El recorrido de esta exposición empezaba con una frase de Nietzsche tomada de su obra emblemática Así habló Zaratustra: “Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: Cómo el espíritu se convirtió en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño”. Casi se podría decir que el recorrido empezó por el final: el niño. Hay leones, ramas de árboles, banderas, fotografías de niños, siluetas de animales, y en la medida en que nos íbamos adentrando en el espacio, íbamos recorriendo, como en un sueño, un espejo retrovisor de sensaciones que profundamente iban convirtiéndose en una experiencia estética, cuyo eje estaba focalizado en el niño, en el origen.

En su teoría sobre la revolución agrícola, Harari nos cuenta que en la historia de la humanidad hubo un punto de inflexión donde se gestó la necesidad de crear asentamientos y empezar a “controlar” la naturaleza. Se empezaron a generar cultivos de alimentos para poder satisfacer las necesidades de pequeños asentamientos, y de allí, para poder comerciar con otros asentamientos que requerían un poco de aquí y algo de más allá. Uno de los puntos fuertes de la teoría es el de cuestionar a dónde nos ha llevado todo esto. Porque de allí nacieron la historia del trabajo, del comercio, de la riqueza y pobreza, de las civilizaciones. Y de 300 mil años que lleva el Homo sapiens en un mundo que llevó consolidarse millones de años, esto ha sido un paso demasiado rápido para que el cuerpo se adapte a las nuevas exigencias. Es decir, hay un ser natural, primigenio, que se revuelca todo el tiempo dentro de nosotros y que llama al estado original de las cosas, aquel estado antes de la revolución agrícola. Seguramente aquel estado que reclama de manera permanente Nietzsche en sus reflexiones sobre el origen y el volver al origen, al chamán, al niño.
Algo similar sucede con el colonialismo y sus persistentes motivaciones por imponer ideas, creencias, símbolos y nuevas formas de existir, frente a estructuras aparentemente más frágiles pero que con el tiempo siguen aferradas a sus orígenes. El tiempo termina siendo testigo de pequeñas transformaciones que apenas le hacen mella a aquel personaje que deambula entre varios mundos. En ese orden de ideas: ¿qué es una bandera? ¿Una nación? Mario Opazo nos propone un conjunto de banderas que no son más que representaciones simbólicas de un Estado que busca identidad, historia y marco de referencia sobre algo que aquel ser primigenio se resiste a entender. Su apuesta está centrada en una bandera continental. Algo que se inserta más en los millones de años que lleva un continente en formarse que en una representación contemporánea que mañana puede verse transformada sin que genéticamente resulte afectada una persona.
El recorrido seguía con siluetas de fauna: un chigüiro, una danta, un caimán, etc., contrapuestos con siluetas de recortes de cajas de fármacos que se usan para controlar efectos de toda esta construcción histórica del ser humano: la esquizofrenia, la depresión, la ansiedad. Pastillitas de la felicidad, que, tristemente, lo que hacen, en últimas, es generar dependencia a la felicidad. ¿Es ese el mundo que hemos construido y al que nos hemos aferrado en estos muy cortos 300 mil años? ¿Promover una revolución agrícola para poder estar tranquilos, y el efecto ha sido claramente lo contrario? El animal que hemos tratado de eliminar, la naturaleza que buscamos controlar, y aun, la felicidad que tanto queremos meter en un frasco, nos recuerdan que cada vez estamos más lejos de ese ser humano chamánico que coexistía con la naturaleza y que se rendía a otras formas de representarse simbólicamente con el entorno. No en vano, además de pepitas de la felicidad, nos inventamos en Colombia la Bienestarina: un complemento alimenticio que, se supone, como su nombre lo indica, logra el bienestar de todos los niños. Muchos años de Bienestarina, casi 50 años, ¿realmente han logrado el bienestar?
La exposición era una instalación ampliada que, aunque suene atrevido proponerlo, gira en torno a un mono de cobre hipnotizado por la llama de una vela. Aferrado a una rama de árbol, gira su cabeza estupefacto hacia una vela encendida que va chorreando lentamente la cera con la que se va alimentando. Tres elementos sencillos: mono, rama y vela; y un detonante fundamental: fuego. Todo ello reclama silencio, meditación, contemplación. En esta sencillez, se enuncia todo lo que se veía en la exposición. Opazo nos lleva de la mano hacia aquella cueva donde todo era tan distinto. La humanidad creció; se hizo más adulta, se vió construyendo un mundo “mejor”, pero todo de manera tan rápida que aún sigue estando aferrada a ese niño que la cuestiona con sencillez. De eso va la muestra que iniciaba con el final: el niño-chamán, como bellamente lo dice Mario Opazo, “un ser que vive la dimensión de las cosas sin nombre”.
