“En mis tejidos, empecé a gritar” — Angélica Serech.
Hay algo entrañable en ver carteles en lengua kak’chik’el [kaqchikel] en una ciudad suiza, con un nombre querido. Angélica Serech estaba en todas partes: en las paradas de bus, en los cruces de las calles. Se anunciaba a los transeúntes el evento del año en el Musée de la Croix-Rouge et du Croissant-Rouge de Genève: a dos pasos de la sede de las Naciones Unidas, tendríamos once meses para apreciar la primera gran exposición monográfica europea de la artista comalteca, “Pach’un Q’ijul – Temps entrelacés – Deep Time” (Tiempos entrelazados).
Al adentrarse en el museo, se desciende a una amplia sala. En este submundo, alejados del bullicio urbano, nos encontramos con un universo surrealista y solemne: muros flotantes, remolinos textiles, nubes de tejidos. Al acercarse, se revelan materiales inesperados: cabellos negros, hilo de maguey, lana, tela de algodón, incluso plástico o metal, se entrelazan en los tejidos, sostenidos por ramajes tortuosos; estos, me cuenta Angélica Serech, fueron ofrecidos por un colaborador del museo, entrelazando no solo tiempos, sino también tierras. “Una vez me dijeron, al ver mis tejidos tan distintos: ‘árbol que nace torcido nunca endereza’; estas ramas son un recordatorio de eso y un homenaje a mi diferencia”, me confía la artista. El museo de la Cruz Roja permite, en un solo espacio-tiempo, apreciar todas las innovaciones de Serech en el dominio del textil. Solo al recorrer la veintena de piezas, comprendemos que cada una condensa meses de trabajo y una vida de exploraciones y desciframientos.
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