La exposición de Alfredo Jaar en la Galería Lelong tenía un título muy apropiado para los interesantes tiempos que estamos viviendo justo ahora: “The Temptation to Exist’’ (La tentación de existir). Viene de un libro de un filósofo que ha tenido gran influencia en la perspectiva y la práctica de Jaar, La tentation d’exister, una obra de E. M. Cioran, famoso por su visión pesimista de la vida moderna. Este escritor rumano, que escribió en francés la mayoría de sus obras, buscó la renovación a través del aguijón del cinismo, y estas tienen una mayor trascendencia debido a su combinación de desencanto y un punto de vista cínico que puede abrir la mente para despertar del abatimiento de la propaganda, la publicidad y las distracciones generales de la vida tecnológica contemporánea para llevarla hacia un pensamiento más esclarecedor.

La visión filosófica de la exposición fue doblemente enfatizada por su obra más importante, una instalación en el primer y más grande salón de la galería, consistente en un letrero de neón con una cita de Séneca, el célebre filósofo estoico de la Roma Antigua: “¿Qué necesidad hay de llorar por partes de la vida? Toda ella llama a las lágrimas”.
El neón iluminado estaba inmerso en una sala bañada en luz roja, colgado de una pared, y su ominoso mensaje en este entorno nos recordaba la escritura sobre la pared en la bíblica fiesta del rey Baltazar. Sin embargo, era en realidad una declaración de perseverancia y resistencia que continuaba en forma más detallada en un pequeño espacio de la galería, en el que Jaar seleccionó varias obras de artistas a los que elogia por su compromiso de cambiar la sociedad en que vivimos.
Él mismo, en el comunicado de prensa, denominó esta galería “un espacio de resistencia, un espacio de esperanza”. Seleccionó obras de setenta y dos artistas que han buscado oponerse y cambiar el mundo desde la década de los cincuenta. Entre los artistas escogidos para esta galería estaba Letizia Battaglia, a quien Alfredo Jaar le dedicó la exposición, debido a que falleció a comienzos de este año. Su famosa fotografía Pasolini at the Circolo Turati, Milan (Pasolini en el Circolo Turati, Milán), estaba incluida en la exposición. Era una enorme e imponente fotografía, casi toda en negro, que le dio a Pasolini la categoría de Ícono cultural que tan bien se merecía. La fotografía, también en blanco y negro, que Jaar le hizo a Battaglia se hallaba cerca de allí, en la exposición. Frédéric Bruly Bouabré, un famoso artista de Costa de Marfil (África), que tuvo su primera retrospectiva este año en el MoMa de Estados Unidos, estaba representado por cuatro coloridas obras a lápiz sobre cartón. La más conmovedora se titula Collier de Fraternité Humaine, (Collar de fraternidad humana), y representa una banda similar a la que usan los presidentes latinoamericanos para su toma de posesión. Está hecho de medallones con caras de hombres de diferentes razas, un efectivo comentario sobre la necesidad de la inclusión racial. La pieza de Luis Camnitzer titulada Compass 2021 (Brújula 2021) era una brújula alterada que daba la impresión de una pintura invertida de Magritte que se había materializado en un objeto. Vija Celmins tenía un paisaje marino sobre papel, Ocean Surface (Superficie oceánica), de 2006, colgada justo encima de dos piezas de Glenn Ligon, sobre las cuales se había escrito en letras negras “I AM A MAN” [Soy hombre]. El título de esta obra de Glenn Ligon era Condition Report (Informe de condición); al mirar esta parte de la pared, uno no podía dejar de pensar en los millones de inmigrantes que han muerto en el mar tratando de escapar hacia una vida mejor, y la lucha de la condición humana por sobrevivir en nuestra época. Lygia Clark estaba representada por uno de sus famosos “bichos” y tres bolas de ping pong en una bolsa plástica, tituladas Ping Pong, de 1966, que, creo, era su manera muy particular de integrar la imaginería pop a su, por lo demás, universo abstracto. Gino de Dominicis tenía dos