Exposición Individualdic 2022 - may 2023· Por Santiago Rueda

Jorge Alonso Zapata

Centro Cultural de EAFIT

En el Centro cultural de EAFIT se presentó desde diciembre de 2021 la exposición retrospectiva de quien quizá sea el más activo cronista de la ciudad, Jorge Alonso Zapata. Artista autodidacta, en las dos últimas décadas ha elaborado una obra notable y extensa, dedicada por entero a la marginalidad de la ciudad en Colombia que más ha sufrido una larga historia de criminalidad y narcotráfico, Medellín. Su obra se caracteriza por la captura –a la manera de un reportero gráfico– de escenas callejeras, donde todo tipo de comercios –del cuerpo, las drogas, de lo importado, lo contrabandeado, lo reducido y lo falsificado– se constituyen en núcleo de la actividad humana, y donde vendedores ambulantes, músicos callejeros, policías, prostitutas, niños, mendigos, ladrones, enamorados y despistados transeúntes, se relacionan y entrecruzan. En sus tumultuosas escenas, Zapata retrata, con extrema atención al detalle, una realidad contrastada, donde conviven indistintamente la ternura, el amor, la agresividad y la violencia. En ebullición, el colorido estridente –propio de estas calles– es revivido por el artista, no solo en sus “pinturas de caballete”, sino también en la multiplicidad de objetos que reelabora y decora –CD, baldes, cajas, etc.–.

Exposición Individual: Jorge Alonso Zapata — imagen 1
Jorge Alonso Zapata. Nuevos Horizontes II, 2015. Acrílico sobre aviso publicitario en lona y madera. 98 x 137 cm (38 37/64 x 53 15/16 pulgadas). Cortesía Centro cultural EAFIT.

Zapata es el continuador de ese particular visión crítica, corrosiva y cargada de humor negro que ha sido propia de los más notables artistas de la ciudad, desde el caricaturista Ricardo Rendón, activo en la década de 1920, pasando por Débora Arango, artista insigne de la ciudad, en sus pinturas del periodo 1940-57, hasta los artistas de hoy, el propio Zapata y sus contemporáneos Camilo Restrepo y el fotógrafo Santiago Mesa. En noviembre de 2019 entrevisté a Zapata, indagando sobre su interés en el submundo, en retratarlo y, además, en habitarlo. En el contexto de Mona®Co, memorias (i)lícitas contadas sobre el arte, pregunté a Zapata por su obra, y la envolvente atmósfera de tráfico y consumo de sustancias ilícitas en este entorno, circunscrito al centro de Medellín, y respondió: “Casualmente, este tipo de lugares lo buscan a uno, caminando por esa calle Barbacoas descubro el Bronx y me adentro, y comienzo a encontrar historias de todo lo que sucedía ahí, historias que me han buscado de una u otra manera. Era un deber empezar a contar estas historias que nadie quería contar. Ahora el Bronx se trasladó frente de mi taller, convivo con estas situaciones, todo el tiempo están ahí y uno ve los fenómenos de consumo las 24 horas, una empresa rentable y eficiente, hay aprovisionamiento todo el tiempo, cuando llegan los operativos de policía, a los diez minutos ya está todo otra vez armado. ¿Qué puedo decir? Las imágenes se desbordan y es imposible pasar indiferente ante todo esto y dedicarme a pintar flores y vacas. Deseo que la gente dialogue con estas historias y de una u otra manera esto se haga público, y esté en lo público”.

Como una manera de entrar en una discusión en y sobre lo público, Zapata hace su versión de la pintura fundacional de la identidad antioqueña, Horizontes (1913) de Francisco A. Cano. En la obra original, una pareja de colonizadores, él con su hacha, y ella con su niño en brazos, miran en un momento de descanso el paisaje aún virgen de las selvas antioqueñas. El hombre señala a su mujer con su brazo extendido –tomado de la creación de Adán de la Capilla Sixtina– el futuro esperanzador que les espera.

En la obra de Zapata, el colonizador empuña un celular para fotografiar, no el biodiverso futuro, sino la gigantesca explosión producida por un avión de combate. Helicópteros artillados preparan un desembarco, y en las faldas de las colinas una multitud marcha agitando la bandera de la paz. La cordillera enseña otros cerros destripados por la minería a cielo abierto, mientras un río corre contaminado. Lo más interesante, quizá, es el personaje femenino. En vez de la abnegada mujer blanca de la pintura original, nos encontramos con una voluptuosa y tatuada mujer afrodescendiente, de larga cabellera rubia y cadenas de oro, que, en vez de sostener a un niño de brazos, carga en sus rodillas un laptop y sostiene con su mano la correa de su mascota, un perro. Un retrato demasiado real de la realidad rural de Antioquia hoy.

La exposición de Zapata, y los nuevos horizontes que señala, fue curada por Sol Astrid Giraldo, y no puede verse fuera de los recientes intentos de recuperación de la memoria oculta de la ciudad. Este intento de recordar y entender lo reprimido –consciente o inconsciente– que se ha manifestado de repente en Medellín, quizá en sintonía con los cambios sociales de la Colombia de hoy, ha sido organizado por colectivos relacionados con el campo artístico, entre los que se cuentan Narcos Lab, el libro-proyecto artístico Expurgo de Mauricio Cardona, y el ya mencionado Mona®co, generado por Harold Ortiz y el autor de estas líneas.

Finalmente es grato resaltar que esta dolorosa y, a la vez, divertida exposición tuvo lugar en la sala de exposiciones de EAFIT, sede de importantes retrospectivas de artistas notables de la ciudad –poco vistos fuera de Medellín– como Marta Elena Vélez, Ethel Gilmour, Flor María Bouhout y Álvaro Marín, y se editó esta vez, como en el caso de los artistas mencionados, un catálogo de su obra.

Jorge Alonso Zapata, por Santiago Rueda | artnexus