Exposición Individualjun 2026 - nov 2026· Por Ricardo Pohlenz

Geles Cabrera

Museo de Bellas Artes

Las esculturas de Geles Cabrera se imponen en el espacio con minucia monumental. Ellas son cuerpos que, tendidos y conformados en hilos invisibles, nos traen a colación –a manera de reflejo– la ilusión de un ruido armónico cuya conformación de lindes y apercibimientos trae a cuento decires arcanos de dimensiones cosmológicas. Aquí, frente a lo que constituye este derroche de formas y apropiaciones, cual campo megalítico traído al espacio museográfico y reunido gracias a la labor de Agustina Fereyra y Pedro Reyes, quienes se dedicaron a hacer un rescate de la obra y trayectoria de esta artista. Geles Cabrera se ha entregado a revisar las derivas posibles de las formas y los volúmenes descubiertos en las zonas arqueológicas meridionales del país, a reflexionar desde lo contemporáneo sobre esta labor monumental de encuentros y veleidades, tendiendo vasos comunicantes entre tradición y vanguardia –valga el tropo– en lo que resulta ser todavía una tradición monumental que viene rescatando uno de los curadores de esta exposición en su obra.

En la muestra se puede apreciar, por ejemplo, la impronta de Francisco Zúñiga, quien fue su maestro. Sus recursos también se toman de derivaciones formales sacadas a partir del arte precolombino –sobre todo del olmeca y el maya–, aunque pronto se deslinda del peso y la masa de estas influencias para entregarse a líneas más sutiles en su valoración de los volúmenes. Así, Cabrera actualiza las vetas arcaicas para volarlas y quitarles su peso inherente, para armarlas a la manera de bisagras dinámicas, tamizando las tensiones y las líneas que las constituyen para transigir. Su obra es alimentada tanto por las vertientes anteriores como por las diversas actualizaciones hechas de estas, una postura personal frente al tiempo y a aquello que queda dicho en su sedimento.

En sus creaciones posteriores también están la influencia y la colaboración con Mathias Goeritz. Cabrera se vale de sus formas, tamizándolas y articulándolas, más allá de la grandilocuencia del otro, para constituir los elementos de un espacio íntimo, a partir de figuras de plexiglás, poliédricas y multicolores, junto con otras, hechas en diversos materiales. De esta manera, las obras quedan dispuestas como mínimas casas de fieras, dada la animosidad de lo cromático, constituyendo pequeños campos megalíticos en los que acarrea la minucia antropomórfica que ha sido su tema, y a la que se ha dedicado a estudiar y transformar, a partir de diversos modelos rescatados de lo moderno. En ello, lo moderno es llevado a lindes en los que se vale de comentarios reticulares, siendo más que objetos abstractos, no tanto por sus pretensiones formales –aunque algo tengan que ver–, sino por los juegos en los que campea y confunde el material y la representación. Asimismo, tampoco se trata solamente del uso de recursos poco convencionales –que replica los actos de apropiación rituales a los que recurrieron Joseph Beuys y Louise Bourgeois–. En su muestra tiene, por ejemplo, un atado de ramas, con el que se hace alegoría igual de una piedra que de un nido, de una nube, colgando –flotante– del techo para proyectarse –gracias a una luz– contra el muro. Así, la obra es deslindada de su primera materialidad para constituirse en representación a partir del vacío que asume su contingencia. La escultura se desdobla en un dibujo que se extiende sobre el muro: mientras haya una luz que lo diga, descrito o delatado, en lo que cabe describir como gran alarde de barroquismo conceptual, al objeto y su representación.

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Geles Cabrera, por Ricardo Pohlenz | artnexus