Nara Roesler New York presenta “Maria Klabin: Liquid Air”, la primera exposición individual de la artista brasileña en Estados Unidos, con la curaduría de Luis Pérez-Oramas. La muestra consta de diecisiete obras pictóricas, que van desde pequeños hasta grandes formatos, e incluye tres tipos de imágenes: detalle de objetos cotidianos, escenas de somnolencia y composiciones de estructura paisajística. En apariencia, podría considerarse que se trata de distintos temas; sin embargo, todo el cuerpo de obra realiza un ejercicio de intimidad, en donde lo que tenemos es una fractura constitutiva de la intimidad; bien sea una pequeña fruta recién desgajada, una modelo que se ha quedado dormida, o una imagen aparentemente paisajística, lo que hace Klabin es estructurar escenarios, en donde el lenguaje pictórico es el medio para llevarnos a nosotros, a los otros, hasta su intimidad.

A lo largo de la historia, los espacios privados han sido utilizados para el ejercicio de la autonomía personal, y como espacios de resistencia frente a todo tipo de borramientos de memorias e historias. El ámbito personal es, entonces, un espacio de imaginación, reconocimiento, autoaprendizaje, autocontemplación, deseo, erotismo y autorrepresentación. Durante la pandemia, Klabin aprovechó los tiempos de aislamiento; los objetos de su entorno adquirieron mayor relevancia; el espacio cotidiano se reveló generosamente, y “le permitió aprender de él y la llevó por otros caminos”. En una ocasión, la modelo se quedó dormida; ese cambio de un sujeto activo a uno en quietud, probablemente en sueños, transformó la mirada de Kablin sobre el paisaje cotidiano. Las relaciones entre sujeto, objetos y la artista se enmarcaron, ya no en la acción de la modelo, sino en un entorno de elementos domésticos, habitado por su mirada.
Aunque la artista usa el encuadre, la selección del mundo a través de la cámara para detener su mirada, ella no copia las imágenes fotográficas, sino que las desensambla; esta separación de elementos quiere revelarnos esos objetos que desde su intimidad son distintos de tantos otros objetos; pero en su fuero más íntimo, lo que logra es descubrir otra cosa, como una dimensión de las delicias de su intimidad. De esta manera, nos posiciona en lo más interior, lo más intrínseco, y, sin embargo, nosotros seguimos siendo parte del exterior; entonces, lo familiar se convierte en extraño, y aquello que estaba destinado a permanecer oculto sale a la luz a través de la materia pictórica, pero en nosotros.
A fines de la década de 1990, la artista se mudó a la ciudad de Nueva York para continuar sus estudios de fotografía, y poco después se unió a la Art Students League de Nueva York para continuar el estudio del lenguaje pictórico. Tanto en las escalas íntimas como en las monumentales, en cuanto al tratamiento pictórico, las obras que hacen parte de la exposición presentan tres características relevantes relacionadas con su formación artística previa: primero, la fluidez de la materia pictórica hace evidente el disfrute de la grasa del óleo; pinceladas densas, amplias y aguadas muy líquidas dan cuenta de una especie de “danza gestual”, probablemente relacionada con su experiencia como bailarina. Segundo, a pesar de que son obras bidimensionales, el tratamiento del espacio y los elementos que lo componen presentan una mirada mucho más tridimensional. Si bien la artista acepta el concepto tradicional de ventana, en donde miramos hacia adentro, los planos se fracturan, y pareciera que necesitamos dar la vuelta para mirar desde otro ángulo; esta relación espacial posiblemente parte de sus intereses juveniles en la escultura. La composición de las obras, en particular las de gran formato, como Liquid Air (2021/2022) y Blue Landscape (2021/2022), está llena de detalles o pequeñas escenografías, que parecieran devenir de los diferentes elementos extraídos de las fotografías, que terminan por constituir una imagen robusta y generosa al ojo.
Si bien la extimidad se construye sobre la intimidad, esta se vincula esencialmente con aquello que es invisible o impenetrable, porque lo íntimo suele quedar en lo profundo. En este sentido, la obra que hace parte de la exposición, si bien surge del interior y de la mirada de la artista, paradójicamente, a la vez que el ejercicio pictórico nos ubica en sus escenarios internos, obligadamente lo hace desde nosotros como un exterior, que constituye su intimidad. “Liquid Air” de Maria Klabin es una muestra en donde el ejercicio de la pintura es generoso en las materialidades, ofreciéndonos una experiencia amplia que acude a nuestros sentidos, para conectarnos desde el exterior, y darnos acceso a la intimidad de la artista.
