Cuando en 2016 escribí sobre “Nada que cesa”, la exposición que realizó Fernando Arias en Bogotá ese año, lo hice desde la constatación de hechos trágicos: tras la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno colombiano y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), la violencia no había terminado; simplemente había mutado. Los líderes y lideresas sociales seguían siendo asesinados de manera sistemática, y la esperanza de un nuevo comienzo se desvaneció con una rapidez dolorosa. En ese contexto, 0566 (Contador de víctimas) convertía la estadística en una herida visible: el rojo led del número no permitía neutralidad, imponía duelo.
Casi una década después, “El paraíso de los tontos” podría leerse como un desplazamiento temático hacia la crisis climática. Sin embargo, más que un giro, la exposición propone una ampliación de escala. Si en 2016 Arias señalaba la persistencia de la violencia sobre el cuerpo social colombiano, hoy expone la violencia estructural que opera sobre el cuerpo planetario. Lo que antes era sangre, ahora es alquitrán; lo que antes era tejido social desgarrado, hoy es cartografía fracturada.
En el centro de la muestra aparece un mapa político modelado en arcilla reciclada, cubierto de alquitrán y sometido al fuego. La imagen es directa y brutal. Si en 0566 las tablas de carnicería funcionaban como altar sacrificial –superficies marcadas por cortes y hendiduras que evocaban el cuerpo cercenado–, aquí el mapa cumple una función análoga. La Tierra misma se presenta como una tabla de sacrificio. Las grietas del atlas recuerdan aquellas superficies rugosas que entonces comparé con el “maltratado tejido social colombiano”. La metáfora se ha expandido: el tejido ya no es únicamente social; es geológico.
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