La importante exposición individual realizada en la Fundación Amparo de la ciudad de Puebla, de febrero a mayo de 2017, intitulada “Materia lítica: Memoria /Procesos /Acumulaciones”, para la cual la artista mexicana Perla Krauze (1953) había explorado durante varios meses la región, visitando canteras y salinas, dialogando con talladores de piedra y otros artesanos, ya tenía por objeto interrogar la relación de los habitantes con su contexto y evaluar su naturaleza. La actual instalación, de gran envergadura, presentada en el MUCA, bajo la dirección curatorial de Michel Blancsubé, retoma esta idea: la incidencia de las características de una geología específica sobre el entorno –esta vez, el Pedregal volcánico al sur de la ciudad de México–, pero “reinterpretándola” sobre los 2.000 metros cuadrados de suelo de la exposición, sin olvidar las cuatro paredes circundantes. Cercana a las ideas de Robert Smithson y su concepto de Nonsite, desarrollado desde los años 60, el proyecto estético de Krauze parece alimentarse también de influencias de artistas diversos como Anselm Kiefer, de artistas del Land art como Andy Goldsworthy o como Mario Merz, si hablamos del arte povera, esto sin olvidar la proximidad que ella misma reivindica con el mexicano Mathias Goeritz, en cuanto al uso del pan de oro. Esas herencias, conscientes o inconscientes, la ayudaron a ampliar su intención inicial: transferir los elementos constitutivos de un lugar a otro, enriqueciéndolo con el aporte de sus propias creaciones, tales como piezas en resina coloreada –generalmente azul índigo–, improntas de huellas y trazas de piedras sobre papel y tela, moldes de rocas en resina, cianotipos sobre telas de lino y algodón, flores y ramajes de plomo y aluminio a la cera perdida, placas de aluminio, calcos con grafito sobre lienzo, integración del agua en ciertas piezas, ciertos videos, etc. Así tomó forma la reconstitución de ese inmenso paisaje mineral que se impuso en el espacio del museo de la Facultad de Arquitectura, como estética y también como concepto, afirmando una identidad sui géneris de gran fuerza vital y formal.

En esta megalópolis saturada, víctima de anarquía urbanística y de un desarrollo constructivo exponencial (casi 25 millones de habitantes), los espacios naturales preservados o rehabilitados, como los parques, son escasos. Aparte de gran parque de Chapultepec (centro oeste), que data del siglo XIX y alberga tres de los museos más importantes de la capital, el distrito de Pedregal, en el sector sur de Ciudad de México, es algo único, puesto que está construido sobre una corriente de lava, donde se encuentran, además de la Ciudad Universitaria, edificios de apartamentos y casas individuales. Perla Krauze necesitó una energía extraordinaria para afrontar el desafío de “reinterpretar el Pedregal” en un espacio tan vasto, integrando piedras, rocas, plantas y flores para crear una instalación fuera de lo común, tanto en el suelo como en las paredes de la inmensa sala. Un largo tiempo de reflexión y un agudo sentido de apreciación del espacio permitieron a la artista crear esta escenografía/museografía, cuyos elementos constitutivos –la variedad de piedras, obras e instalaciones expuestas– son imposibles de contabilizar.
Hace ya varios años que Perla Krauze trabaja in situ recolectando diligentemente materiales, en su mayoría piedras y rocas, pero también plantas, ramas y flores, en los lugares donde realiza su investigación. Lo que la guía y la inspira es un trabajo de memoria sobre lo que nos vincula a los orígenes: la tierra, las piedras, las plantas, el agua… “El mundo comenzó con las piedras y su observación nos procura emociones”, declaraba Roger Caillois, escritor y coleccionista de minerales. La selección de la forma y el tamaño de la piedra, su naturaleza –calcárea, volcánica o granítica–, su textura rugosa o lisa, nunca son fruto del azar. La artista escoge, reúne, dibuja, imprime, organiza e instala. Ella construye una geometría imaginaria, una recomposición concebida como eco del desorden natural, pues, para ella, la creación enfrenta oposiciones para repensar mejor la memoria del mundo. Su interés y atracción por el mineral, convertido en la materia prima de su trabajo de escultora/ intervencionista/ instalacionista, se remontan a la infancia. En efecto, fue en ese distrito llamado Pedregal donde tuvo contacto, desde muy joven, con un contexto particular: una corriente de lava solidificada producida por la erupción del volcán Xitle, en 1635, que creó una vasta extensión volcánica de 80 kilómetros cuadrados y configuró un paisaje definitivo, ayer virgen de construcciones, hoy en día salvajemente urbanizado. La única zona que se salvó para convertirse en una reserva ecológica es aquella en donde, en los años 50, con piedras volcánicas, se construyó la Ciudad Universitaria de México. (También el friso esculpido –seguidamente policromado– por Diego Rivera, para el Estadio Olímpico, fue hecho con lava del Pedregal).
