Cuando “Complexo Brasil” (Complejo Brasil) abrió sus puertas en la Fundação Calouste Gulbenkian de Lisboa, en noviembre de 2025, lo hizo como una audaz e inusual intervención cultural. Concebida por los curadores brasileños José Miguel Wisnik, Milena Britto y Guilherme Wisnik, la exposición se presentó, no como un mero estudio del arte brasileño, sino como un conjunto viviente de historias, idiomas, territorios y formas de violencia que rechazan la síntesis. En el contexto de un museo que por mucho tiempo ha estado conformado por monografías retrospectivas, reseñas nacionales y exposiciones temáticas formalmente delimitadas, “Complexo Brasil” propuso, en cambio, una experiencia densa, de múltiples capas, una experiencia que funcionó de manera simultánea en registros estéticos, políticos y genealógicos.
La exposición, que ocupaba más de dos mil metros cuadrados de la galería principal y las galerías bajas del complejo modernista de la Fundação Calouste Gulbenkian, reunió a más de noventa artistas y doscientas obras –pinturas, esculturas, instalaciones, videos, música, documentos y objetos– concebidas, más que como unidades discretas, como nodos dentro de una vasta red de narrativas. La propuesta curatorial enmarcó a Brasil, no como un objeto para ser representado, sino como un fenómeno complejo conformado por fuerzas interrelacionadas: violencia colonial, epistemologías nativas, culturas de la diáspora africana, modernismo urbano y conflicto social continuo. Desde el comienzo, la exposición rechazaba un solo punto de vista. Como lo sugería el catálogo, se revelaba como una pluralidad de “Brasiles”, invitando a los espectadores a un proceso de narración cronológica transversal, más que a una lineal o cronológica.
Su fundamento era una conciencia explícita de la imposibilidad de sumar narrativas. “Complexo Brasil” no buscaba contar una historia definitiva de Brasil; en cambio, exponía las condiciones bajo las que las historias se producen, se discuten y se controvierten. Obras de artistas indígenas (Denilson Baniwa, Glicéria Tupinambá, Jaider Esbell, Uýra Sodoma, para nombrar unos pocos) se presentaron junto con las de figuras del modernismo y la vanguardia (Lygia Pape, Mestre Didi, Hélio Oiticica, Rubem Valentim, entre muchos otros); materiales de archivo se enfrentaban a intervenciones contemporáneas; paisajes sonoros complicaban la supremacía de lo visual, haciendo de la exposición una experiencia totalmente sensorial. Lo que surgió no fue una genealogía formal de Brasil, fue una cartografía de conflictos.
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