En enero de 2022, tuve la oportunidad de visitar el Museo Marte de El Salvador. Viajé con la intención de ver personalmente la última propuesta del artista Ronald Morán (1), “Por encima del jardín”. Las fotografías que recibí del artista me sorprendieron, pero necesitaba estar en el espacio para comprender la magnitud del proyecto y su unidad conceptual.
Sentí que estaba frente a una extraña paradoja: ¿cómo pueden ser bellos estos objetos filosos, altamente peligrosos, derivados de la concertina de púas? Herrera la nombra “Razor”; en Honduras, se le conoce con el nombre industrial de serpentina. Concertina o serpentina es lo mismo; tiene la misma función: proteger con sus garfios de acero la propiedad pública o privada, bien habida o mal habida.

Resulta irónico destacar como bello, eso que experimenté al ver la obra de Ronald Morán, pero en una entrevista (2) realizada al artista, este reafirmó este contrasentido perfectamente programado; allí sostiene lo siguiente: “El descontento social y la inseguridad van de la mano; quiero hacer una ironía de algo tan grotesco, tan duro y tan peligroso, y, a partir de eso, hacer algo verdaderamente hermoso como la forma de una flor, crear un conjunto y hacer un jardín”. El artista ya advertía o dejaba claro cuál sería su método en “Por encima del jardín”: establecer un ángulo crítico que vislumbre las relaciones entre lo bello y lo grotesco. Morán propone una extraña metáfora donde dialoguen el filo de una navaja con la tersura de una flor.
No se trata de esconder lo terrible de la existencia humana; eso sería caer en el burdo “embellecimiento de la realidad”, o en lo que se conoce como “estetización de lo real”. Lo que disuelve este nudo entre belleza y tragedia, entre belleza y desconsuelo y sus diferentes antítesis, son la ironía y la pertinencia conceptual de la que habla Danto (la belleza es inherente al significado de la obra). Es esto lo que hace posible que el razor, concertina o serpentina puedan transformar su grotesca apariencia en el bello ritual de un jardín, o, dicho de otra manera, que la belleza de una flor pueda estar contenida en el desgarrador filo de una navaja. El texto de Matsuo Bashō, que Adriana Herrera dispuso a manera de epígrafe en el trabajo que escribió sobre el proyecto del artista, lo dice todo: “Nunca lo olvides, caminamos por encima del infierno, contemplando flores”.
“Por encima del jardín” confirma una característica general de la producción artística de Morán: su concepción irónica de la belleza. En sus distintos proyectos, percibimos su contrasentido: el traslado de una realidad caótica y dolorosa a modelos formales que, al internalizar sus contenidos disidentes y controversiales, desalientan de inmediato el aura de belleza con que reviste delicadamente sus objetos. A este procedimiento del artista, Adriana Herrera le llama “estética de la paradoja”, mediante la cual Morán diseña “una poética sutil que enfrenta el peso de lo real con la levedad de la imaginación, pero sin quitarle el ojo de encima… Esa operación poética conserva –como la totalidad de su obra– la precisa referencia de lo real que nos pide contemplar y, a la vez, mover de lugar”(3). ¿Mover de lugar? Claro, a esto es lo que la teoría del arte ha llamado “descentralización”; el término tiene varias acepciones, pero aquí funciona como el proceso que permite trasladar psíquicamente el sentido de una imagen; en este caso, el traslado no solo es visual o perceptivo, también es cognitivo, y, por lo mismo, modifica nuestro estado de conciencia sobre lo real. En el fondo, esta es la búsqueda que nos propone Morán para movernos por su azaroso jardín, que comienza con los cuadernos que durante la pandemia llenó con dibujos que, partiendo del alambre espinado, originaron el proceso de las demás obras en múltiples medios: papeles colgantes translúcidos que proyectan sus formas en la pared, arbustos espinados instalados en la pared, varios jardines de filoso metal, una enorme instalación en forma de barricada que inunda las proyecciones de la serpentina y un video que lleva la imagen de las púas hasta el mismo cielo creando una fricción entre la inmensidad abierta y lo cercado.
En este proyecto el objeto se desaliena y, gracias a su fuerza irónica, se traduce en un objeto provocador que adquiere una poderosa carga humana, expulsando así toda acción fetichizadora de la obra. Esta es la estrategia que permite al artista evadir la “despotencialización” de esas formas orgánicas que constituyen su jardín. No estamos frente a objetos que neutralizan o anestesian nuestra experiencia crítica; más bien, la utilización de materiales altamente peligrosos para representar esas flores, plantas, mariposas, esos pájaros, entre otros, traduce su brillo en un opaco contraste que desgarra todo lo existente como un cuchillo afilándose en la oscuridad de la sangre.
Morán no evade los recursos estéticos heredados de la tradición; al contrario, los enfatiza para disolverlos en el ácido de una crítica que aborda problemas existenciales situados más allá de la pandemia. Su práctica artística no aspira a mostrar la belleza, aspira a problematizarla, es decir, a trocar el encanto en un jardín donde agoniza la luz. Morán nos confronta con una belleza aparente que pretende evaporar, sin conseguirlo, la densidad de una vida que exige recuperar su dimensión humana.
NOTAS
1. Ronald Morán nació en Chalchuapa, departamento de Santa Ana, El Salvador.
2. Arteturismo 503. 9 de noviembre de 2021.
3. Adriana Herrera, Por encima del jardín, texto para el catálogo de la exposición.