A este vasto y organizado complejo se ingresa por un estrecho corredor en forma de embudo, cuyas caras están formadas por un conjunto geométrico de piedras volcánicas grises. En el suelo, fragmentos irregulares, más claros, se reúnen en forma de mosaico, incrustados con pequeñas piezas coloreadas con pan de oro. La irrupción en la inmensidad del lugar y el descubrimiento de las instalaciones como “islas” que se bastan a sí mismas estéticamente, pero que participan también de un todo pensado globalmente, se convierten en una experiencia iniciática. Ante una acumulación difícilmente abarcable con la mirada, el visitante se siente abrumado. No obstante, pronto comprende el carácter racional de la escenografía y la imbricación significativa de los diversos elementos expuestos. Algunas de esas “islas” están compuestas de materiales sólidos, como planchas de aluminio recuperadas de la imprenta offset de su padre –cuyo reverso sorprendente muestra las huellas de antiguas impresiones–, y sirven de fondo a una escultura en resina negra (cuyos pliegues nos recuerdan al escultor inglés Tony Cragg), réplica de una roca volcánica escogida por la artista en el Pedregal.
Para su ambiciosa reinterpretación del Pedregal, Perla Krauze integra el elemento líquido en varios lugares como el “estanque”, sobre el que cuelgan lianas y hojas de plomo y aluminio. Volvemos a encontrar esta presencia de agua en la combinación de cuadrados de plomo que dibujan una especie de rompecabezas/rayuela/espejo gigantesco. Otras dos “islas” incorporan un material ligero y transparente, una tela velo estampada con flores, rocas, plantas y hojas, que asocian el blanco con un azul cercano al azul añil de México; dicho material aparece de nuevo formando un módulo redondeado que alberga el video (ahora con estampados predominantemente verdes). Estas dos últimas instalaciones introducen una nota de ligereza y vida, al igual que los montículos de piedrecillas en ocre rojo, en torno a la base de los anchos pilares, redondos y blancos, que sostienen el techo de la inmensa sala de exposición. Porque en este universo de rocas y piedras más bien sombrío, es la artista quien, con sus intervenciones en resina, aporta las escasas notas de color. Además, todas las plantas que crecen en la corriente de lava están aquí representadas de una u otra forma: moldeadas en aluminio o grabadas e impresas sobre la piedra, sin olvidar aquellas pertenecientes al Herbario del Pedregal, y las plantas y los arbustos secos recogidos por la artista, presentes en la exposición.
Pero otro espacio museográfico no menos importante, pues, en cierta forma, hace eco a la escenografía del suelo, es el que ocupa las paredes. Como un libro abierto donde la lógica se afirma frente al caos, entran en escena juegos de contrarios que alimentan la reflexión de Perla Krauze: fragilidad y solidez, plenitud y vacío, transparencia y opacidad, orgánico y geométrico, tangible y evanescente, vertical y horizontal. La museografía de tres paredes presenta un elegante montaje constructivo en compartimentos, donde vacíos y llenos se alternan en gran equilibrio, con el blanco muro de ladrillo como fondo natural de la composición. En este juego entre lo vertical y lo horizontal (donde abundan las “escaleras” como composiciones geométricas), especie de damero de dimensiones desiguales, el triunfo de la mano del hombre para la “puesta en forma” y estetización del material bruto es la respuesta sofisticada a la organización del mundo.
La naturaleza nunca está lejos, en esta oda a la tierra/materia y a la riqueza que nos brinda (plantas, flores, árboles). Esta instalación de dimensiones insólitas es un canto/campo visual, táctil y sensible, donde se confrontan el orden y el caos, la destrucción y la reconstrucción. El tema de la huella, y por tanto de la memoria, es el eje de la reflexión de Perla Krauze, así como el de la transmisión, heredada de la tradición judía de las piedras con las que los vivos recuerdan a los muertos. El paisaje es para ella un lugar de experimentación creadora, gracias a la piedra como tema; es también un acto fundacional para encontrar, en el recorrido ofrecido libremente al visitante, el camino para la preservación de lo que existe, reconstruyendo un testimonio estético, frágil y subjetivo, de pertenencia y perennidad, que desafía las amenazas de destrucción, naturales o simplemente humanas.
