Las esculturas, las pinturas y los relieves producidos por el artista Frans Krajcberg revelan la articulación indisociable de su poética con la causa ecológica. Esto es lo que mostró la exposición “Frans Krajcberg (1921-2017) –Naturaleza en negro y blanco–”, recientemente en la cartelera de la Pinakotheke Cultural, en Río de Janeiro, en conmemoración del centenario del nacimiento del artista.

Creada en colaboración con la Asociación de Amigos de Frans Krajcberg y organizada por los curadores Galciane Neves y Max Perlingeiro, la exposición propuso un diálogo entre las obras del artista y fotografías y películas de Luiz Garrido, su amigo e incentivador permanente. Judío de origen polaco, Krajcberg llegó a Brasil en circunstancias trágicas, a los 27 años, buscando superar los horrores de la Segunda Guerra Mundial, conflicto en el cual estuvo personalmente involucrado y que le robó la familia, diezmada en los campos de concentración. Además de artista excepcional –premiado en importantes bienales, como las de Venecia y São Paulo, y con obras en las colecciones de destacados museos, como el Beaubourg, en París–, Krajcberg fue un artista activista ambiental, un combatiente, cuando la pauta ecológica todavía no despertaba interés en la sociedad.
En marzo del 2000, cuando yo trabajaba como crítica de arte en el periódico Gaceta Mercantil, en São Paulo, visité a Krajcberg, para escribir su perfil. La experiencia de convivir con el artista por cinco días fue fantástica. Largas conversaciones, en su atelier-santuario, situado en un terreno con más de un kilómetro cuadrado, resembrado con especies nativas de la “mata atlántica” (1), cercano a la ciudad de Nova Viçosa, en el extremo sur de Bahía. En esa ocasión, el artista me había contado que el autoaislamiento ya era uno de los principales objetivos de su vida, después de haber perdido a la familia en la guerra. Krajcberg se instaló en la inhóspita frontera entre los estados de Espírito Santo y Bahía, yendo en sentido inverso a la mayoría de los artistas, que apostaban por el prometedor mercado de arte del eje Río-São Paulo. Pero, al iniciar la construcción de su refugio particular –especie de templo artístico al aire libre con construcciones en madera como el enorme atelier piramidal y la Casa del Árbol, del arquitecto Zanine Caldas–, también estaba interesado en quedar más cerca de los materiales para sus esculturas, como los troncos retorcidos de los mangles.
Gran parte de esas obras traducen las razones que llevaron a Krajcberg a aislarse de las personas. Utilizando pigmentos naturales –negro y rojo, principalmente–, el artista no pretendía someter el repertorio de su poética solo a los varios tonos cromáticos del fuego. El color de la sangre y las formas retorcidas de los bejucos entrelazados también expresaban un contenido más amplio y subjetivo: una especie de llaga abierta en la sociedad, una herida incurable. “Mi arte debe expresar cada vez más mi revuelta. Y no es fácil realizar una escultura que grita”, afirmó, mostrando una escultura con dibujos circulares producidos naturalmente por el agua del río. Lo que mejor representaba la opción misántropa de Krajcberg, tal vez, era la Casa del Árbol, su residencia, construida entre las ramas de un gigantesco pequi (2), con cerca de siete metros de altura.
Krajcberg siempre estuvo al margen de las charlatanerías artísticas en Brasil. Mientras algunos artistas de clases sociales más altas podían darse el lujo de organizar encuentros amenizados con whisky en las recién abiertas galerías, Krajcberg trabajaba como encargado de los servicios generales en el Museo de Arte Moderno de São Paulo. Desde Europa, ya ejercía una vocación involuntaria para ser nómada: estaba siempre durmiendo en casas de amigos, pues no tenía dinero para pagar un arriendo (en Ibiza, España, llegó a vivir en una cueva). Uno de sus primeros anfitriones fue el pintor ruso Marc Chagall (1887-1985), con quien vivió durante cuatro meses en Francia, al final de los años 40. En Brasil, a pesar de las desavenencias con los concretistas, también recordaba buenos amigos, como Alfredo Volpi (1896-1988), con quien trabajó en la empresa Osiarte, pintando azulejos para los paneles de Portinari.
Cada vez más interesado en utilizar materiales naturales, Krajcberg acabó aislándose en Nova Viçosa. “En esta selva yo observo la vida pequeña, la vida de las hormigas”, me dijo al describir su gusto por el detalle, expresado también en las bellas fotografías de plantas e insectos que acompañan su trabajo. Solo el aislamiento puede conferir al artista la concentración necesaria para el trabajo minucioso, hasta en las esculturas monumentales, como tótems tallados en troncos, cuyos pigmentos adicionados por el artista acompañan los dibujos de las venas de los árboles.
En esta exposición actual, las fotos de su amigo Garrido expresan bien la relación del artista con la naturaleza; envueltos por hojas o barro, sus retratos expresan la condición de un poeta visual de la naturaleza. La idea de “negro y blanco” como pauta de la exposición, también se tornó una opción bastante pertinente en relación con su poética. Al final, partió de las propias palabras del artista: “Soñé, y al despertar, la naturaleza estaba negra y blanca. […] El blanco atenúa la negritud de los árboles quemados”. Sin colores, sus formas retorcidas ganan la importancia de la organicidad; parecen representar el silencio de quien se calla ante las perversidades de la humanidad.
NOTAS
1. Selva característica de la costa del centro-sur de Brasil.
2. Árbol de la familia de las cariocaráceas, muy grueso y característico de las zonas selváticas tupidas.
