El pasado 12 de junio, en el Centro Cultural José Eustasio Rivera, en Neiva, a mil seiscientos metros del malecón del río Magdalena, se inauguró “Caudal adentro”, la primera de las diez exposiciones que hicieron parte del 46 Salón Nacional: Inaudito Magdalena.
El río Magdalena no solo fue comprendido por la curaduría como un gran emplazamiento, sobre el cual ubicar un número de exposiciones o actividades; la conceptualización curatorial lo situaba como sujeto y agencia, desde donde se pueden leer dinámicas opuestas en la interacción de lo humano con la naturaleza. Por un lado, los cuerpos de agua como generadores de vida y sustento para múltiples especies, incluido el hombre; el río como agente que nos permite verificar las interconexiones entre los ecosistemas biológicos y culturales, así como los desarrollos económicos y sociales que han hecho parte de nuestra historia. Desde otro lugar, no ajeno a la experiencia de las comunidades que viven en torno al río, los ríos como testigos y receptores del conflicto armado y sujetos de múltiples formas de extractivismos causados por la ilusión del desarrollo. Lo “inaudito”, tal como lo definió Jaime Cerón, director artístico de esta versión, hizo referencia a esta ambivalencia: “Nos interesó la palabra inaudito porque tiene connotaciones negativas y positivas. Puede involucrar lo no dicho, pero también lo que no queremos que se diga, o más bien, lo que no se soporta que sea dicho desde una instancia de poder” (Pérez, 2022).

Esta versión, se abrió a la inclusión de lecturas locales de los procesos artísticos provenientes de las regiones, a través de seis investigaciones curatoriales escogidas en la convocatoria Becas de Arte y Naturaleza, del 2021, y de la selección de quince artistas, ganadores de una convocatoria similar, que se articularon a la curaduría central de Inaudito Magdalena. Podríamos decir que la plataforma del 46 SNA tuvo el siguiente esquema, en términos expositivos: “Caudal adentro” (Neiva), “Caminar contracorriente” (Barranquilla) y “Tierra en tránsito” (Ibagué) fueron las tres muestras organizadas por el equipo curatorial de Inaudito Magdalena, conformado por Yolanda Chois, Ximena Gama, José Sanín, y Jaime Cerón como director artístico.
Estas exposiciones se tejieron en los territorios, con las curadurías seleccionadas por convocatoria, así: “Línea negra”, de Jaider Orsini, escogida por la región Caribe, se presentó en Barrancabermeja; “Asimetría”, de Alberto Borja, seleccionada por la región Oriente, fue expuesta en Mompox; “Caravana nacional: río suena cuando piedras trae”, de Federico Daza, se exhibió en Ibagué; “Epistemología vibrátil”, de Éricka Flórez, por la región Suroccidental, fue expuesta en Barranquilla; “Geopoéticas del agua”, de Santiago Vélez, de la región Centrooccidente, se presentó en Honda; y “De selvas, mitos y canoas: un viaje por el arte de la tierra”, de la región Orinoco-amazónica, y curada por María Camila Montalvo, se exhibió en Bogotá casi simultáneamente con la muestra comisionada a la investigadora Melissa Aguilar, “Todo lo muerto, todo lo vivo, umbrales de resistencia”.

