“En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues)] somos y no somos [los mismos]”. Eso dejó escrito Heráclito de Éfeso. Una frase fascinante por su ambigüedad, aunque no tanto si viene de parte de quien afirma que los opuestos no se contradicen, sino que conforman una unidad en constante dinamismo. El Panta Rei, el todo fluye, se interpreta como la certeza de que el agua del río cambia permanentemente, mientras que el cauce no, ya que es la guía de su movimiento. El cambio no es sólo un aspecto de nuestras vidas, sino nuestra esencia.

En trabajos anteriores de Gianfranco Foschino (Chile, 1983), como Towadako (2021), el agua ocupa toda una ventana de video. Una amplia vista cenital de un lago fraccionado por el oleaje que refleja la luz del sol. En su nueva obra visual, Reflecting Pool (2022) –que recoge “un movimiento que no se mueve”, las ondas que se multiplican en el agua, reproducidas en una pantalla en secuencia de plano fijo–, el objetivo de la cámara se acerca a apenas unos centímetros de la superficie. Lo hace inspirado por una entrada en el diario personal del artista Bill Viola relacionada con su deseo de buscar un lugar que le dé sensación de fin de mundo, a “pararse a mirar el vacío y luego el mundo que sigue más allá”, para después confesar que ese vacío se encuentra en su interior. Siguiendo la ecuación, en su siguiente aproximación, Foschino acabará dentro del elemento mismo.
Reflecting Pool es un haiku bidimensional. Durante varios minutos, los círculos crecientes que interrumpen la quietud del agua forman un caleidoscopio natural. Por un momento, establezco una conexión entre la imagen y las vibraciones del suelo de la galería provocadas por el cercano tráfico, el río de autos en el que entramos y no entramos. Sigo frente a este trabajo introvertido, detenido mirando ese charco que no me refleja ni a mí ni a la cámara que lo grabó, sino a unos árboles y al cielo que se deja entrever entre las hojas y las ramas.
En otro de los muros se encuentra un segundo video, Una sola gota (2021), aún más cercano a lo micro. El centro de la trama es una minúscula rama, en cuya punta se va formando poco a poco una gota de agua. La contemplación se estanca hasta que llega el esperado desenlace: la gota cae de la rama. No hay suspense, nuestra mente no se prepara para lo sorpresivo, sino que pacientemente aguarda la acción lógica, el descenso de la acumulación de rocío. Y mientras que aquí hay una concentrada expectación por parte del espectador, en Reflecting Pool no hay ni espera ni predisposición a lo inesperado, sino contemplación meditativa. Una novedad en el cuerpo de obra de Foschino, quien nos tenía acostumbrados a trabajos como The Kids & The Axe (2012), en los que la atención quedaba fijada por una sensación de suspense. Incluso, en Ando (2021), donde el protagonista es también el mundo vegetal, el público podía almacenar una dosis de inquietud.
Las reacciones provocadas quedan sublimadas por la ausencia de sonido. Sin audio de referencia, la apreciación se hunde en lo estético, en el pretendido componente pictórico de los videos del artista, quien está más interesado que nunca en la búsqueda de la pausa, en la emisión y en la recepción, frente al disparado “todo fluye” del presente. Un viaje estático hacia el interior en el contexto actual de circulacionismo y presentismo sin límites, y en el que todo se dirige hacia la externalización, y que son reflexiones implícitas en el ímpetu del artista. Un tercer trabajo, Oirase (2020), una cascada ubicada en Aomori (Japón) enlaza la influencia de la sensibilidad oriental con el entorno natural.
Existe otra salida posible en la misma sala de exposiciones. La huida de la realidad por la vía del sueño. El tercer trabajo que se presenta es Almas (2021), un paisaje desértico habitado por una vaca desubicada, inmóvil y perpleja, como si le acabaran de quitar el pasto del suelo. Tras varios minutos de impasibilidad, la vaca parece aceptar la desaparición de su alimento, y se va lentamente fuera de plano. Toda la escena, filtrada por capas de niebla, como ya ocurrió en anteriores obras de Foschino (Cima, del 2016, y Espíritu Santo #1, del 2013). La niebla, ese recurso tan cinematográfico para inducirnos al flashback o el sueño, dota a la acción de un síntoma surrealista. Sin embargo, la inclusión de lo onírico no nos distrae de la lectura entre líneas de este cortometraje. El paisaje como alegoría de la incidencia destructiva de la economía humana sobre la naturaleza. Más aún, si hablamos de Chile, país cuyos bienes naturales han sido privatizados, explotados, y, finalmente, en peligro de extinción.
JUAN JOSÉ SANTOS
