No hay conocimiento sin geografía. Esta frase me resultó iluminadora y la comparto: cuando la geografía se incluye en los relatos orales, en la escritura, en el cine, en la escultura y en el dibujo, funda en el espectador y en el lector coordenadas de tiempo y espacio, construye lugares y nos permite entender el sentido de habitar.
Esta exposición puso frente al espectador una especie de montaña de fieltro, resultado de un viaje de Rosario López en la Serranía de La Lindosa. Esta serranía comparte las características y es la puerta de entrada al Parque Nacional Natural Serranía de Chriribiquete “el centro del mundo”, en el Departamento del Guaviare, que hace parte de la cuenca amazónica colombiana. Chiribiquete es una serranía de 300 kilómetros en la línea ecuatorial, una serranía de mesetas abruptas y escarpadas, tepuyes, que constituyen paredes verticales de piedra donde se han documentado más de 50 abrigos rocosos con pinturas rupestres, de 15 mil, 18 mil, 20 mil años de antigüedad.

Chiribiquete, en el idioma de los karijuna, quiere decir cerro donde se dibuja. En este lugar, un grupo de artesanos especialistas prehispánicos, prepararon los muros para trazar líneas rojas que limitan contornos sensibles, dibujos directos como frases, que dan cuenta de la vegetación exuberante, boas, hamacas y mochilas y sobre todo figuras humanas con brazos hábiles y en movimiento, en pleno baile, a veces alargados y con vestidos rituales, en medio de hogueras y jaguares. Los antropólogos colombianos entre ellos el pionero, Gerardo Reichel - Dolmatoff, y Carlos Castaño Uribe, quien descubrió estas pinturas hacia1991 (y sigue en su proceso de análisis y protección), han reconocido en las representaciones prehispánicas a la figura del chamán, un hombre o una mujer que une a las comunidades en torno al conocimiento de la selva y a la curación.
Es curioso: El tan citado artículo “El estadio del espejo como formación de la función del yo” de Jacques Lacan, se remite inmediatamente a los chamanes como estos personajes que investigan a fondo su contexto, escuchan, consuelan y cantan. Chamanes como mediadores psíquicos que ayudan a entender la experiencia cotidiana y el lugar en el mundo. El chamán entonces es el encargado de inventarse y promover dentro de la comunidad rituales de conocimiento, en los cuales presta su cuerpo para transformarse imaginariamente en anacondas y aves, pero sobre todo en felinos que dominan los secretos de la selva y por eso el hombre tiene la obligación de observarlos y entender sus movimientos y cautelas; esta auto transformación le permite al chamán entender cómo es vivir en su hábitat y compartir este conocimiento con quien lo necesite.
El pensamiento chamánico que se reconoce en todo Colombia prehispánica y en los indígenas actuales, se encuentra también en Bogotá: chamanes en oro de los diferentes cacicazgos sub andinos, encerrados en las vitrinas del Museo del Oro, con su boca cantante, tocado plumario o de cestería y en transformación: boca felina, brazos como murciélagos, aves en su cabeza, hombres en trance. En Chiribiquete los chamanes y toda la comunidad están pintados frente a la selva.
Rosario López nació en Bogotá en 1970. Es una artista con una inmensa curiosidad por los materiales y es por eso que en su trabajo los interroga y les da la posibilidad de hablar en términos de su propia experiencia más que en el de la abstracción. Puedo decir que
Rosario López inauguró en Colombia desde finales de los 1990 la escultura blanda y una reflexión sobre la no forma: en sus exposiciones, bojotes de látex se instalaron deformes en el espacio; pero también, hemos visto telas rellenas de arena como picos de un glacial, trapos cosidos y colgadas como los muros de Cusco, fique deshilachado y colgado del techo como nubes. Toda su obra cumple varias funciones en la ampliación de sensibilidad: por un lado, le hace el guiño al espectador para que considere el arte como una expedición a diferentes territorios y por otro hace evidente las posibilidades del material que a veces resulta extraño y dadaísta por qué no, con la solvencia y el descaro que tiene lo blando de hacer lo que le plazca. La escultura blanda de Rosario López no intenta representar, sino que acepta la lucha particular de un material por existir. Para ella es claro que el mapa, la representación como lugar de llegada, no es el territorio: se necesita la experiencia para inquietar la representación. Esta exposición entonces estaba constituida por una montaña de más de 6 metros, en fieltro, colgando en el espacio. Algunos pictogramas bordados encima y pequeñas telas indicaban los nombres de las artesanas indígenas de la región. Objeto blando táctil y cercano. Además, la exposición mostraba el interés de Rosario López por inscribir en esta cultura occidental y de urbanitas los dibujos prehispánicos; para lograrlo, consiguió manteles y carpetas bordados con punto de cruz, canastas y rosas, como nos enseñaron en el colegio, bordados burgueses estilo María Antonieta, y, al lado, ella bordó en rojo, algunas figuras precolombinas que conoció en su viaje. Inscribir: incluir en nuestro pensamiento lo olvidado.
La montaña de fieltro volvió a la Lindoza. Me dice: “Viajé hasta la roca con las artesanas del resguardo La fuga y nos gozamos ese viaje completico. Instalamos la tela en el resguardo y luego vino el baile del Carrizo con sancocho que todavía siento en el cuerpo”. La no forma...la tras escena de la forma, lo vital. La escultura entonces como geografía, pero también como escucha, como experiencia que se deja afectar y está en permanente auto transformación.
NATALIA GUTIÉRREZ ECHEVERRI