Esta estrategia de intercambio entre regiones, sumada a los laboratorios, muchos de estos propuestos por artistas regionales, que se distribuyeron en diez y siete municipios distintos a Bogotá –además de la inclusión de actores locales para viabilizar los laboratorios, conformar los equipos de mediación y, en algunos casos, apoyar las acciones de montaje y producción–, son gestos que se deben convertir en una oportunidad para verificar y evaluar otras formas de establecer diálogos con lo regional y repensar la relación entre los centros y las periferias, en términos de las políticas de descentralización.
La selección de Inaudito Magdalena también incluyó obras comisionadas en diálogo con los lugares; estas se dividieron en Estaciones de Puerto e Intervenciones en espacio público; algunas, se ubicaron casualmente muy cerca de las riberas del río, o en espacios de concurrencia de las comunidades. Por nombrar varios ejemplos: en Neiva, Cordillera de Mario Opazo fue instalada a un costado del Centro de Convenciones José Eustasio Rivera, un túnel de guadua transitable en el centro. En Barrancabermeja, el ecuatoriano Adrián Balseca, en A flote, tomó prestado del museo de Ecopetrol una cápsula para emergencias; la colocó sobre dos canoas pesqueras, que a su vez reposaban sobre un cúmulo de tierra ubicado a la entrada del hotel Pipatón, a pocos metros del puerto de Barrancabermeja. El trabajo del colectivo Calderón y Piñeros, Hipos In gravitas, trabajo audiovisual sobre el conflicto medioambiental causado por la reproducción de los hipopótamos traídos a la zona por Pablo Escobar, se proyectó al interior de una casa antigua en Mompox que actualmente funciona como escuela taller. Radio Manigua transmitió en vivo, apoyando acciones de difusión de las actividades del Salón y de las comunidades locales de los municipios de la depresión Momposina.

En Mompox, el colectivo WeReBere, con el Concierto anfibio, invitó a escuchar las corrientes internas del río Magdalena sobre un planchón, intervenido previamente por la artista Liliana Andrade y algunos artesanos locales. En el malecón de Barranquilla, el colectivo de Fernando García y Emma Hanna construyó un gran cubo de hielo a partir de grandes bloques de hielo, hechos con agua del río Magdalena, acción que bautizaron está hirviendo. En el Malecón de Honda, frente al río Magdalena, la artista Vanessa Sandoval construyó una “Semilla”, un receptáculo para meditar mientras se contempla un árbol perteneciente a una especie endémica; unos metros más adelante, los colectivos La Tropa Guaduera e Isla en Vela realizaron una Atarraya en guadua, para propiciar el encuentro y la contemplación del río. Nocturna, del artista brasilero Marlon de Azambuja, un gran mural efímero hecho con capas de pigmento en polvo y aerosol, trabajado con improntas de distintas especies de palmas locales, fue ubicado en la sala principal del Museo de Arte del Tolima.
Repensando la dinámica dicotómica, planteada a través de lo “inaudito”, como eso que está entre lo que se puede escuchar y aquello que no se soporta que se diga con relación al río, se han seleccionado algunos “puertos” del Magdalena para intentar dar cuenta de lo que fue este viaje en, al lado y desde el río.

El laboratorio de curaduría Enmingar para avanzar y crear para sanar, del colectivo Minga de Prácticas Decoloniales, que se realizó en el 2021, fue una de las primeras acciones del 46 SNA. Desde el nacimiento del Magdalena en el Páramo de las Papas (frontera entre el Cauca y el Huila), hasta el municipio de San Agustín (Huila), la minga realizó prácticas de armonización espiritual con el río, pagamentos al territorio, al agua y a los ancestros, y sesiones de palabreo con los mayores, guardianes de la montaña y del río. Estos rituales, de escucha y de sanación para el río y su entorno, demostraron la intención de tener otro lugar de enunciación para esta nueva versión del Salón Nacional. Esta acción ritual concluyó en junio del 2022 durante la apertura de la exposición “Caminar contracorriente”, en la que el colectivo Minga de Prácticas Decoloniales realizó una nueva caminata ritual hasta Bocas de Ceniza (Atlántico), hasta donde se llevó parte del agua dulce limpia que emanó del útero del río Yuma, y que finalmente se mezcló con las aguas del Magdalena y del mar.
A 158 kilómetros de la laguna de la Magdalena, en las salas de lo que fue el Museo de Arte Contemporáneo del Huila, en la exposición “Caudal adentro”, se encontraban unos contenedores rectangulares de vidrio, con muestras de agua que la artista Diana González, en el proceso de Encuentros y desencuentros, extrajo de distintos puntos a lo largo del Magdalena; en esa misma sala, un video de Donna Conlon y Jonathan Harker, Voz a la deriva, invitó a recorrer, al lado de una botella de plástico, un periplo por los ductos y canales hídricos de una ciudad. En la sala de al lado, el Árbol caucho, de Alberto Baraya, con el olor aún penetrante del látex, que se ubicó horizontalmente en la parte media de una pared curva, nos confronta con Río, un trabajo audiovisual donde se ve un arma empuñada en primer plano disparando con frecuencia a un río del Amazonas. En el piso de la sala, la instalación Reflejo lunar, construida con arena de río y cuencos, de Luis Roldán, nos acerca a las maneras ancestrales de observación estelar y a las lecturas de los calendarios lunares; parte de la intención de la curaduría de Inaudito Magdalena para esta exposición era recoger distintos relatos en torno al río y a otros cuerpos de agua.

