“Recuerdos del agua” es el nombre y el tema de la última exposición individual de Ani Villanueva, presentada en “El Castillete”, espacio privado dirigido por Verónica Liprandi y Patricia Morales, quienes conforman una dupla curatorial bajo la figura de Factotum CCS. En este lugar, la arquitectura y la luz cumplieron un papel preponderante no solo para la visualización de las piezas, sino como escenario para el performance inaugural que realizó la artista.
El agua y sus diversos modos de expresarlo fue el eje central de la muestra. Como es ya conocido, la naturaleza y las formas orgánicas son constantes en la obra de Ani Villanueva. En anteriores oportunidades ha sugerido el aire, el viento, incluso los suspiros, así como también la fauna animal, por ejemplo, en sus medusas y arañas, entre otras especies. Todo ello trabajado con diversos medios expresivos, en particular, el ensamblaje. En todas estas piezas como en las actuales presentadas en esta exposición, se destaca su intención ecologista.

En el caso particular del agua, el asunto se vuelve doblemente crítico –y es una de las intenciones de la artista que así sea– porque hay una fuerte carencia de agua en Venezuela –no llega debidamente a la mayoría de la población–, y, por otro lado, porque este recurso natural se halla en peligro por la intensa contaminación ambiental. Uno de los causantes de esto es el mal uso de los plásticos. Lo cierto es que Villanueva reutiliza este material contaminante reciclándolo y ensamblándolo para representar el agua de diversas maneras. Y lo logra. Una de sus virtudes es expresar lo informe del agua con materiales sólidos y palpables. No obstante, la transparencia de los contenedores plásticos, la flexibilidad y moldeabilidad de mangueras igualmente translúcidas, y su forma de insertar, anudar o acumular tiras de plástico, hicieron que viéramos el agua sin su presencia real. Ello fue posible no solo por medio de ensamblajes o esculturas. También, con fotografías digitales, pinturas y videos. Así, ha representado el agua en “contenedores (plásticos)”, en duchas, a chorros, o bien derramándose o cayendo en gotas. También, con el azul del mar profundo. Todo ello usando algunos objetos de baño o de plomería, envases o fotografías envueltas en plástico transparente. Se trata entonces de una obra objetual –porque se utilizan objetos y materiales industrializados– para formular de manera muy concreta un proyecto que en el fondo es tremendamente informe y conceptual.
Ahora bien, esta preocupación ecológica que mencionamos antes, la mantiene Ani Villanueva de manera consecuente a lo largo de su trayectoria. La trabaja con diversos medios. Además de pintora, escultora y fotógrafa digital, hay que poner el acento en las instalaciones y en los videos presentados en esta ocasión, así como en el performance inaugural, que denotó su experiencia como una de las performancistas más importantes de nuestro continente. Recuerdos acuáticos es el título de una de estas instalaciones destacadas –y central– de la exposición. Son 67 fotografías digitales recubiertas con plástico, que denotan la transparencia y el brillo del agua. Con estas “se hace evidente –como señalan las curadoras en el texto del catálogo– que el agua es el elemento dominante del planeta y que su agencia es más poderosa que nuestra voluntad”.
Por otra parte, están los videos Orilla y Río, presentados durante el performance, titulado homónimamente Recuerdos del agua. Para la realización de este performance, hubo una interesante integración entre el cuerpo en movimiento, el espacio, la luz y la forma arquitectónica, junto con la proyección de imágenes sonorizadas del agua en continuo fluir. Ani Villanueva descendió –y ascendió– por una escalera de caracol de concreto, y su cuerpo, forrado con una vestimenta hecha de plásticos, se contoneaba al paso del fluir del agua. En ese momento, ella era agua.
Ver el performance en este contexto, y en consonancia con el eje conceptual de la exposición, hace pensar no solo en la manera como la artista expresa con sutileza y luminosidad lo inasible del agua, sino cómo este performance específico está en consonancia con la condición mutante de la naturaleza. Son varios los elementos que estuvieron en juego: la forma helicoidal de la escalera, su descenso y ascenso con un sinuoso movimiento corporal, junto con imágenes de agua y luces proyectadas por el video acoplados en una unidad. Sabemos que la esencia de todo performance es el cuerpo, pero, en este caso, el movimiento y la transformación corporal activan con mayor intensidad la condición informe, poderosa y, a la vez, frágil del agua. En definitiva, se trata de una propuesta profundamente humana y, al mismo tiempo, sensible y alertadora de lo que le espera a nuestro planeta si la contaminación de las aguas, así como el descuido y las políticas erróneas, continúan sin límite alguno.