fotografías, Tentativo di far formare dei quadrati invece che dei cerchi attorno ad un sasso che cade nell’acqua (Intento de formar cuadrados en vez de círculos alrededor de una piedra que cae en el agua), de 1969, que muestra la figura en silueta desde atrás observando los círculos en el agua como referencia icónica a los cambios que la generación soñó pero no pudieron lograrse. La otra fotografía, Tentativo di volo (Intento de volar), de 1969, en realidad podía emparejarse con Saut dans le Vide (Salto al vacío), de 1960, una fotografía de Yves Klein sobre el mismo tema, que también se hallaba exhibida. Las dos fotografías muestran a un hombre en el aire, intentando volar, en un esfuerzo desesperado por evitar la gravedad, quizás una metáfora del hombre moderno después de la guerra, comprometido más que nunca antes en magnificar el vuelo y ampliarlo más allá de la órbita terrestre con los programas espaciales. Yanomami with Camera (Yanomami con cámara), de 1976, de Juan Downey, fue quizás su obra más efectiva para contrastar los estilos de vida pasados y presentes del hábitat amazónico que tanto amó y trató de proteger documentándolo. Mostraba a un hombre yanomami con su vestimenta tradicional sosteniendo su cámara para tomar una fotografía. Valie Export, una austriaca y pionera de vanguardia que debería ser más conocida, y cuya obra fue fundamental en el movimiento por los derechos de la mujer, tenía dos fotografías que ilustran su agresivo feminismo sexual de los sesenta; eran un muy refrescante antídoto para la reciente ola puritana que ha existido en Estados Unidos por mucho tiempo. Alfredo Jaar también incluyó algunas de sus obras en la galería pequeña. A logo for America (Un emblema para América), de 1987, y una selección de tres imágenes pertenecientes a Public Interventions (Intervenciones públicas), son fotografías que muestran su postura frente al consumismo y la crítica del establecimiento. También había una serie de cuatro retratos de Antonio Francesco Gramsci en tinta sobre pergamino, todos titulados Gramsci, un obvio tributo al fundador del Partido Comunista de Italia, y también una excelente semejanza con Pasolini, en una típica pose de pensadores, con la mano en la barbilla y usando sus icónicos lentes.
Sin embargo, fue otra obra en neón la que causó el mayor impacto: Cien años de soledad (No realmente). La primera línea era en neón blanco, mientras que las palabras en paréntesis aparecían en rojo brillante, y obviamente eran un comentario sobre la gran novela de Gabriel García Márquez, que logró éxito internacional a finales de los sesenta. Esta legendaria obra maestra, que describe las realidades latinoamericanas de la vida moderna en un estilo que parece derivado de la imaginería surrealista, ilustra y explica de manera muy acertada los mecanismos sociales de la región y su herencia sociopolítica. Sin duda, esta novela fue uno de los grandes logros de la literatura moderna latinoamericana y el cimiento de un gran conjunto de obras posteriores de este autor que lo llevaron a ser galardonado con el premio Nobel. La frase No realmente, en puntos rojos, hacía referencia al hecho de que la región siempre ha estado presente, a través de miles de años de historia, aunque ignorada por el primer mundo y su escala selectiva de importancia cultural, que todavía hoy se deriva en gran medida de las obsoletas percepciones coloniales/eurocéntricas.
Otra obra en neón de Jaar, igualmente espectacular, tenía escrito en luces blancas M’ILLUMINO D’IMMENSO, el poema moderno por excelencia de la literatura italiana, escrito por Giuseppe Ungaretti, cuya traducción es más o menos “resplandezco con la gran inmensidad”. Quizás la dificultad para traducir su contexto esotérico, que abarca el universo y la divinidad, es lo que ha impedido que se conozca mejor en el habla inglesa. Esta luz en el neón, proveniente de la oscuridad, con una muy elegante caligrafía, era un brillante mensaje de esperanza, tan necesitada y apreciada en estos tiempos tan desafiantes.