Luego, a 606 kilómetros hacia el norte, en Barrancabermeja, en el antiguo lobby del hotel Pipatón, se presentó Naboba, trabajo del colectivo audiovisual Yosokwi, de la Sierra Nevada de Santa Marta, que narra la travesía de un joven indígena que se adentra a contracorriente desde la Ciénaga Grande de Santa Marta hasta el nacimiento de uno de sus ríos, en los picos de la Sierra, mientras va compartiendo la sabiduría de sus mayores. Al lado, Pisoteados, de Eduardo Butrón, nos acerca a los registros del conflicto en el río, a través de una instalación hecha con zapatos que él ha recogido del río Magdalena. Saliendo de la sala, nos encontramos con los bordados del colectivo Tejedoras de Mampuján, que ilustran, a través del bordado con telas de colores, cómo el conflicto armado en nuestro país tuvo incidencia en todo tipo de vidas, e, incluso, violentó al río.
Diagonal a los textiles, el video del artista audiovisual del nordeste brasilero Jonathas de Andrade, O peixe, presenta el ritual de despedida de la vida y encuentro con la muerte que hacen algunas comunidades de pescadores en el Brasil; en las imágenes se ve cómo un pescador abraza y acaricia al pez recién atrapado. Detrás del video, al fondo de la sala, se encuentra La pesca, una serie de dibujos a lápiz que el artista barranquillero Luis Mendoza elaboró a partir de la convivencia con comunidades de pescadores que trabajan en los afluentes del Magdalena. Estas obras formaron parte de la curaduría de Jaider Orsini, “La línea negra: un intersticio entre el arte, la resistencia y la vida en el Caribe colombiano”, que acogió la noción de “línea negra” como territorio de especial protección biológica y cultural que el Estado debe garantizar para las culturas de la Sierra Nevada. Orsini amplía esta definición a una dinámica territorial interconectada, que tiene repercusiones más allá de los límites territoriales y que se expande al Caribe ampliado.

