Durante el aislamiento por la pandemia del COVID-19, todos estuvimos expuestos a una experiencia del tiempo completamente diferente de aquella a la que estábamos acostumbrados. La suspensión de las divisiones usuales entre períodos de trabajo, descanso y pasatiempo hizo que el paso de las horas se transformara en algo que escapaba a los parámetros anteriores: algunos días parecían no terminar nunca, mientras que otros trascurrían vertiginosamente. Aunada a esto, la inseguridad en relación con el futuro hizo aflorar en mucha gente un sentido de urgencia. Esa necesidad de producir tuvo sobre muchos artistas el efecto de catalizar experimentos sobre nuevas técnicas, ya que, por muchos meses, no era posible acceder a diversos materiales, y las ideas solo podían materializarse con aquello que ya se tuviera a la mano. Así, para gran parte de la clase artística, el dibujo, la pintura y los formatos menores se convirtieron en los lenguajes expresivos más viables.

No fue diferente para Chiara Banfi. Lo que la artista tenía a su disposición eran papeles y tintas de acuarela. De cierta manera, parece hacer sentido explorar la disolución de los colores en una operación análoga a la disolución del tiempo que ella –la artista–, como todos nosotros, estaba viviendo. De allí viene el título de su individual, “Tiempo”, en la que la memoria, el ritmo y las investigaciones sobre el mundo natural (y hasta planetario) son la tónica. En casi todos los trabajos, además de la acuarela, se usó el permanganato de potasio, un remedio antiséptico que, con su coloración sanguínea, pone en juego las tensiones enfermedad/sanación, muerte/vida. Exceptuando la intervención en la pared del fondo de la galería, Convoluted universe (2022), en la que líneas serpenteantes venidas de varias direcciones convergen hacia una ágata similar a un huevo, los trabajos son de dimensiones intimistas, y las formas, orgánicas, tienden a los círculos y elipses, en consonancia con las órbitas de los cuerpos celestes. Esa escogencia va al encuentro de una concepción del tiempo circular (algo extraño para el pensamiento occidental), en el que los finales y comienzos se alternan, ampliando las percepciones de cada nuevo ciclo, que nunca se repite con exactitud de la misma manera. Lunas, planetas y órbitas pasan por transformaciones en una temporalidad infinitamente más extensa, si se la compara con la nuestra.
La presencia de secciones de ágata nos trae del cosmos de vuelta a nuestra Tierra. Se trata de una formación que nace de las entrañas del planeta y replica las mezclas de manchas que la artista explora en los círculos que puntúan la superficie de las obras, flotando sobre fondos blancos. No es de ahora cuando Chiara Banfi incluye minerales en sus trabajos, como turmalinas, obsidianas, y hasta ágatas, pero aquí las piedras mantienen cierta autonomía, por estar puestas fuera de los límites de los enmarques. Situadas en conjuntos que se aproximan cromáticamente, establecen diálogos y conexiones con las esferas pintadas, a modo de constelaciones. Hay una cierta insinuación de desplazamiento en el tiempo y en el espacio, toda vez que varias formas parecen reflejar diferentes posiciones de un mismo cuerpo. Ese dinamismo se refuerza con los títulos de los trabajos, como Calendario de febrero del 2020 (2020-2022), 5 Lunas de Plutón (2022) o Amarillo de la serie lunas llenas (2022).
A lo largo de su carrera, la artista mantuvo una constante investigación visual alineada a la música, en sentido amplio, desde la industria fonográfica, pasando por las técnicas de fabricación de instrumentos y alcanzando hasta los sonidos propiamente dichos. En “Tiempo” este aspecto se presenta de nuevo en más de una instancia. La división del tiempo es esencial en la creación musical, así como la pausa (o el silencio); la diferencia entre la pausa en la música y la “pausa” en la pandemia es que la segunda llegó como una necesidad de emergencia, tras la cual estaban el miedo, la inminencia de la muerte. La música es una decisión inspirada y, como creación, está motivada por una pulsión de vida. La obra Elza, Acuarelas de Brasil (2022) es una instalación con discos de vinilo hechos con descartes de LP coloreados y fundidos juntos, culminada en composiciones que emulan la técnica que predomina en la individual. Completa el trabajo un tocadiscos que reproduce una grabación rara de la cantora Elza Soares cantando, a capela, Acuarela del Brasil, canción emblemática y polémica del compositor Ary Barroso. El trabajo acaba funcionando como último tributo a la intérprete, quien falleció un día después de la conclusión de la serie.
SYLVIA WERNECK
