Lo que se ve no solo se expresa en los gestos, que mantienen un nivel de incomodidad en las tres videoinstalaciones que, bajo el título El revés de la armadura, montó Silvia Rivas (Buenos Aires, 1957), por invitación en la Fundación Andreani, ubicada en el Barrio de La Boca. Pues si hablar de revés de la armadura supone hablar de lo que no se ve, es interesante lo que sostiene Enrique Lynch en su libro Ensayo sobre lo que no se ve, acerca de que “toda tentativa de representar se inscribe en el marco de una dialéctica elemental entre lo que se ve y lo que no se ve”. Parte de esa misma esencia reflexiva es lo que busca Rivas cuando se pregunta cómo representar con el lenguaje, con la imagen, con la materialidad y con sus recursos, las vulnerabilidades de una vivencia del tiempo y un estado del ser. Y lo consigue en parte por las acciones de estas mujeres que graba en distintas performances delegadas, como las llamó el crítico de arte italiano Eugenio Viola, actual curador en jefe del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), quien viajó a Buenos Aires en ocasión de la muestra. Son mujeres que se muestran inestables, vulnerables, dentro de una ropa que no las cubre ni las protege, manifestando dolor en sus rostros o buscando retener lo que está perdido. Los recursos se amplían cuando instala en el espacio, pues lo que sucede en las pantallas tiene un enorme correlato en la forma en que estas operan, forzando a recorrerlas de un modo particularmente alejado de la frontalidad de un plano de video.

El revés de la armadura supone un avance sobre ciertas formas de representar lo colectivo que ya estaban presentes en otras instalaciones, donde también usó el recurso de tensionar la arquitectura de la sala ubicando las pantallas de un modo inestable, inusual, como si cada cosa que usa le sirviera para fomentar una mirada sobre lo que no se ve. Justamente, es una artista que no deja librado nada a la casualidad y piensa sus proyectos buscando quién ejecute los actos que pide que realicen. A veces se trata de bailarines profesionales, pero en este caso decidió usar mujeres sin formación para que los movimientos no tuvieran un guiño a una práctica profesional. Arma la paleta de colores con la que no solo tiñe la ropa de los performers, sino que es la misma que usa en la luz de la sala y el ámbito donde se graba, de modo que la escena quede sumergida en una sutileza que aliviana en parte la carga de tensión que se siente al ver el disgusto reflejado en un rostro. Esta vez eligió la fragilidad del papel tratado con aceites para transparentarlo, confeccionando un tipo de vestimenta que no cubre y que en realidad parece molestar mucho a ese cuerpo cubierto apenas por un papel. También usa el látex para lograr un aspecto más cercano al vestido, pero en cada caso el sonido del video emite una voz que se articula en palabras indescifrables y se completa de jadeos, quejas, lamentos, temor, unidos con el sonido del papel crujiente que arropa los movimientos.
En el ingreso se podía leer una pregunta inquisidora para cualquier visitante: ¿Hasta dónde coincidimos con las formas que inventamos?; al costado de ese panel se ubicaba el video El revés, donde la lenta caminata de una mujer que apenas avanza produce un sonido que proviene de unas placas de porcelana ubicadas en el piso que dificultan la estabilidad al pisarlas. En la sala contigua, la videoinstalación Exuvia, una puesta en escena de la pérdida y la fragilidad, pues, como ha dicho la propia artista: “el disparador de la acción es esa vestimenta que es propia y nos representa y que muestra lo que hacemos: cubrirnos, dar una imagen que por varios motivos empieza a resultar ajena. Es al mismo tiempo propia y extraña”. Mientras que en la tercera videoinstalación, Asilo propio, la tensión se eleva notablemente, no solo porque las pantallas casi rozan el suelo marcando diagonales divergentes, sino porque una viga de hierro pende amenazante sobre el centro de ese núcleo de tres momentos de una performance donde el vestido se vuelve látex lo que lo hace más pegajoso, “casi como tener expuestas las entrañas”. Rivas sostiene que fue buscando evidenciar el conflicto entre la propia imagen que uno se crea y la confrontación con uno mismo, que tal vez descubre lo que ya te es ajeno y quieres quitarlo, como algo de ese resto de látex que también colgaba en la pared como parte de la muestra.
