Desde su pintura Los suicidas del Sisga, en 1965, destacó un interés que la acompañó a lo largo de su trabajo y que abrió un proceso clave en su obra: la importancia de la fotografía de prensa y el descubrimiento de unas imágenes que la acercan a una práctica cultural popular, explorando las variaciones sociales del gusto, y familiarizándonos con el concepto de desmesura que, a su juicio, permeaba las diversas capas de la sociedad colombiana.
En la década de los 70, su reinterpretación de Le déjeuner sur l’herbe (El almuerzo sobre la hierba) de Manet le permitió mostrar cómo reconocidas obras internacionales llegaban al país a través de reproducciones desteñidas, y utilizó la reinterpretación de obras emblemáticas del arte de Occidente para ver cómo ese arte se asimilaba localmente.
Su condición de “pintora de provincia”, como se la definía, la llevó a afirmar: “Esta obra es la culminación de todo ese proceso con la historia del arte; tenía que destruirla, tenía que hacerlo, pero ese momento en que yo corté la obra era el final, ni una obra de arte más”1.
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