Devolviéndonos 419 kilómetros al centro-sur del país, la curaduría “Tierra en tránsito”, en el Museo de Arte del Tolima, reunió trabajos que se acercan a una comprensión compleja de la noción de paisaje; cuestionan los sistemas de valor que median la denominación de algo como natural o cultural. En la sala principal, además de Nocturna, de Azambuja, al que se hizo referencia anteriormente, se encontraba el trabajo de María Ángela Aponte, Geología inmaterial, una serie de ficciones de rocas construidas a través del plegado y arrugado de fotografías de paisajes impresos sobre papel, dispuestas sobre una mesa, a la manera de una colección científica. En el extremo de la sala, la obra de Pedro Peña, Entre montañas, una secuencia de cuarenta y dos pinturas, hechas con pintura asfáltica a escala de grises y en pequeño formato, nos presenta varios cuerpos de agua ubicados entre las montañas colombianas, que asemejan, también, ser pozos de crudo. En la sala siguiente, el trabajo de la artista chilena Patricia Domínguez, Eres un princeso, video en varios canales, muestra el desfile eterno de un caballo y su jinete, y nos remite a la relación afectiva e interacción entre seres de distintas especies. En la sala siguiente, el trabajo de Nadia Granados y Simon(e) Paetau, un videoperformance en tres canales, que, tras la metáfora de la mojana, nos confronta con la manera que, desde las instancias de poder, son nombrados los cuerpos, y lo que se concibe como natural y lo que no lo es.
Algunas de las curadurías estuvieron en un borde poroso entre espacio de exposición y dispositivo para albergar registros, resonancias y objetos resultantes de acciones, talleres o trabajos colectivos o comunitarios; algunos de estos, ejecutados en paralelo, o con anterioridad a la propia exposición; esto aconteció con las curadurías expuestas en Barranquilla. A 991 kilómetros de nuestra anterior estación, “Caminar contracorriente”, del equipo curatorial de Inaudito Magdalena, recibió los resultados de cartografías, viajes y caminatas emprendidos por varios colectivos que recorrieron trayectos a lo largo del Magdalena, entre ellos, Mónica Restrepo, Comunarte y el Colectivo Minga de Prácticas Decoloniales y Estudio Nuboso; la exposición “Epistemología vibrátil”, de Ericka Flórez, presentada en un espacio pequeño, en el edificio antiguo de la Aduana, tuvo como uno de sus ejes los conceptos de resonancia y vibración, asociados al río y al sonido; participaron en esta Leonel Vásquez, Eider Yangana, Freddy Colorado (maestro de la percusión), la señora Cándida García, a través de la narración de historias, y la Corporación del Macizo Colombiano, entre algunos otros artistas.

Inaudito Magdalena nos deja la sensación de un “salón” desbordado, como lo fue también, y guardando las proporciones, el 42 SNA en el Caribe, o el 45 SNA de Bogotá; lo anterior, por la complejidad que implicó a la organización la producción de un ejercicio de esta magnitud, en términos de gestión de recursos, desplazamiento, sedes, actividades y comunicación, para intentar navegar en el río, en la marcha de las corrientes y entre los puertos de las regiones; pero además, porque su intención desbordó la noción tradicional de “salón”, concentrada en el ámbito expositivo, para potenciar un ejercicio poco visto desde el centro, que es aquello que desplegó posteriormente a las inauguraciones y a partir de las muestras en los municipios; lo que aconteció en los dieciocho laboratorios en las comunidades, y con el ejercicio de los procesos de mediación en las diversas sedes (1), ubicadas en municipios aledaños al río Magdalena: San Sebastián (Cauca); San Agustín, Garzón, La Jagua, Neiva (Huila); Ibagué, Honda, Mariquita (Tolima); Bogotá, Girardot (Cundinamarca); Puerto Boyacá (Boyacá); La Dorada (Caldas), Puerto Berrío (Antioquia); Gamarra (Cesar); Barrancabermeja, Puerto Wilches (Santander); Mompox (Bolívar); Barranquilla (Atlántico). Procesos que se intentaron reelaborar, incluso también en términos museográficos, a través de un componente adicional que se incluyó tímidamente, casi al final del evento, en las muestras de Ibagué, Honda y Bogotá, denominado Memoria social.
NOTA
1. Lo anterior, no obstante las compresiones que debe revisar la organización frente a una dignificación mayor de la labor de los arte-educadores que se encargaron de los procesos de mediación, asunto que ha sido controversial en el transcurso de este Salón.
REFERENCIAS
Mincultura. (2022). 46 Salón Nacional: Inaudito Magdalena. https://artesvisuales.mincultura.gov.co/sna46/
Pérez, A. (2022). Un intercambio con Jaime Cerón, director artístico del 46 SNA, sobre una edición que fluye por un caudal. Revista Semana, 15 de julio. https://www.semana.com/cultura/articulo/un-intercambio-con-jaime-ceron-director-artistico-del-46-sna-sobre-una-edicion-que-fluye-por-un-caudal/202252/
ANA BERNAL CORTÉS

