquello que llevamos por dentro, también contenido, que nos enseñaron desde niños que debíamos reprimir porque era malo.

En el centro del espacio expositivo reposa una alfombra realizada con restos de carbón, residuo de leña sometida a combustión incompleta, esa que quemó las vestiduras que nos encasillan dentro de un estereotipo que ya se presenta obsoleto pero obstinado y persistente como el fuego que arde sobre la madera quemada, que cuelga flotando como un fantasma que nunca termina de desaparecer. Casualidad o no, resulta curioso que esta instalación presente similitudes en su disposición espacial con las tradicionales alfombras que adornan los recorridos procesionales como el que dio origen a la tradición. El tapete de fragmentos calcinados también es, a su vez, altar, al permitir reposar en su centro crisantemos, flor comúnmente asociada a la transmutación y renovación personal, así como, irónicamente, con la protección y la purificación espiritual. Algo debe consumirse, morir, para que nazca lo nuevo. Es quizás por esto que en el centro yace nuevamente la máscara del antagonista principal, pero esta vez, como en un lecho, lo ve morir para dar paso a algo más. Una metáfora visual que Castro utiliza para representar el abandono de sus demonios internos; demonios que purificó a través del fuego, en un performance en el que lo vio denudarse física y emocionalmente, vistiéndose únicamente con la máscara que representa un mal que ya no le da miedo. El cuerpo se transforma al consumirse por el fuego, no de manera literal, sino de manera idílica, al convertir la encarnación material de la maldad en una figura que se compadece de sí misma, que se presenta temerosa del mundo que la rodea y que se entrega ante la ternura y lo humano. Ya no es la leña que cruje bajo la inclemencia de las llamas, sino nuestra percepción de lo asumido como correcto, como ideal, al encontrarnos frente a fotografías o videos de cuerpos masculinos desnudos despojados de toda pretensión hegemónica de masculinidad.

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Josué Castro, por Andrés Cordón | artnexus