La reposición artística que hace el artista peruano Yerko Zlatar alrededor de la figura sacramental incaica de la huaca resulta interesante en muchos aspectos y por varias razones. En primer lugar, porque utiliza la arquitectura de las huacas para componer una obra definitivamente contemporánea, y, por otro lado, porque refleja un tiempo de investigación y exploración que permite rediscutir la relación de la cultura intercontinental sin perder rigurosidad conceptual y sin caer en simplificaciones y literalidades políticas.

Antropólogos e historiadores se disputan, en buenos términos académicos y de conocimiento, el alcance del término y el significado más cercano a lo real de las huacas. La discusión, que oscila entre tempranas interpretaciones hispanas y otras más actuales de naturaleza más local, reconoce matices y señala, incluso, la presencia actual del término en las diferentes regiones andinas. Un paso más allá de la controversia conceptual, las huacas son construcciones de piedra que guardan una dimensión sagrada y de ofrenda, y reúnen dentro de su estructura el pasado de lo vivido y el recuerdo de la muerte. La forma y la estructura de las huacas remiten a una primordial arquitectura que es utilizada por Zlatar para desarrollar un programa de obras que toma el espacio de Fleisch y lo llena de modulaciones artísticas y sociohistóricas.
El de Fleisch es un proyecto expositivo singular. Claramente inscrito en una dimensión alternativa o lateral, por fuera de los circuitos tradicionales, propone una espacialidad diferente en un contexto diferente. Esto le permite imaginar diseños de montaje creativos y arriesgados, y, al mismo tiempo, sus muestras no están sometidas al ritmo y los rigores que son típicos de galerías más convencionales.
El equipo, formado por Nicolás Sfeir, Manuela Barreiro y Carlos García Montero, mezcla nacionalidades, tradiciones y disciplinas, lo que termina dándole a Fleisch una aura híbrida y de contemporaneidad, fuertemente marcada por el temperamento de la arquitectura, que se lleva muy bien con la necesidad de ductilidad de los nuevos tiempos.
Visto integralmente, el trabajo que presenta Yerko Zlatar en Fleisch admite la calificación de instalación. El artista toma el centro de la escena del gran espacio con una estructura de ladrillos que rehace, a escala menor, la forma de una huaca. La manera escalonada y la forma de altar en la que está dispuesta recrean el ambiente y la atmósfera sacros. La recreación de una ruina incaica tiene, a la vez, una clara proyección hacia otras formas de la historia de la arquitectura, que establece una mixtura de tiempos, de materialidades y de significados simbólicos.
Sobre la pared de ladrillos están dispuestos cuatro acrílicos sobre lienzo de 50 centímetros por lado que se resuelven en una paleta de ocre y negro, de formas geométricas muy simples. Las figuras recuerdan el trabajo de los concretos de las décadas del 40 y 50 en Argentina y Brasil, pero transmiten también un temperamento muy actual, referenciado sobre todo en el trabajo de intervención que algunos artistas visuales arquitectos, Luciana Levinton, por ejemplo, realizan en sus obras contemporáneas.
Detrás de este monumento sacro, y con el telón de fondo del imponente manto de lona roja que es firma y marca del espacio, hay dos obras que completan la instalación. Se trata de dos tapices de lana en color blanco y negro. La aparente sencillez de estos trabajos esconde, en realidad, una serie de capas de complejidad conceptual y práctica que vale la pena desarrollar. Los trazos negros sobre el fondo blanco, ambos de lana de oveja, no son teñidos, sino que corresponden a la esquila de ovejas de cada color. Están tejidos, además, según antiguas tradiciones de telar por una eximia maestra artesana del Perú.
Las formas en color negro reproducen dos huacas, una de Lima y otra de Tiahuanaco. Las siluetas de las ruinas de estos monumentos fueron pasadas a una composición isométrica para poder trasladarlas al tapiz. Luego, en el traslado manufacturado de las imágenes, estas terminan deformándose levemente, lo que agrega una capa estética y simbólica adicional.
Puesto el espectador frente a la obra, la sensación de sacralidad es completa. El marco que genera el espacio, en su austeridad y amplitud, no podía ser más adecuado para crear esa vibración particular e íntima que es propia de los lugares benditos.
Síntesis arquitectónicas le da al observador una gran cantidad de información, pero no lo apabulla ni lo aturde. La resolución estética a la que llega Zlatar logra resumir en pocos gestos una larga y riquísima historia. Eso solo puede hacerse luego de mucho tiempo de investigación y exploración, que combina el respeto por las formas y los contenidos con los intentos por darles a la historia y a las palabras un nuevo significado.
