Exposición Individualjun 2026 - nov 2026· Por Florencia San Martín

Claudia Bitrán

Cristin Tierney Gallery

Del 20 de febrero al 28 de marzo de 2026, en la galería Cristin Tierney de Nueva York, la artista Claudia Bitrán exhibió “Titanic, A Deep Emotion” (Titanic, una emoción profunda). La ocasión significó la première del remake de Bitrán de la icónica película de 1997 dirigida por James Cameron, un fenómeno cinematográfico global que redefinió el concepto de blockbuster a finales del siglo XX. Sin embargo, a diferencia del largometraje de Cameron, que contó con el presupuesto más alto hasta entonces en Hollywood, la versión de Bitrán se realizó con una estética DIY de deliberadas imperfecciones, ofreciendo una aguda crítica a la cultura de masas, en un momento en el que el individualismo se celebra más que nunca, con el auge de los fascismos heteronormativos y de la cultura de contenido en el mundo.

Apoyada por prestigiosas becas y residencias, como la Beca Guggenheim en 2023, Bitrán comenzó a reconstruir el largometraje hace más de una década, cuando realizó una residencia en la Skowhegan School of Painting and Sculpture, en Maine, en 2014. Intercalando diferentes medios como el cine, la pintura, la escultura, el dibujo, la animación y la performance, “Titanic, A Deep Emotion” es un collage transmedial –protagonizado y dirigido por la artista– que involucró a más de 1400 participantes y docenas de locaciones en Estados Unidos, Chile y México. Sí, el esfuerzo de la artista, tal como el de Cameron, fue colosal, pero ambos se enmarcan en registros estéticos distintos. Cuando la película de Cameron alcanzó un éxito masivo, la versión de Bitrán nos recuerda que el arte también puede expandir su público hacia las masas, desafiando las diferencias tradicionales y burguesas entre el arte y el espectáculo. De hecho, el día de la inauguración se formó una fila de varias cuadras para acceder a la galería durante uno de los inviernos más fríos de Nueva York. Y, si bien es cierto que el blockbuster de Cameron llenó los cines del mundo tanto por su narrativa –la historia romántica entre Jack Dawson (Leonardo DiCaprio) y Rose DeWitt Bukater (Kate Winslet)– como por el hit “My Heart Will Go On”, interpretado por Céline Dion, la versión de Bitrán llenaba una galería en medio de una ciudad nevada, en el contexto que la crítica mainstream ha identificado como el colapso del arte. Sin embargo, como nos invita a pensar la obra de Bitrán, el arte no ha terminado. Todo lo contrario.

De hecho, como mencionaba al comienzo, la obra de Bitrán critica la política cultural de la individualidad, ofreciendo una versión del largometraje de Cameron –y del arte– que celebra la colectividad y la diversidad sensitiva y laboral. A partir de identidades fluctuantes que se sumergen y se mezclan una y otra vez, Jack, por ejemplo, es un joven, un niño, una mujer, otra mujer, y así, los personajes no son nunca los mismos, tal como las subjetividades de género no están nunca fijas. Como nos recuerda el crítico cultural Carl Fischer desde el caso de Chile, lo queer tiene el potencial de hacer frente al excepcionalismo1. O, como hemos aprendido de la filósofa Judith Butler, el género es siempre performativo. Y, como es performativo, la película de Bitrán no intenta reproducir la de Cameron cuadro a cuadro. En muchas ocasiones, la versión de Bitrán deja ver el backstage, el collage en constante proceso que define el arte y la vida. En este sentido, la artista se resiste a la modernidad, entendida como el periodo histórico que comienza con el Renacimiento y la invención de la perspectiva como técnica estética para imitar al mundo, y sus derivados en la cultura de masas, donde las personas se transforman en públicos de sus propias vidas. De hecho, desde mi perspectiva, la versión de Bitrán no difiere de la de Cameron por su “bajo presupuesto”, que “se deleita con su sincera tontería” y “revela las posibilidades de la cultura pop”, como escribió una crítica de arte en el New York Times. En una época dominada por las redes, donde los seres humanos, en cuanto a usuarios, no hacen sino desear el consumo frenético de personajes, no solo del cine, sino también de los llamados influencers, la obra de Bitrán visibiliza precisamente esta triste realidad. “No imitemos”, nos parece decir la artista; “representemos, desde nuestras propias percepciones, nuestras maneras no modernas de habitar el mundo para, desde allí, redefinir el espectáculo”.

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Claudia Bitrán, por Florencia San Martín | artnexus